Diez lecciones yankees
Por Santiago Chelala
El Cronista Comercial
Existe un cierto sentimiento anti-estadounidense en la Argentina, para qué negarlo. Pero dejando de lado cualquier animadversión, justificada o no, y aunque se hieran susceptibilidades, vale la pena recapitular algunas lecciones que dejó la contienda electoral en el país del norte. El juego de las diferencias muestra que la democracia argentina, con sus 25 años, aún no logra dejar atrás la adolescencia. Quizás la Obamanía contribuya a renovar el debate para fortalecer las instituciones nacionales, modernizar los métodos de hacer política y superar viejos vicios que hacen de cada elección una guerra civil. A continuación diez consejos made in USA.
Internas partidarias.
Hasta la crisis de 2001, en la Argentina funcionó un sistema con internas partidarias. La competencia es propia de la vida de los partidos políticos y ayuda a generar los consensos necesarios para gobernar. Aunque no siempre gane el mejor candidato, unificar las candidaturas sirve también para que el partido opositor mantenga cierto peso y unidad.
Debates electorales.
Cristina Fernández evitó los debates televisivos durante la campaña. Estos debates son pruebas de fuego para candidatos que deben pasar frente a las cámaras el examen más difícil, propuesto por su rival. Sin la radiografía que emana del intercambio, el vencedor tiene piedra libre. No hay conversación ni réplicas. La actitud, propia de la arrogancia arraigada en la ventaja que daban las encuestas, puso de manifiesto un desprecio los argumentos de quienes piensan diferente.
Aportes de campaña transparentes.
Aunque lejos de lo ideal, el financiamiento de las campañas en Estados Unidos no incluyó valijeros sospechosos ni acusaciones de personas que figuran con aportes que nunca realizaron.
Menos agresión al rival.
La política de alto nivel no es para nenes de pecho. Pero la agresión desmedida y el agravio gratuito cada vez son más castigados por los votantes.
Voto electrónico.
En las últimas elecciones argentinas, muchas personas se vieron impedidas de votar al candidato de su preferencia porque no había boletas con su nombre. Hubo también acusaciones de fraude por parte de la oposición. La fiscalización manual favorece al tamaño del aparato político y a los partidos con fiscales a sueldo. Incluso Brasil incorporó al sufragio nuevas tecnologías, mientras el gobierno argentino aún se resiste a avanzar hacia el voto electrónico.
Humildad en la victoria, dignidad en la derrota.
Los discursos de la madrugada electoral de los candidatos republicano y demócrata fueron ejemplos de civilización. Sin rencores, con reconocimiento mutuo y promesas de colaboración dejaron a los políticos locales a 150 años luz.
Consenso en tiempos de crisis.
La probable incorporación de funcionarios republicanos al gabinete de Obama sumado al consenso de ambos partidos en cuestiones básicas, como el salvataje aprobado por el Congreso para amortiguar los efectos de la crisis, muestran la capacidad de dejar de lado banderas partidarias en momentos críticos. La Argentina, al menos en sus dos últimas crisis sistémicas (1989 y 2001), no pudo hacerlo.
Llamado a la unidad.
Sin golpear un caballo muerto. Sin cargar en forma excesiva las tintas sobre la herencia recibida, Obama buscó en sus primeras palabras limar las asperezas de una sociedad dividida por una elección que tuvo una alta carga de emotividad.
Un gabinete experimentado.
Aún faltan los nombres, pero todo indica que Obama optó por incorporar a su gestión figuras de reconocida trayectoria y experiencia, tanto de la gestión demócrata de Bill Clinton como de la republicana (como Colin Powell). Con miedo de que puedan hacerles sombra y con el afán de concentrar las decisiones en pocas manos, los Kirchner pusieron en puestos clave figuras decorativas o apenas si premiaron la lealtad.
Diálogo con la prensa. Ambos candidatos tuvieron múltiples contactos con periodistas durante la campaña. La apertura y la disposición a defender las decisiones con argumentos en una discusión abierta con la prensa ayuda a generar una sensación de mayor transparencia sobre las acciones de gobierno.
Es cierto. Tampoco son perfectos. Pero hasta de aquellos con quienes se tiene menos simpatía se puede aprender algo si se tiene la voluntad.
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