¿Dónde se fue el piso?
Por Richard Webb
El Comercio, Lima
Para gobernar se necesitan armas, alimentos y confianza. Pueden faltar las armas y la comida, pero nunca la confianza. Fue una enseñanza de Confucio, pero seguimos redescubriendo su vigencia. En el mundo se produce un colapso financiero y una recesión, y la causa central de esos eventos, según acaban de explicar tanto el director del Fondo Monetario Internacional como el presidente George W. Bush, es una crisis de confianza. En el Perú desciende la confianza de la población hacia sus autoridades, tendencia ahora agravada por los audios que delatan actos de corrupción. ¡Qué frágil el piso que sustenta el sistema financiero del mundo! ¡Qué frágil el piso político de un Gabinete!
Lo paradójico es que nunca ha existido tanta información ni tanta transparencia. La democracia es ya casi universal, y la tecnología de la comunicación nos inunda de noticias, opiniones y estadísticas que, se suponía, nos iban a permitir navegar más certeramente cuando optamos por un banco o inversión, o cuando elegimos a un líder político. A los bancos los teníamos ‘espiados’ a través de las autoridades supervisoras, las empresas auditoras y la información diaria y detallada que nos traen las páginas web. A las autoridades los espía un ejército de periodistas ávidos de escándalo, armados con filmadoras y grabadoras y protegidos por el extremo liberalismo que caracteriza a los medios, bajo el escudo de la sagrada libertad de expresión. Con tanta ayuda, deberíamos estar sintiéndonos mucho más seguros en cuanto a nuestro dinero y en cuanto a nuestros gobiernos.
¿Cómo entender, entonces, el déficit de confianza? Quizás la abundancia de información nos está abriendo los ojos. Descubrimos que éramos niños de pecho, ingenuos ante los engaños o las medias verdades de corredores de bolsa, banqueros, auditores y empresas certificadoras. Los videos y los audios nos echan en la cara la insultante verdad de la vida política. Lo que estamos perdiendo es la credulidad más que la confianza. Confiamos cuando se trata de un familiar, amigo o colega, porque lo conocemos personalmente y porque hay un elemento de amor ciego. Pero más allá de ellos, sabemos que la avalancha de datos y de opiniones es en gran parte un márketing de empresas, autoridades o ideólogos, una forma sofisticada de manipularnos, y lo racional es la desconfianza. Al final, la confianza generalizada viene a ser casi un milagro, un valor tenue, intangible y difícil de recomponer cuando se rompe.
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