El Instituto de Estudios Cubanos (IEC) cuarenta años después

Por José Ignacio Rascoi
Hace una década celebrábamos los treinta años de la fundación del Instituto de Estudios Cubanos (IEC) con cierta ilusión de que acaso podríamos celebrarlo pronto en una nueva Cuba democrática y de expresiones libres de toda imposición. Pero diez años más tarde, al entrar el IEC en los cuarenta, sentimos que hemos de seguir combinando la impaciencia patriótica con la paciencia histórica en ese dilema que nos azota.
Con aciertos y desaciertos todos sufrimos el embate de una revolución traicionada y traidora. Un grupo estudioso que había padecido el sorpresivo modo extrajerizante de apalear la trayectoria histórica cubana, quiso investigar y reflexionar sobre la tragedia patria con el análisis objetivo y reflexivo sobre la realidad cubana, con sus concordancias y discrepancias, en un empeño para que la inteligencia venciera a la pasión y la reflexión al prejuicio.
Y un alma errante, paciente e inteligente, se propuso provocar un diálogo múltiple entre tirios y troyanos con la idea de que la cubanía mejor debe basarse en un pluralismo democrático, en una cubanía raigal, sin patriotismos trasnochados o foráneos.
Vi nacer el Instituto cuando todavía era un proyecto soñador que nacería de la voluntad y patriotismo de alguien a quien mucho le dolía su conciencia patria. El amor exige sacrificios ingentes. María Cristina Herrera fue la protagonista andariega que tocó de puerta en puerta en busca de fundadores del proyecto para unir cabezas y corazones de cubanos de todo el complejo crucigrama de mentes y corazones que habían discrepado en el tablero cubano, pero que el amor patrio les podría dar una cierta unidad de pensamiento, sobre todo en historia y política.
Ese milagro lo logró María Cristina Herrera como luchadora contra juicios y prejuicios separatistas y pudo reunir en la misma geografía washingtoniana un grupo de selectos compatriotas, de distintas laderas, pero convictos de la necesidad del olvido de algunas heridas y del recuerdo que en la unión patriótica podríamos alcanzar éxitos para la cubanía mejor. Y así logró María Cristina unir por el bien patrio a tantos vigores diversos unidos en meditación patria.
No nos reuníamos en empeño político de grupo o partido, sino constituíamos una Asamblea de reflexión, fuera y dentro de Cuba. Un modo de redescubrir y canalizar ideas y visiones de la Cuba que soñamos, siempre contando con la Cuba de adentro y con un sentido de tránsito hacia la Isla que más sufre, la que más sabe de hambre, de presos y paredones.
El espíritu inquieto y andariego de María Cristina Herrera supo despertar conciencias dormidas y nos llevó en la Semana Santa de 1969 a reunirnos en Washington en asamblea cuyas ponencias se plasmaron en libro indispensable, “Temática Cubana” que retrató la diversidad de opiniones, frases y la trascendente cordialidad que reunió a tantos vigores dispersos.
Ojalá que pronto pudiéramos reunirnos en la Isla con los amigos que allá tienen el mismo espíritu de unidad y diversidad, como en nuestra primera e inolvidable reunión.
Luego el Instituto ha seguido reuniéndose con la participación creciente de miembros de nuevas generaciones, mirando siempre más al interior de Cuba que al exilio. Lo que no significa olvidar la hermenéutica de los desterrados, sino considerándolos siempre como verdaderos desterrados, es decir, que antes pasaron por la Isla, por la cárcel o por el paredón. El hecho de que un cubano que sufre en la Isla, el prestigioso Dagoberto Valdés, es hoy el presidente del Instituto es un índice de la preocupación de la Unidad que el Instituto persigue y de sus afanes por buscar una patria común sin destierros. Los verdaderos exiliados miran más el Sur que al Norte y no descansarán hasta recuperar una nación a 90 millas del exilio militante. Salimos para volver, para combinar el regreso con el progreso democrático y justo.
Estudiar y resolver el gran problema cubano es una función vital del Instituto como quieren todo los verdaderos cubanos que por el exilio pululan.
Hace una década celebrábamos los treinta años de la fundación del Instituto de Estudios Cubanos (IEC) con cierta ilusión de que acaso podríamos celebrarlo pronto en una nueva Cuba democrática y de expresiones libres de toda imposición. Pero diez años más tarde, al entrar el IEC en los cuarenta, sentimos que hemos de seguir combinando la impaciencia patriótica con la paciencia histórica en ese dilema que nos azota.
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