Una definición alternativa al flujo migratorio de esta nación
Por Ricardo Chavira
Bajo el Sol
Irvine, California – Juan pasa nueve horas al día, de la medianoche a las nueve de la mañana, asegurándose que brille uno de los mayores centros comerciales del Condado Orange. Trae consigo una manguera de alta presión y refriega las aceras del amplio centro comercial, quitándoles hasta la más mínima mancha.
“El suelo tiene que estar tan limpio que se pueda comer sobre el”, dice Juan una mañana reciente, riéndose del ejercicio de limpieza radical. Para suplementar su paga de $8,80 la hora, Juan prepara y vende tacos a cincuenta centavos en barrios hispanos cercanos.
Todo esto significa que él trabaja siete días a la semana. También lo califica de modelo de empresa inmigrante, precisamente el tipo de residente que el país necesita. No obstante, Juan reside en el país ilegalmente.
Nativo de Nayarit, México, llegó al país por medio de un contrabandista cerca de Tijuana hace dos años. Para muchos estadounidenses, el estatus de Juan hace que su presencia y contribución a la economía sean menospreciadas. También se gana el estatus no envidiable del extranjero ilegal, una etiqueta que les quita la humanidad y la legitimidad a los mexicanos.
“Yo sé que para algunas personas somos indeseables”, dice Juan. “Pero los empleadores nos quieren para hacer los malos trabajos que nadie más quiere tomar. Sólo son mexicanos los que limpian el centro comercial. Seguimos viniendo, porque el camino a casa no es largo, y aquí encontramos trabajo”.
Sus palabras me recuerdan la reubicación de mi familia al norte de la frontera. La mudanza episódica se tendió a dos generaciones.
En cada instancia, los que trabajarían en los campos de algodón, con empresas de construcción, en maquiladoras o en las casas de los adinerados, viajaban sólo varios cientos de millas, a diferencia de la vasta mayoría de los inmigrantes europeos que hacía viajes transatlánticos.
La proximidad geográfica es una importante distinción. Los inmigrantes mexicanos en California y en el suroeste con frecuencia se mudan distancias mucho menores de las que separa a Los Ángeles de Nueva York, un recordatorio que los estados fronterizos de EE.UU. y el norte de México son un todo regional.
También tendría que recordarnos que los flujos de migrantes mexicanos sirven para reforzar la conexión y constantemente rellenar comunidades establecidas desde aquí a Nueva Inglaterra.
De nuevo, la historia familiar es ilustración de este hecho. Sixto Real y Vásquez, mi tatarabuelo, nació en 1797 sólo a 900 millas de donde vivo en Irvine. Valle de Allende, Chihuahua, donde nació, fue un asentamiento temprano en Nueva Vizcaya. Los regentes españoles estaban empeñados en establecer una presencia tanto para explotar las minas de plata como conquistar la gente indígena de la región.
Con ese fin, la corona española animó a sus súbditos a mudarse a sus territorios, en lo que ahora constituye el norte de México y partes del suroeste estadounidense. Con el tiempo, los asentamientos se tratarían como baluarte contra la expansión de Estados Unidos. Por supuesto, la estrategia no daba abasto contra la masiva mudanza de americanos-europeos al oeste; con las justas México retuvo sus estados fronterizos de hoy, pero perdió todo al norte en la guerra contra Estados Unidos.
Unos 40 años después de la guerra, el nieto de Sixto se mudó un tanto al norte de la frontera con Texas; sus descendientes se arraigaron en el sur de California, donde nacimos mis tres hijos y yo.
Viviendo con mi esposa y mis hijos en el Condado Orange me ofrece una butaca de primera fila para observar la transformación demográfica del sur de California. Lo más llamativo es el número de inmigrantes y sus hijos de todo país imaginable. De manera clásicamente inmigrante, han llegado del otro lado del mundo.
Mucho antes que empezara yo el kinder, el autor Carey McWilliams, del sur de California, en su libro seminal, North from Mexico, documentó ricamente la presencia mexicana e imprenta duradera sobre el suroeste décadas antes que conformara parte de Estados Unidos.
Contó la mayormente historia sin contar de cómo los mexicanos de la era española, entre otras cosas, establecieron la cultura del ganado y prácticas agrícolas que los europeo-americanos adoptaron luego.
Entonces, la historia de mi familia no es tanto un cuento de inmigrantes como lo es una narrativa de continuidad histórica.
Durante al menos 210 años hemos vivido, trabajado y muerto en una región dividida violenta y artificialmente por una frontera. Juan y millones como él deberían hacernos ver que a nadie, y mucho menos a los migrantes mexicanos, se le puede llamar con legitimidad, “illegal alien”.
Ricardo Chavira dicta cursos de estudios latinoamericanos y chicanos/latinos en la Universidad de California-Irvine y de periodismo en California State University-Fullerton.
- 28 de septiembre, 2026
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