Los ojos de la censura
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“No te atreves a hacer nada por miedo a que esté prohibido”. Diario de Ana Frank
“La censura es un fenómeno que pertenece a la vida pública, y el estudio de la misma se extiende a varias disciplinas, entre ellas el derecho, la estética, la filosofía moral, la psicología humana y la política (la política en el sentido filosófico, pero más a menudo en el sentido más limitado y pragmático del término)”. Con este razonamiento se abre una interesante y sugestiva colección de reflexiones contenidas en el libro Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar, de John Maxwell Coetzee, a quien se considera en el presente como uno de los escritores fundamentales de las postrimerías del siglo XX y por supuesto, de lo que va de siglo XXI.
Dentro de sus datos biográficos figura haber sido ganador, en 1983, del Premio Booker, por su obra Vida y época de Michel K.; en 1999 recibió nuevamente el mencionado premio con “desgracia”. Su trabajo intelectual refleja una clara posición frente a los abusos del poder y la opresión ejercidos en nombre de cualquier pretexto, ideal, doctrina o liderazgo. Ello, le valió ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2005. Coetzee, de nacionalidad sudafricana, ha publicado importantes títulos que hoy figuran en la mayoría de librerías y bibliotecas.
Habla Coetzee de lo que resulta “indeseado” para los que ejercen cualquier tipo de poder y en tal sentido advierte que “en la práctica los que controlan los límites de la política y de la estética son los mismos”. Los censores, al no trazar ninguna línea definida entre la censura por motivos políticos y la debida a razones morales, construyen como categoría operacional para su acuciosa labor, el concepto de “lo indeseable”, lo cual equiparan forzada y caprichosamente con “lo subversivo”, es decir, lo políticamente indeseable y “lo repugnante”, lo moralmente indeseable. En su criterio, para el escritor, “indeseable es una palabra curiosa. En el sentido de indigno de ser deseado”. Para el censor lo que importa es refrenar el entusiasmo por los libros, la imágenes, publicaciones o ideas sometidas a su implacable escrutinio. Por ello, Coetzee afirma que “en su vocabulario, indeseable significa que no se debería desear o incluso que no está permitido desear”.
Para el intelectual “la censura no es una actividad que atraiga a mentes inteligentes y sutiles”. En ese sentido, a quien se le asigna tan deleznable tarea, se le pide desde el poder impedir que un lector, un televidente o un radioescucha, por mencionar algo, asuma pensamientos y conducta hipercríticas. Así, “el gesto punitivo de censurar tiene su origen en la reacción de ofenderse. La fortaleza de estar ofendido, como estado mental, radica en no dudar de sí mismo; su debilidad radica en no poder permitirse duda de sí mismo”. El censor apuesta a jugar contra la razón para justificar sus actos y sus medidas coercitivas y represivas de las libertades de pensamiento y expresión, a lo cual cabe agregar las siguientes palabras del autor citado: “Las convicciones que no están respaldadas por la razón no son poderosas, sino débiles; que alguien que mantiene una posición se ofenda cuando se ve cuestionado es signo de debilidad. Todos los puntos de vista merecen ser escuchados (audi alteram parti). El debate, según las reglas de la razón, decidirá cuál de ellos merece vencer”. Obvio que el escenario ideal no puede ser el de una pseudodemocracia en la que se insulta, ataca y censura abierta o sutilmente a la opinión disidente, sino una democracia en su sentido y significado concreto y real, en la que el ciudadano sea respetado.
Cuando el Estado pretende abarcar la vida y el pensamiento de las personas, tratando con medidas y leyes que rayan en el absurdo y en la hipocresía más rampante, apoderarse de la libertad y del ciudadano para convertirlo en un ser alienado, la censura se convierte en una peligrosa arma en manos de fanáticos e incondicionales. En ese sentido, Coetzee se permite la siguiente reflexión: “La censura estatal ofrece una pista. La censura estatal se presenta a sí misma como un baluarte entre la sociedad y las fuerzas de subversión o la corrupción moral. Desechar por poco sincera esta explicación que da el Estado de sus propios motivos sería un error: es característico de la lógica paranoide de la mentalidad censora”. Ciertamente, los gobiernos que practican la censura pretenden convencer a propios y extraños de que están haciendo uso de la ley para “proteger” al Estado y a la sociedad y por eso no es raro ver que “de vez en cuando se establecen aparatos de regulación y control que crecen y se consolidan, como suelen hacer las burocracias”.
Entre otros apasionantes enfoques sobre el tema, Coetzee habla sobre la “autocensura”, refiriendo tal situación al marco de los totalitarismos, específicamente el comunismo: “Cuanto más detalladamente logra definir sus reglas un sistema de censura, y cuanto más rigurosa y visiblemente vigila las violaciones de las mismas, más fácil resulta de administrar. Una vez la censura se ha establecido como régimen de lectura y escritura, cabe esperar de los escritores que o bien se regulen a sí mismos o bien, rechazando las reglas se coloquen fuera de la ley. Se trata de la autorregulación por medio de lo que Isaak Bábel denominó ‘el género del silencio”. Y tal situación no solamente aplica para los escritores y los poetas sino también para los comunicadores sociales y los medios independientes.
Vale, para concluir, mencionar unas palabras del recientemente fallecido escritor ruso Solzhenitsin: “La violencia no existe ni puede existir por sí sola: está invariablemente vinculada con la mentira. En sus comienzos, la violencia actúa abiertamente e incluso se enorgullece de sí misma. Pero tan pronto como cobra fuerza y se instaura firmemente… ya no puede existir sin ocultarse en una neblina de mentiras”.
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