Huyendo hacia adelante
Por George Will
Diario de América
Como lemmings pero a la inversa, los miembros del Congreso están siendo exhortados a alejarse de un barranco axiomático. Pero algunos de los cartógrafos económicos que ahora dicen saber que el barranco está ahí, y que la economía se precipitará por él si el Congreso no se para a pensar antes de dotar al Secretario de Hacienda de las competencias para controlar el flujo de capitales a través de las arterias del capitalismo estadounidense, son algunos de aquellos expertos que decían en marzo que la intervención federal profiláctica en el asunto de Bear Stearns era necesaria para contener la crisis.
Todo lo que se ha hecho durante los seis últimos meses se ha hecho para capear aquello que las acciones previas se suponía iban a evitar. Un corolario quizá oportuno: No se aprende nada de la segunda coz del burro.
La esencia de esta crisis es la falta de conocimiento, incluyendo la imposibilidad de saber quién debe qué a quién, y dónde reside el riesgo. En un momento así, la precipitación del gobierno no debería variar de forma inversamente proporcional a su información. Con el prestigio del gobierno, medido en función de los índices de popularidad del presidente y el Congreso, en mínimos históricos, el gobierno está adoptando competencias sin precedentes. Henry Paulson, alias el cuarto brazo del gobierno, es inteligente e incansable y tiene tanta experiencia al respecto como cabría esperar. Pero nadie ha tenido nunca tanta experiencia a estos efectos en las tareas que le serán asignadas por la legislación de tres páginas que le dará competencia casi total sobre al menos 700.000 millones de dólares.
Antes de que el Congreso plasme esto, debería consultar el Artículo I, Sección 1 de la Constitución: “Todos los poderes legislativos recogidos aquí serán depositados en el Congreso de los Estados Unidos, que consistirá de un Senado y una Cámara de Representantes.” Pero puesto que el gobierno federal se transformó en un estado regulatorio en el siglo XX, el Congreso ha delegado los poderes legislativos esencialmente en la rama ejecutiva con agencias independientes. Este es un motivo de que los conservadores lamenten el crecimiento del gobierno: Entraña la suplantación del estado de derecho – las leyes redactadas por representantes electos – por el estado de las normas redactadas en la rama ejecutiva.
El Representante Barney Frank, que preside el Comité de Servicios Financieros de la Cámara, dice: “En una democracia, nadie que no haya sido elegido democráticamente debería disponer de 800.000 millones de dólares para gastar como vea adecuado. … Esa no es forma de dirigir una democracia.” Frank es acertadamente meticuloso con un principio fundamental de la gobernación estadounidense – el control legislativo de los fondos públicos. Un principio fundamental de la economía política norteamericana es que nadie electo debe tener un control virtualmente ilimitado sobre sumas tan considerables de dinero del contribuyente.
En 1922, Lenin, atacado desde la izquierda por estar permitiendo algo de empresa y agricultura privada a pequeña escala, prometía que el estado controlaría “las más altas instancias” de la economía soviética. En 1945, el Partido Laborista de Gran Bretaña explicaba sus políticas de nacionalización diciendo que el socialismo debería incluir “el control público de las más altas instancias de la economía.”
En la Gran Bretaña de 1945, esto significaba el asunto de la industria – el acero, el hierro, el carbón, el ferrocarril, etc. En 1945, Aneurin Bevan, un prominente político Laborista, decía: “Gran Bretaña es una isla levantada sobre carbón y rodeada de pescado; solamente un genio organizativo podría dar lugar a una escasez de carbón y una escasez de pescado al mismo tiempo.” El socialismo enseguida produjo eso.
Las más altas instancias de la economía de América hoy son servicios financieros, y en deferencia a ellos la frontera entre los sectores público y privado está siendo difuminada hasta la práctica inexistencia. ¿Cuál es el equivalente estadounidense del carbón y el pescado? Lo vamos a averiguar.
Un enorme abanico de juicios complejos van a tener que promulgarse a propósito de quién decidirá – y según qué criterio – a quién será dirigido el dinero, y cómo tasar y valorar los instrumentos financieros, y los activos que les respaldan, de los que el gobierno será pronto titular. Pero estos microproblemas, aunque bastante considerables, palidecen en comparación con el macroproblema, que es:
La crisis se ha presentado durante el noveno mes de una colosal corriente demográfica – la jubilación de 78 millones de americanos nacidos a finales de los años 40. Conforme la población envejece, el estado del bienestar – primordialmente una bomba de dinero público compensatorio que abastece las pensiones y la atención médica destinada a los ancianos – exige un crecimiento económico más rápido para generar ingresos crecientes. En la medida en que la crisis del momento se traduce en que gigantescas cantidades de capital se distribuyen según consideraciones diferentes a as de la eficacia económica, la nación se verá consignada a un crecimiento económico distante del óptimo.
La próxima administración, pero sobre todo una administración Obama, se desgastará bajo restricciones económicas severamente ajustadas. Pero las generaciones posteriores pagarán los costes derivados del creciente papel del estado en la distribución de los recursos financieros.
© 2008, The Washington Post Writers Group
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