El desastre que reventó la burbuja islandesa
Por Charles Forelle
The Wall Street Journal
Reykjavic, Islandia – Un niño se lanzó al frente de una muchedumbre enojada y tiró un cartón de skyr, un popular alimento islandés parecido al yogur, contra el edificio del Parlamento.
Él y miles de islandeses protestaban por uno de los más extraños fracasos económicos de la crisis financiera global. Hace algunos meses, todos los bancos importantes en este pequeño país —es decir, tres bancos— quebraron. La moneda de Islandia, la corona, perdió todo valor fuera de sus costas, y el sistema financiero del país dejó de funcionar.\"Estamos enojados con el gobierno", afirmó un joven, al hacer una pausa en medio de su ataque con huevos.
Islandia es una víctima extrema de una era en la que se volvió extraordinariamente fácil pedir dinero prestado. Un examen del sistema bancario del país, que colapsó en un lapso de unos 10 días en septiembre de 2008, revela hasta qué grado Islandia era uno de los participantes más entusiastas de la burbuja financiera internacional.
Con una pequeña población de 300.000 personas, Islandia se volvió tan apalancada y tan profundamente entrelazada con la infraestructura financiera global que su colapso ha desconcertado al mundo, desde Tokio hasta California y el Medio Oriente.
En Japón y Hong Kong, compradores de bonos se quedaron con deuda que no vale nada. En Beverly Hills, un desarrollador de bienes raíces fue obligado a entrar en cesación de pagos luego de asociarse con un banco islandés para construir condominios. Un prestamista regional alemán, Bayerische Landesbank, soportó grandes pérdidas en sus inversiones islandesas, lo que contribuyó a que necesitara un paquete de rescate de 30.000 millones de euros (US$42.000 millones).
En semanas recientes, Naomi House, un hospicio en el sur de Inglaterra, tuvo que cancelar un servicio a través del cual asistentes visitan hogares para ayudar a los padres de niños con enfermedades terminales. Unos 5,7 millones de libras esterlinas (US$8,7 millones) —dos tercios de su efectivo disponible— están congelados y quizás nunca sean devueltos en su totalidad. Los fondos estaban depositados en un banco islandés.
Hasta hace muy poco, el siglo XXI le había sonreído a Islandia. En 2007, hizo alarde de tener el más alto estándar de vida del mundo, según las Naciones Unidas, superando a Estados Unidos, con sus grandes mansiones, y a Suecia, con sus generosos beneficios sociales.
Altas tasas de interés fijadas por el banco central hicieron que el dinero extranjero fluyera una y otra vez hacia la isla, fortaleciendo la corona y dejando a los artículos importados al alcance de cualquiera. Los puertos de Islandia descargaban barcos llenos de elegantes muebles escandinavos, materiales de construcción para casas nuevas y vehículos deportivos.
Desde hace tiempo Islandia ha tenido muchos recursos naturales de gran valor, como la pesca. Es un lugar salvaje y hermoso, con paisajes cinematográficos de fiordos, glaciares y renos. Pero a principios de los años 90, algunos consideraron que Islandia podía ser más que una vitrina de naturaleza y un productor de bacalao.
Liderando la embestida estuvo David Oddsson, un ex alcalde de Reykjavik. Oddsson se convirtió en primer ministro en 1991 con la promesa de terminar con los ciclos de auge y caída ligados a la pesca. El nuevo primer ministro adjudicó los problemas a la economía controlada por el Estado, el cual puso a burócratas a cargo de la pesca, los medios de comunicación e incluso una agencia de viajes.
En unos pocos años, Islandia había vendido empresas por un valor combinado de US$2.000 millones, una gran suma para la pequeña economía del país, afirma Hannes Gissurarson, miembro del círculo íntimo de Oddsson en aquel momento.
Según Oddsson, lo que más limitaba a Islandia era el control gubernamental de la banca, lo que puso a los políticos en la posición de determinar cómo debía ser distribuido el capital. "El factor crucial", afirmó Oddsson en un discurso de 2004, "era el férreo control que el Estado islandés ejercía sobre toda la actividad empresarial al ser propietario de los bancos comerciales".
Los vendió todos.
Los islandeses recibieron el cambio con los brazos abiertos. La población altamente educada lanzó empresas de biotecnología y software. La producción de aluminio se volvió muy importante.
Pero la mayor incursión de Islandia fue en la actividad bancaria. Casi de inmediato, los bancos recién privatizados comenzaron a mirar al exterior en busca de crecimiento. La economía local es pequeña y con apenas 300.000 habitantes, no hay suficientes islandeses para abrir cuentas nuevas.
En 2000, Kaupthing Bank, el mayor banco islandés, tenía activos por 208.000 millones de coronas. Al 30 de junio pasado, sus activos se habían multiplicado unas 30 veces, a 6,6 billones (millones de millones) de la moneda local.
A principios de 2008, los tres mayores bancos habían crecido tanto que equivalían a tres cuartas partes del valor del mercado bursátil de Islandia. Sus préstamos y otros activos eran unas 10 veces más grandes que el Producto Interno Bruto (PIB) del país.
