Realidades (VI)
Por Manuel F. Ayau Cordón
Prensa Libre
(Pueden verse las partes I, II , III, IV y V de este trabajo)
La idea del ministro de Finanzas es quitarle su dinero a la gente, ahora que está pasando penas, para que lo malgaste el Gobierno.
¡Que paguen los nietos! Como el Gobierno no puede controlar sus gastos ni puede subir impuestos, entonces pasémosle la cuenta a los nietos: Tomemos un préstamo para gastar ahora y que lo paguen los nietos cuando sean grandes.
¿Y qué estaremos esperando para reactivar la economía y blindarnos, lo más posible, de la crisis de liquidez de países ajenos? Para reponer esa falta de liquidez urge que deje de vender bonos el Banguat, los cuales absorben liquidez bancaria y pujan la tasa de interés artificialmente para arriba; urge bajar las tasas de interés que asfixian la industria de la construcción, la más grande industria del país; y, si fuese necesario, reducir el encaje bancario. La inflación podría ser un eminente riesgo, pero no en este momento, sino hasta que llegue el efecto de las grandes inyecciones de dinero que están haciendo las bancas centrales. Se debe tener presente que el aumento general de precios (¿inflación?) también se impide aumentando la producción, la cual constituye la demanda de dinero, y no solamente reduciendo la oferta del mismo.
La crisis de la burbuja inmobiliaria confirma que las bancas centrales pueden averiguar si acertaron o no cuando manipulan el crédito y las tasas de interés, solo después que surtan sus efectos: si fijan el interés más arriba de lo que el mercado demanda, habrán causado merma de producción, y si por abajo de lo que el mercado demanda, también causarán merma de producción y desempleo. Lo grave es que los efectos de la distorsión no los pueden anticipar y los conocen hasta después de sus efectos. Si el parámetro correcto es la tasa que demanda el mercado, ¿por qué intervenir? ¿Para darse la oportunidad de fallar?
Es refrescante ver en la televisión y leer en la prensa, en esta ocasión de crisis, la gran cantidad de artículos atinados y claros que ponen la culpa de la crisis donde corresponde: en los gobiernos, su excesiva intromisión que no permite al mercado funcionar bien. Hace unas décadas esto no hubiese sido así, lo cual evidencia que está más generalizada la comprensión de que la interferencia de los gobiernos en el mercado es sumamente dañina, pues sus distorsiones impiden pronta y atinada asignación de recursos, hasta que se llega al punto de que los gobiernos y sus múltiples agencias causan crisis. Desde luego, aún se ve y lee la interpretación simplista que echa la culpa al mercado y exige aún más regulación, a pesar de la abundante reglamentación e injerencia de los gobiernos, que fue lo que causó la crisis. Pero esa opinión ya no está sola, como si lo estaba hace unos años.
Dice la Prensa que pronto se establecerá una ley prohibiendo dar empleo pagando una cantidad menor de una suma que nuestro iluminado gobierno establecerá. Sin duda, algunos trabajadores marginales no perderán el empleo porque ocupan algunas plazas indispensables, y por ser pocos no inciden en la planilla total. Pero sí se quedarán sin empleo todos aquellos trabajadores cuyo aporte de trabajo en dinero no sería recuperable de los consumidores. Y, por tanto, quedarán desempleados, presionando, en el mercado, todos los salarios del país para abajo. Le echarán la culpa a los empleadores y exonerarán a los que no dan empleos pero que sí critican.
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