Guatemala ¿Podemos convivir en paz?
Por Carroll Ríos
Siglo XXI
Los guatemaltecos reclamamos paz y justicia. Deseamos convivir unos con otros sin temor, en un ambiente de respeto mutuo, para poder ir en pos de nuestros respectivos sueños. ¿Es un anhelo utópico? ¿Cómo se concilian pacíficamente los divergentes intereses de millones de personas?
Existen dos respuestas antagónicas a esta pregunta. Una solución sería borrar las diferencias entre las personas, como por ejemplo a través de la indoctrinación o la eliminación de la propiedad privada. Ello bajo la premisa de que viviríamos en paz si fuéramos todos iguales… y buenos. Sin embargo, aún Santo Tomás Moro no logró imaginar su Utopía sin conflicto, pues en ella hay criminales que son condenados a la esclavitud, con lo cual tampoco hay igualdad. Por un lado, la intención es utópica si el fin es contrario a la naturaleza humana.
Por otra parte, un proyecto semejante puede despeñarse hacia el totalitarismo, pues dicha igualdad sólo se alcanza extirpando la libertad de las personas a homologar. Se requiere un tirano con poder coercitivo. Como nos recuerdan los coches gobernantes de La rebelión en la granja (George Orwell), “Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”. El individuo valdría menos que la meta de la igualdad, y por tanto sería prescindible y no tendría mayor sentido hablar de dignidad ni de derechos humanos. Esta idea sigue engatusando a buenas personas; no murió con Stalin. Vemos cómo inclusive la democracia se degrada, al punto de que los gobernantes electos son dictadorzuelos.
A mí me apetece más la solución opuesta. De acuerdo con David Hume, las personas eligieron gobernarse según unos principios generales e inflexibles, “y acordaron ajustar su propia conducta a estas reglas generales, que no se modifican ni por despecho ni por favor, ni por ideas particulares con relación al interés privado o público”. Siendo seres sociales e interdependientes, nos percatamos de que nos conviene observar y hacer valer las reglas en aras de la paz necesaria y benéfica.
El punto de partida es cada persona. Cada persona está revestida de una inmensa dignidad. Las reglas protegen a la persona amparando sus derechos básicos y son congruentes con su naturaleza humana. Se fundamentan en “normas sociales de conducta justa” o valores observados a través de la historia. Sólo las reglas basadas en principios pueden considerarse generales. Y sólo las reglas generales y abstractas logran este nivel de respeto al ser humano; las reglas distintas para personas distintas inevitablemente imponen costos a alguien y vulneran algún derecho.
Las reglas generales y abstractas que enmarcan la cooperación social se plasman en la Constitución que rige sobre gobernante y gobernado. Claro, las constituciones pueden sembrar confusión siendo demasiado elaboradas. Una Constitución de principios recibe respaldo casi unánime porque no impone costos externos a ninguno. Las constituciones coherentes y basadas en principios son más longevas y tienden a encaminar a la sociedad hacia una mejor convivencia: hacia la paz.
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