Los días de bonanza, sin embargo, terminaron abruptamente. Se pronostica que el PIB de Islandia se contraerá 8% este año. La inflación, que asciende a 18% y se espera que siga en alza, está destruyendo el valor de los activos de los islandeses promedio y reduciendo los otrora abundantes presupuestos familiares.
Hasta cierto punto, la riqueza de la que Islandia disfrutó durante los años de auge fue un espejismo. Se logró mediante altas tasas de interés, que atrajeron vastas sumas de dinero extranjero.
Las altas tasas de interés fortalecieron la moneda nacional. A su vez, la corona fuerte abarató los precios de los bienes importados, los televisores con pantalla de plasma o camionetas todoterreno. Los islandeses, de este modo, se embarcaron en un frenesí de compras de proporciones épicas. Eludieron, sin embargo, las altas tasas de interés locales y se endeudaron en moneda extranjera (yenes japoneses o francos suizos) para financiar viviendas y otras grandes compras.
Mientras el dinero extranjero siguiera ingresando, todo estaba bien. Un movimiento en sentido contrario, sin embargo, abonaría el terreno para una catástrofe.
Lo que diferencia a Islandia de otros países pequeños golpeados por la fuga de capitales extranjeros es que trató que construir un centro bancario global sobre una moneda diminuta. Así que cuando los inversionistas extranjeros intentaron marcharse —convirtiendo las coronas en dólares y euros masivamente— la moneda cayó como una piedra, provocando más retiros.
A fines de septiembre, el sistema bancario de Islandia colapsó en cuestión de días.
El tercer banco de Islandia, Glitnir Bank hf tenía que pagar 600 millones de euros el 15 de octubre, pero no tenía el efectivo. El banco no había acumulado grandes reservas en moneda extranjera y nadie quería prestar dinero después del colapso de Lehman Brothers a mediados de septiembre en Estados Unidos. De pronto, nadie quería coronas ni las hipotecas y créditos automovilísticos que los bancos ofrecían como garantía para recaudar fondos. El tipo de cambio cayó en picada.
El banco central de Islandia —que debería actuar como prestamista de última instancia— no había acumulado muchos euros para prestar. A mediados de 2008, tenía sólo 2.000 millones de reservas en moneda extranjera. La deuda de Islandia con los bancos extranjeros, en cambio, excedía los US$70.000 millones (49.900 millones de euros). El banco central tenía abundantes coronas, pero nadie las quería.
El gobierno propuso realizar una gran inversión directamente en Glitnir. Cuando se anunció el acuerdo, las acciones de los bancos colapsaron. En tanto, Landsbanki Islands hf, el segundo banco de Islandia, tenía un producto en Gran Bretaña, "Icesave", un servicio que llevó a cientos de miles de británicos a invertir miles de millones de libras esterlinas a altas tasas de interés.
Las malas noticias que llegaban desde Islandia llevaron a muchos de los británicos con dinero en las cuentas Icesave de Landsbanki a retirar unos 200 millones de libras esterlinas en un fin de semana.
Alarmadas, las autoridades bancarias británicas le informaron a Landsbanki que tenía hasta la tarde del lunes siguiente para reabastecer la filial de Londres con el mismo monto.
Landsbanki acudió al banco central de Islandia. Se decidió que el Estado tomaría el control de los bancos. La mañana siguiente, el 7 de octubre, Landsbanki fue nacionalizado. El gobierno anunció que los depositantes de Islandia serían protegidos de las pérdidas.
Las autoridades bancarias del Reino Unido no estaban contentas. Los depositantes británicos tenían millones de libras en Icesave y nadie decía nada sobre su protección.
Tras la debacle de Landsbanki, las autoridades británicas, preocupadas por la solvencia de la subsidiaria británica de Kaupthing, incautaron sus activos y los transfirieron al banco holandés ING.
La mañana siguiente, el gobierno de Islandia tomó el control de lo que quedaba de Kaupthing. Eventualmente, Glitnir también quedó bajo control del gobierno.
Algo que podría haber salvado al capitalismo islandés hubiera sido unirse al euro. Apelando al orgullo nacional, durante mucho tiempo Oddsson resistió intentos por unirse a la Unión Europea y adoptar la moneda común.
El crecimiento de los bancos de Islandia en el extranjero fue sorprendente. Cuando cayeron, dejaron un desastre que se extiende por todo el globo.
En la mayoría de los países, los planes de protección a los depósitos cubren al menos algo del dinero perdido por los depositantes, a un alto costo para los tesoros locales. Gran Bretaña y Holanda están poniendo miles de millones de euros para cubrir a sus depositantes. Islandia reembolsará algunos fondos, pero no hasta dentro de muchos años.
Los 2.000 depositantes de una filial de Landsbanki en la isla de Guernsey, asociada al Reino Unido pero que no es parte de ese territorio, han recuperado un 30% de sus 120 millones de libras en depósitos. Pero el administrador del banco no cree que recuperen el resto. Guernsey no tiene protección de depósitos.
En tanto, los titulares de cuentas con grandes balances, como Naomi House, del hospicio para niños británico, se quedaron con las manos vacías
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