Hungría y la exportación del socialismo
Por Gustavo Porras
Siglo XXI
Budapest, como otras urbes ubicadas junto a grandes ríos (en este caso el Danubio), se fue gestando como producto del comercio. Las ciudades–mercado, por la naturaleza de su actividad dominante, tienen que ser espacios abiertos. Aún bajo el peso de la Inquisición, por ejemplo, Venecia nunca proscribió ni a árabes ni a judíos, o de lo contrario hubiera labrado su propia ruina: para que el comercio prospere, toda la gente sin distinción tiene que ir y venir libremente.
Las ciudades–mercado tienen también una larga tradición democrática: la población de Budapest elegía a sus autoridades desde mediados del siglo XIII, aunque en el marco de una Monarquía. Sin embargo, el socialismo estalinista pretendió hacer de Hungría “el país del hierro, el acero y las máquinas”, e impuso su sistema político vertical, contrariando con ambas cosas la naturaleza del país y sus costumbres seculares.
Al igual que otros países del este de Europa, el socialismo no llegó a Hungría como fruto de una revolución propia, sino como resultado del avance del Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial y los Acuerdos de Yalta, en los cuales “los tres grandes” se repartieron el mundo. Esto, unido a siglos de expansión rusa, hizo que ese socialismo “burocráticamente degenerado”, como le llamó León Trotsky, fuera percibido por la mayoría de la gente como una etapa más de dicha expansión.
Hungría fue el primer país del “campo socialista” que pretendió un camino propio en el marco del socialismo.
En octubre de 1956 comenzó a desarrollarse un movimiento que se originó entre los estudiantes e intelectuales, pero que en el curso de pocos días adquirió carácter masivo y condujo al derrocamiento del gobierno. Este movimiento se dio en el contexto de la muerte de Stalin y la denuncia que Kruschev hizo de sus crímenes en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo cual generó expectativas de renovación y apertura en el movimiento comunista en general y en Hungría en particular. Sin embargo, en noviembre de ese mismo año la revolución húngara fue sepultada por los tanques soviéticos, 12 años antes de que ocurriera la invasión a la Checoslovaquia de Dubcek y su intento de un socialismo “con rostro humano”.
En ambos casos la intervención militar de la potencia soviética no tuvo como único motivo preservar la ortodoxia, sino fue una fatal consecuencia de la política agresiva de Estados Unidos. Tal como sigue ocurriendo en el caso de Cuba, toda fisura en el sistema, todo movimiento de oposición que se desarrolle significa una posición ganada para esa política que nunca ha cejado en su empeño de impedir la construcción de un sistema alternativo al capitalismo. Sin embargo, sea como fuere, para el pueblo húngaro aquellos hechos confirmaron que su país era un apéndice de la URSS.
Las consideraciones anteriores no pretenden siquiera ser una síntesis de lo ocurrido, sino únicamente abonar en una reflexión que los acontecimientos mundiales colocan en la orden del día, y es que en plena época de “globalización” adquiere cada vez más importancia tomar en cuenta las particularidades nacionales y cesar la exportación de recetas. Bajo la vigencia de valores esenciales como los contenidos en la declaración original de derechos humanos, cada país debe encontrar las formas concretas que corresponden a su historia e idiosincrasia.
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