Más sobre la economía latinoamericana
Por Jorge Salazar-Carrillo
El Nuevo Herald
Mi artículo del mes anterior pudiera haber parecido pesimista o muy realista. Pero acaba de llegar a mis manos una sentencia confirmatoria por parte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en su publicación noticiosa intitulada IDEA (Ideas para el desarrollo en las Américas) refulgente en la primera página aparece el título: Todo lo que brilla no es oro. Y la sentencia central de la misma, impresa en letras grandes, nos avisa: “Al alzarse el velo de la bonanza externa, una sarta de vulnerabilidades aparecen”.
El período en cuestión: 2003 al 2007. Estos años se caracterizaron por un fuerte crecimiento de la economía mundial, precios altos de los productos primarios y favorables condiciones financieras. Pero la mayoría de los economistas atribuyen las altas tasas de crecimiento de la región a las políticas económicas que se comenzaron a establecer desde la segunda mitad de los años 1980, y que se perfeccionaron desde comienzos de este milenio.
El análisis del BID toma como zona de referencia las siete mayores economías de la región, que la definen en su conjunto. Estas son: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela. Y examina el crecimiento económico del grupo junto con su política fiscal, la composición de su gasto público, el manejo de su deuda pública y su balance externo.
En este último quinquenio el crecimiento económico de estos países ha sido cercano al seis por ciento, fundamentado en un alza en la entrada de capitales extranjeros, el fortalecimiento de sus monedas, una subida en los precios de los bienes raíces y otros activos y relativamente bajas tasas inflacionarias (alrededor del cinco por ciento).
Examinando las políticas públicas del grupo, nos topamos primero con un superávit combinado de uno y medio por ciento del producto interno bruto (PIB) en el 2007. Lo anterior, combinado con la apreciación de sus monedas, ha reducido la deuda pública de estas naciones al 35 por ciento del PIB, al unísono con un énfasis en el alargamiento de los plazos de la misma.
En cuanto a sus políticas externas, el grupo ha limitado la tradicional dependencia en los capitales extranjeros para financiar sus déficits en la cuenta corriente (balance de comercio) de su balance de pagos. En vez, estos cinco años se han caracterizado por un superávit en la balanza comercial de algo más del dos por ciento del PIB. Esto ha conllevado un aumento en sus reservas internacionales a un nivel de $400 billones.
Ante esta experiencia altamente positiva, los países del grupo, con excepción de Argentina y Venezuela, han conseguido revaluaciones de los grados de sus bonos gubernamentales por parte de las agencias evaluadoras de Estados Unidos, a niveles que permiten que los mismos sean comprados por fondos de pensión y otras instituciones similares en todo el mundo. Pero entonces, ¿cuáles son los problemas?
En síntesis, después de descontar la bonanza externa de estos últimos cinco años, lo que resta en evidencia son una sarta de dificultades, resumidas en la conclusión de que los superávits fiscales y externos no son realmente tan grandes, ni el aumento del PIB tan alto. Comenzando por el tratamiento de choque: la América Latina como un todo no alcanzó, en su crecimiento económico, a ninguna región del mundo, ni siquiera a Africa.
Continuando con el psicoanálisis: el mejor desempeño económico del quinquenio parece deberse a factores externos, que no internos. Estos han sido el crecimiento de la economía mundial, los precios de los productos primarios y las condiciones financieras internacionales. En otras palabras, lo que fue extraordinario fueron las condiciones externas y no la expansión doméstica. Para toda Latinoamérica la tasa de crecimiento anual fue de 5.6 por ciento; pero si la situación externa hubiera sido representativa de la experiencia histórica (o normal) el ritmo de desarrollo solamente habría alcanzado el 3.8 por ciento por año.
Para confirmar los tratamientos anteriores consideremos los indicadores cruciales para un desarrollo económico sostenido: la inversión privada y la productividad. Esta última creció durante el quinquenio reciente a una tasa inferior a la que experimentó durante el anterior periodo de expansión (1991-1994), 2.5 versus 2.7 por ciento anuales, la más baja entre los países que emergen del subdesarrollo (desde 1990 la misma promedió menos del uno por ciento en América Latina). Y el proceso inversionista no fue mucho mejor que el cuatrienio de 1991-1994, lo cual sugiere desconfianza en cuanto al mantenimiento del crecimiento económico latinoamericano hacia el futuro.
Todo lo anterior confirma las conclusiones derivadas en mi artículo del mes anterior.
El autor es Prof. titular de economía, FIU, y senior fellow no residente, Brookings Institution.
- 28 de septiembre, 2026
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