Ecuador: El ‘peluconeo’
Una reciente y muy comentada incorporación al Código Penal ecuatoriano es aquella que define y tipifica los delitos de odio como actos de violencia o discriminación contra cualquier ciudadano, por causa del color de su piel, su etnia, su religión, su lengua, su sexo, sus preferencias sexuales, su condición social, su cultura, su posición política, o cualquier rasgo que lo haga diferente de su intolerante agresor o perteneciente a una minoría. La ley pretende erradicar las expresiones de racismo y otras conductas discriminatorias, de aquellas con las que los seres humanos han perseguido a sus congéneres desde que existe registro histórico. La bien intencionada innovación teóricamente dará mucho trabajo a jueces y abogados en nuestro país separado por odios ancestrales desde su origen.
Inevitablemente dividido por clases (como todas las sociedades) –y eso si no es por castas–, el Ecuador ha vivido la realidad de los delitos de odio de manera soterrada e impune. Tenemos nuestro mestizaje atorado y por ello en muchas disputas denigramos a los coterráneos que consideramos enemigos a causa de su color, apellido o condición socioeconómica, sin mirarnos al espejo y reparar en nuestra propia mezcla. En el arsenal que utilizamos en nuestras querellas cotidianas, es muy común a todo nivel que apelemos sin miramientos al “longueo”, al “negreo” y al “choleo” para ofender a nuestros semejantes. Además, en el Ecuador de la Revolución Ciudadana, un nuevo término se añade hoy en día a este léxico del odio y la intolerancia: el “peluconeo”.
Impuesto en nuestra sociedad actual –ya que no inventado– por el presidente Correa, el significante “pelucón” ha hecho rápidamente fortuna como un término discriminatorio y dirimente, que de antemano define la esencia y la condición moral de un ciudadano para descalificarlo sin conocerlo, por su apariencia, apellido o supuesta condición socioeconómica.
Si el uso del “choleo” es un acto de violencia contra un compatriota en función de sus particularidades, el recurso del “peluconeo” es más o menos lo mismo: el camino del odio que separa y vincula ambos términos es amplio y de doble vía. Seguramente no es su intención, pero el presidente Correa debería saber que su discurso funciona para muchos sujetos de todo bando y color como una autorización del odio hacia sus compatriotas.
Esto lo descubrieron hace tres semanas en Quito unos universitarios de clase media que fueron salvajemente atacados por un tropel de “guardias” de una empresa “privada-de-seguridad” porque declinaron una invitación a libar con ellos. Desconcertados por la irracionalidad de sus agresores, a la mañana siguiente cuando presentaron su denuncia en la PJ, algún abogadillo avezado de los que por allí pululan explicó a los agredidos que eso les había pasado por “peluconcitos” y que seguramente sus agresores serían liberados, como efectivamente ocurrió, porque los navajazos recibidos y el desprendimiento de retina en uno de ellos “no daban para más de 30 días de incapacidad”.
¿Podrían estos jóvenes denunciar a sus agresores por delitos de odio y lograr que de ese modo se haga justicia? Porque después de todo, según inferimos de las enseñanzas de nuestro Presidente y tal como se verificará el 26 de abril, la “peluconería” en este país constituye una “minoría étnica”.
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