Arrogancia superflua
Por George Will
Diario de América
Impasible ante la divertida observación de Charles de Gaulle de que los cementerios están llenos de hombres indispensables, Michael Bloomberg, el alcalde 108 de la ciudad de Nueva York, ha decidido que él es indispensable. De forma que la ley que limita a los alcaldes a dos mandatos tiene que ser alterada para permitir tres mandatos.
“No es que haya alguien indispensable,” decía Bloomberg al anunciar que la ley que limita el número de mandatos, que se promulgó previo referendo y a continuación confirmó un segundo referendo, es un obstáculo intolerable a su permanencia como alcalde otros cuatro años más durante lo que llama “tiempos difíciles”. Se estaba refiriendo a los problemas de Wall Street, que van a reducir la recaudación del consistorio. Pero los tiempos siempre fueron difíciles en cierto sentido para cada uno de los 107 predecesores de Bloomberg.
Los partidarios de la limitación del número de mandatos no argumentan que el talento político es irrelevante ni que abunda por doquier. En su lugar, argumentan que el talento no es tan escaso como para que haya que sacrificar los beneficios de la rotación en la administración pública en aras de prolongar indefinidamente el mandato de una persona de talento en el cargo. Y argumentan que los beneficios de revolver en la reserva de talento superan a los costes de limitación de los mandatos.
Los partidarios de Bloomberg afirman que la limitación de los mandatos es antidemocrática – pero también que el consistorio público debe alterar los límites (que se aplican a los miembros del consistorio) por estatuto en lugar de someter el cambio a un referéndum público. A la acusación de que los límites al número de mandatos son antidemocráticos, la respuesta, en jerga Palin, es, “Toma claro.” Es decir, son igual de antidemocráticos que, digamos, la Primera Enmienda, que empieza con las seis palabras más adorables del inglés – “El Congreso no promulgará ninguna ley.” La enmienda enumera algunas cosas que los representantes electos del pueblo no pueden hacer incluso si el pueblo quiere que las hagan, como pasar por encima de la libertad de expresión o legislar el establecimiento de una religión de estado.
El mes pasado, en una noticia de portada bajo el titular “Nuevos desafíos a la limitación de mandatos por todo el país,” el New York Times, al que le repugnan los límites al número de mandatos tan enérgicamente como le gusta Bloomberg, informaba, sin rastro de ironía, de esto:
“Una década después de que las comunidades de todo el país adoptaran límites a los mandatos para obligar a los políticos asentados a abandonar cargos en la administración pública, al menos dos docenas de gobiernos locales sufren casos del remordimiento del consumidor, con entidades legislativas de Nueva York a Tacoma, Wash., intentando revocar o paliar las leyes.”
Vaya consuelo. Estas entidades legislativas, incluyendo a las legislaturas estatales, están copiosamente nutridas de políticos impacientes por asentarse. Y estas entidades nunca “consumieron” límites al número de mandatos. Los límites les fueron impuestos.
El Times informaba con gravedad que los límites al número de mandatos obligan a los legisladores “a concentrarse en proyectos de escaso calado que puedan cumplirse con rapidez, en lugar de cualquier cosa visionaria que lleve años alcanzar.” Obviemos la dudosa idea de que las legislaturas “visionarias” son deseables, y obviemos el hecho de que los límites siempre permiten a los legisladores ocupar “durante años” cargos públicos – normalmente seis años al menos y con frecuencia ocho o más. Pero considere el ejemplo presuntamente alarmante del Times de la concejala de Tacoma Connie Ladenburg.
En su (BEG ITAL)segundo mandato de cuatro años cada uno(END ITAL) ya, defiende algo que el Times presumiblemente considerará visionario y no algo sin importancia – un carril para peatones y bicicletas que cuesta 2 millones de dólares. Ladenburg se lamentaba en declaraciones al Times que “esto es demencial” porque, “Si yo me marcho, y no está terminado, ¿qué pasará?” Bien, que puede que el carril sea finalizado, o que no lo sea. Presumiblemente, si los buenos habitantes de Tacoma lo desean, lo será, en cuyo caso ella no habrá sido indispensable, lo cual también será el caso si ellos no quieren que sea terminado.
El Times informaba religiosamente de que 37 gobernaciones, 15 legislaturas estatales y nueve de las 10 ciudades más densamente pobladas tienen límites al número de mandatos, que siguen siendo populares entre la gente que los impuso: “Los referendos recientes encaminados a derogarlos, incluyendo uno en California en febrero, no lo han hecho.”
Dos argumentos sorprendentes en contra de los límites son que los políticos novatos son demasiado susceptibles a la influencia de los lobistas, y que los legisladores que ya no se pueden presentar, demasiado preocupados por su próximo puesto de trabajo y muy poco por su puesto de trabajo actual, están constantemente en campaña, pensando en las próximas elecciones en lugar de en el próximo relevo generacional. La idea de que cuando los límites al número de mandatos brillan por su ausencia, estas dificultades desaparecen, queda refutada con una única palabra: Congreso.
“Que nadie se lleve a error,” decía Bloomberg cuando anunciaba su intención de alterar la ley sin solicitar la autorización del público que la promulgó, “sigo pensando que los límites al número de mandatos son algo bueno.” Sólo que aplicados a él no lo son, no ahora, en estos “tiempos difíciles.” Una vez más, la reacción de la clase política a los límites al número de mandatos es un argumento contundente y en la práctica suficiente en su defensa.
© 2008, The Washington Post Writers Group
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