La lección equivocada de Munich
Por Ian Buruma
Clarín
Este mes se cumplen setenta años de que el primer ministro británico Neville Chamberlain firmara en Munich un documento que le permitió a Alemania apropiarse de una gran parte de Checoslovaquia. El llamado “Acuerdo de Munich” se considera una traición abyecta de lo que Chamberlain llamó “un país lejano del que no sabemos mucho”.
Pero eso no era lo que muchos pensaban en esa época. Muchos europeos, que conocían por experiencia personal las terribles consecuencias de la guerra, compartían la opinión de Chamberlain de que Inglaterra no estaba lista para enfrentarse militarmente a la Alemania nazi y que la diplomacia y las concesiones eran opciones más seguras. Sin embargo, Chamberlain ha pasado a la historia como un cobarde y se culpa a sus acciones de “apaciguamiento” de los nazis de la posterior campaña de Hitler para conquistar el resto de Europa.
Chamberlain tal vez se equivocó. Inglaterra y Francia podrían haber frenado a Alemania. El Acuerdo de Munich fue una de las raras ocasiones de la historia de las democracias en las que la diplomacia prudente fue un error. Lo que se necesitaba era un héroe romántico dispuesto a jugarse el destino de su nación luchando “sin importar el costo”, como dijo Winston Churchill.
Una cita célebre de George Santayana dice que “quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla”. Sin embargo, la historia enseña muchas lecciones, algunas de ellas contradictorias, y nunca se repite de la misma forma. En ocasiones, prestar demasiada atención al pasado puede conducirnos por el camino equivocado. Entonces, ¿qué aprendió exactamente el mundo de Munich en 1938? En cualquier caso, después de la Segunda Guerra Mundial los europeos llegaron a conclusiones más cercanas al pensamiento de Chamberlain que al de Churchill.
Tras dos guerras catastróficas, los europeos decidieron crear instituciones que hicieran que los conflictos armados fueran inútiles. En adelante, la diplomacia, las concesiones y la soberanía compartida serían la norma, y el nacionalismo romántico basado en la fuerza militar sería cosa del pasado. De las cenizas de la guerra surgió una nueva Europa, al igual que un nuevo Japón. El nacionalismo (salvo en los estadios de fútbol) cedió su lugar a una presuntuosa autocomplacencia por haber encontrado una forma más civilizada, diplomática y pacífica de resolver los conflictos humanos. Ciertamente la paz se ha mantenido, pero únicamente porque Estados Unidos, quien aún conserva las concepciones de seguridad nacional e internacional anteriores a la Segunda Guerra Mundial, la garantiza.
En Estados Unidos, Munich tuvo un eco muy distinto; alimentó las ilusiones churchillianas de muchos “presidentes guerreros” que soñaban con pasar a la historia como los defensores heroicos de la libertad. Se ha invocado Munich en repetidas ocasiones: para combatir el comunismo, para derribar a Saddam Hussein, para frenar a Irán y para la “guerra contra el terrorismo”.Estas perspectivas diferentes han causado tensiones peculiares con los aliados democráticos. Los europeos y los japoneses dependen del poder militar estadounidense para su seguridad, pero a menudo les desagrada la forma en que EE.UU. lo utiliza. El alto grado de dependencia también ha tenido un efecto infantilizador.
Como adolescentes permanentes, los europeos y los japoneses ansían la protección del padre estadounidense, y al mismo tiempo le tienen un gran resentimiento.
No hay duda de que EE.UU., al igual que todas las grandes potencias, ha participado en guerras tontas y ha adoptado conductas de intimidación, sobre todo hacia los países de su propio hemisferio. Pero incluso sin invocar los fantasmas de Munich, hubo ocasiones en que el uso de la fuerza era la única forma de tratar con un tirano. Los europeos no estuvieron dispuestos a hacerle frente a los asesinatos masivos en Serbia. Los estadounidenses tuvieron que hacer el trabajo sucio.
Por otra parte, la diplomacia europea ha tenido éxitos notables. La posibilidad de ingresar a la Unión Europea ayudó a consolidar la democracia en Europa central y oriental y también en Turquía. Algunas de estas democracias se han adherido a la OTAN y otras ansían hacerlo. Sin embargo, la OTAN, a diferencia de la UE, es una organización militar. Ahí yace el viejo problema de Chamberlain: ¿están los europeos dispuestos a participar en una guerra en nombre de alguno de los miembros?
Durante la Guerra Fría, esto no era un dilema serio. Los europeos confiaban en que la OTAN y EE.UU. los defenderían en caso de una agresión soviética. Ahora, Georgia y Ucrania quisieran contar con que los europeos y los estadounidenses derramarían sangre para defenderlos de Rusia.La elección es dura: si los europeos están dispuestos a luchar por Georgia o Ucrania, deben invitar a estos países a formar parte de la OTAN. Si no, no. Pero, en lugar de elegir, los principales países europeos, como Alemania, han vacilado.
Todo esto hace que la alianza occidental parezca incoherente y, a pesar de su enorme riqueza y el poder militar de Estados Unidos, extrañamente impotente. Ya es hora de que las democracias europeas se decidan. Pueden seguir dependiendo de EE.UU. para su protección y dejar de quejarse, o pueden desarrollar la capacidad para defender Europa, como sea que la quieran definir, por sí mismos.
La primera opción podría no ser viable durante mucho tiempo en el ocaso de la Pax Americana. La segunda será costosa y riesgosa. Los europeos probablemente seguirán indecisos hasta que una crisis seria los obligue a actuar. Pero para entonces, podría ser demasiado tarde.
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008.
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