Esclavos y libertos
Por M. Martín Ferrand
ABC
Caminara para llegar…/ no es caminar”, como cantaba Manuel Machado. Cabría aplicarle el cuento al tiempo en que vivimos. Además de caminar hacia ninguna parte con la pretensión de llegar pronto, no consigue alcanzar -claro- el punto de destino. La debilidad de las ideas y el cruce de los intereses han erradicado de las relaciones internacionales un conjunto de valores éticos, en otro tiempo exigibles y exigidos, que aliviaban muchos de los excesos de la política internacional en la que, por la pura coincidencia cronológica y el entendimiento de los grandes organismos mundiales, de la ONU en adelante, vienen a ser lo mismo un tirano sanguinario y un líder democrático y ejemplar.
Fenómenos como el del energuménico Hugo Chávez no serían posibles sin la existencia de un culto reverencial al petróleo. “¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda!” no es sólo una frase desafortunada, hija del calentón de una cabeza megalómana. Es la expresión del más profundo sentido totalitario, el que empuja a los dictadores, sea cual fuere su vía de acceso al poder, a responsabilizar a un enemigo exterior -mejor cuanto más grande- de los males de su propia casa y, por supuesto, a considerar a sus súbditos como un coro unánime y sin derechos que respalde sus ambiciones y caprichos.
Chávez no está en la revolución, sino en el mangoneo. A pesar de ello la comunidad internacional le trata como a uno más del grupo. Los gobiernos democráticos respaldados por ciudadanos libres se convierten en siervos de este modelo de tiranuelos por el mero hecho de transar con ellos y sentarles a la mesa de la libertad. Cómo será la mente de los dictadores que en Cuba, donde Fidel Castro creó la escuela en que aprendió Chávez, tras el paso del huracán “Ike”, que les ha costado seis vidas y notables daños materiales, las autoridades han abroncado a sus súbditos “por la falta de observancia estricta de las medidas dictadas por el sistema de la Defensa Civil”.
El lendakari Juan José Ibarretxe, salvando las distancias que hacen al caso, se ha construido dentro del
Estado español -su enemigo “exterior”- y gracias a la continuada pasividad del Gobierno de la Nación una cápsula de tiranía que resulta notable y de análisis complejo. Los doscientos mil vascos -y vascas, diría el lendakari- que, en estos últimos años, se han visto obligados a abandonar su tierra para residir en otros puntos de España pueden dar fe de lo que digo. El presidente del Gobierno de Vitoria no es muy distinto del de Caracas. Uno ha nacido en Llodio (Álava) y el otro en Sabaneta (Barinas, antes Zamora); pero ambos se ponen por montera las leyes que les afectan, de las que se deriva el poder que ostentan e, independientemente de la voluntad de sus electores, hacen de su capa un sayo. La existencia de siervos y esclavos es, seguramente, previa a los tiranos
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