¿Me permites llamarte Joe?
Por José María Carrascal
ABC
Esa fue la pregunta que una sonriente Sarah Palin hizo a Joseph Biden antes de comenzar su debate. Con ella, la candidata republicana a la vicepresidencia tomaba la iniciativa, que ya no abandonaría en toda la noche. Había curiosidad por verla y oírla. No defraudó. Es más, superó las expectativas. Con un lenguaje simple, directo, mitad de madre trabajadora, mitad de hombre que teme ir al paro, no se amilanó ante un adversario con mucha más experiencia, no se avergonzó de su conservadurismo y no cometió ninguno de los errores que se temían, trayendo en cambio una bocanada de aire fresco a la enrarecida política norteamericana.
Biden estuvo también mejor de lo que se esperaba. No fue el político profesional que repite eslogan y se enrolla para no decir nada. Fue al grano y sonrió también un montón. El resultado fue un debate mucho más vivo e interesante que el de McCain y Obama. Y aunque defendían posiciones opuestas, no hubo animosidad en ningún momento. Incluso se apreciaba una mutua simpatía, que podía venir de que ambos se presentaban como defensores del americano medio, ese trabajador y contribuyente que se ve amenazado por crisis de todo tipo: la económica, la de Irak, la de Afganistan, la energética, la educativa, etcétera.
Biden echó la culpa de todas ellas a Bush, insistiendo en que McCain no es más que un continuador de su política. Pelin no tuvo el menor recato en señalar que tanto McCain como ella son republicanos independientes, que buscan los cambios que Estados Unidos necesita. Recalcando que Obama y Biden representan al Washington y al Wall Street que han creado las dificultades que aquejan al país. Una exageración que la llevó a acusarles de “levantar la bandera blanca de rendición en Irak”. Consciente de que entrar en directa confrontación con ella podría acarrearle la acusación de machista, Biden no quiso entrar al trapo y siguió golpeando en donde más duele a los republicanos: en los “terribles últimos ocho años”, en los que se ha descuidado la educación, la sanidad, las infraestructuras, la confianza en las instituciones, por una política interior y exterior equivocada de Bush, “que McCain ha apoyado e intenta continuar”. Y ahí volvió a citar la negativa de éste a entrevistarse con Zapatero. Detalle que Palin no se dignó contestar.
En resumen: un tema y daca tan intenso como civilizado, que terminó con la irrupción en escena de hijos y nietos de ambos candidatos, saludándose efusivamente, como si aquello fuera una fiesta familiar. Y en cierto modo lo era, pues los dos habían quedado francamente bien y a los norteamericanos les gustan los finales rosa. A mi entender, Sarah Palin ganó en actuación. Biden, en sustancia. La gobernadora ha revitalizado la campaña republicana, que venía perdiendo gas. Pero las encuestas dicen que no ha convencido a los independientes, de quienes depende la elección.
Tendrá que ser McCain quien lo haga en los dos debates que le quedan con Obama. La fórmula se la ha dado su compañera de ticket: convencer a los norteamericanos de que es completamente distinto de Bush, pese a pertenecer al mismo partido. Lo malo para él es que Sarah Pelin sólo hay una.
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