Lo que McCain aprendió de Teddy Roosevelt
Por George Will
Diario de América
John McCain, como muchos americanos que deberían reconocer el error, elogia extravagantemente a Theodore Roosevelt. Es un espíritu afín de la impulsiva caballería de voluntarios de Roosevelt, pero el visceral McCain es rescatado de algunos de los excesos de Roosevelt al carecer del desbordante aparador de ideas de Roosevelt.
En “Theodore Roosevelt: Preacher of Righteousness” (Yale University Press), Joshua David Hawley, un ex asistente de 28 años de edad del juez presidente del Supremo John Roberts, recoge que Roosevelt, lejos de ser, en la acérbica descripción de Henry Adams, “pura acción,” era un hombre de muchas ideas complejas. Algunas eran admirables; muchas fueron repugnantes.
Era un individualista que consideraba el individualismo de los demás un obstáculo a la unidad social imprescindible para la grandeza nacional. Habiendo leído “El origen de las especies” de Darwin a los 14 años de edad, y habiéndose transformado ferozmente de niño asmático en adulto robusto, defendía “el republicanismo guerrero” (frase de Hawley). Roosevelt vio la virtud emergente de la lucha, de la lucha violenta en especial, entre naciones y entre la raza “anglosajona” y las razas inferiores. Mezclando “cristianismo victoriano” con el “evangelio social” – que bendecía al estado como instrumento de recuperación moral — y la teoría darvinista, Roosevelt creía que la naturaleza humana se desarrolló a través del conflicto.
Esta visión oscura del progreso a través de la lucha le hizo defender el poder nacional concentrado para cumplir su agenda, que era radicalmente más ambiciosa que la visión de los Fundadores del gobierno limitado garante del orden, protector de la propiedad y por lo demás ajeno al esfuerzo individual.
Como Winston Churchill, quien dijo que la humanidad se había incorporado “al terreno de los efectos masivos,” Roosevelt decía que “esta es una edad de combinación” — de enormes entidades económicas en contacto. Lo grande era, pensaba, hermoso y, de todas formas, inevitable. De manera que el gobierno, y especialmente la presidencia, deben hacerse proporcionados a la tarea de ensillar el individualismo americano con la silla de los fines colectivos. Aquí convergen Roosevelt y McCain “Country First.”
Roosevelt, de quien un crítico dijo “oculta un púlpito en su persona,” casi desgastó la palabra “corrupción” antes de que el pastor McCain se presentara para hacerla la piedra angular de su léxico político. Roosevelt, como McCain, rechazaba la idea de James Madison de política conducida – y libertad preservada – mediante el conflicto pacífico entre formaciones competidoras.
La legislación enseña de McCain (McCain-Feingold) restringe lo que llama “plagio de derechos de la Primera Enmienda”” en nombre de poner coto a “los intereses especiales.” Expresa el rechazo de estilo Roosevelt a la política Madisoniana, un rechazo que McCain reitera al equiparar el consenso – en materia del interés público, tal como lo entiende McCain –con el patriotismo. Pero otro nombre del “partidismo” que McCain deplora es… política.
Ted Kennedy, dirigiéndose a la convención Demócrata, defendía el final de una política de “formación contra formación.” Roosevelt habría convenido encarecidamente. ¿Pero para qué sirve la política si no es para zanjar conflictos así? McCain estaba de ánimo Roosevelt cuando decía que el rescate del sistema financiero debería estar “por encima de la política.” Error. Implica las cuestiones políticas fundamentales sobre libertad, justicia y el papel del gobierno.
Roosevelt envolvió la doctrina materialista de lucha evolutiva con importancia moral para las “razas” más humanas. Quería que el estado rescatase a América del peligro, tal como lo veía, de una república comercial que alimenta la afeminación. El gobierno como tutor moral abstraería a los caóticos particulares de las preocupaciones privadas y los situaría camino de la acción redentora colectiva.
Como la guerra. La respuesta de Roosevelt a la idea de un “equivalente moral de la guerra” de William James podría haber sido: No se aceptan sucedáneos. Roosevelt quería que el cuerpo político fuera un cuerpo, cuya cabeza fuera el presidente. Despreciaba la sociedad civil – las instituciones que median entre los individuos y el estado, aislándoles de la dependencia y la coacción. Guardaba una noción Rousseauana de que el individuo sólo podía liberarse a través de la inmersión en lo colectivo.
Para cuando Roosevelt intentaba retomar la presidencia en 1912, estaba influenciado por lo que Hawley llama “impactante arrogancia personal” que se manifestaba en un populismo anticonstitucional. Por ejemplo, sostenía que el Supremo no debía invalidar ninguna ley que disfrutara del apoyo de la opinión pública, y el pueblo debería ser dotado del poder de anular veredictos judiciales mediante referendo.
La identificación con Roosevelt por parte de McCain es, afortunadamente, superficial — más relacionada con el exuberante estilo personal de Roosevelt que con sus conjeturas intelectuales. La preferencia de McCain por la implicación del público por encima de las preocupaciones privadas se queda corta – hasta el momento – con respecto a la agenda vaga pero amenazadora de Roosevelt de levantar la identidad cívica a través de la prestación social obligatoria.
El nacionalismo colectivista de Roosevelt se volvió desequilibrado, contaminado por la defensa siniestra de la eugenesia y por sentimientos estatistas como: “La mujer tendrá que llevar y cuidar a los hijos, como su primer deber para con el estado.” El interés Rooseveltiano de McCain en nuestra restauración moral es al menos mejor que eso.
© 2008, The Washington Post Writers Group
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