La patada de Fidel Castro
Por Adolfo Rivero Caro
El Salvador
Miami.- Recientemente, en las últimas jornadas de los Juegos Olímpicos de Pekín, se produjo un raro y penoso incidente: un atleta agredió violentamente a un árbitro. El individuo en cuestión, Angel Valodia Matos, era la esperanza de Cuba para una medalla de oro en taekwondo. El juez sueco, Chakir Chelbat, decretó su derrota cuando se tomó más tiempo del permitido tras ser lesionado en el segundo asalto. Enfurecido, el cubano le dio una patada en el rostro. El árbitro sufrió una herida en la que hubo que darle varios puntos. Matos, por supuesto, fue descalificado de por vida.
El incidente, aunque lamentable, no merecería mayor atención si no fuera por la extraordinaria reacción que provocó en Fidel Castro. En un artículo publicado tras la clausura de los juegos, el secretario general del Partido Comunista de Cuba escribió: “Asombrado por una decisión que le pareció totalmente injusta, nuestro atleta protestó y lanzó una patada contra el árbitro… No pudo contenerse… Para él y su entrenador, nuestra total solidaridad”.
Es raro que un atleta agreda a un árbitro, pero lo que no tiene precedentes es que un dirigente político, un hombre que a todos los efectos prácticos es un jefe de Estado, se solidarice con semejante brutalidad. Creo que es un incidente sobre el que muchos simpatizantes de la revolución cubana debían reflexionar. Es sumamente revelador.
Lo primero que hay que señalar es que Fidel Castro no ha cambiado. La personalidad básica de un individuo no cambia con los años. Lo que pasa es que ahora está menos preocupado por el futuro y, por consiguiente, tiene menos paciencia y menos cuidado con lo que dice. Pero siempre ha sido un hombre violento, lleno de desprecio por las convenciones sociales, es decir, por la cultura. De joven, en la universidad de La Habana, era un gángster. Fue acusado de asesinato en dos ocasiones. Su transformación en líder político tuvo mucho de casual.
El golpe de Estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, fue profundamente impopular. La lucha civilista contra su dictadura estaba sumamente limitada puesto que Batista contaba con el apoyo del ejército, en gran medida creación suya. De aquí que el pueblo contemplara con gran simpatía la lucha armada contra el régimen, que Castro organizó con singular efectividad.
En esas condiciones, decidió hacerse comunista y abrazar el marxismo-leninismo.
En sus reflexiones sobre los Juegos Olímpicos, Castro se refirió a varios arbitrajes que consideró injustos, afirmando que “la mafia” había logrado “burlar las reglas del Comité Olímpico”.
Obviamente, uno tiene que preguntarse si las derrotas de Cuba en beisbol y voleibol femenino, entre otras, también fueron obra de un arbitraje injusto y manipulado por la “mafia”.
Muchos anticastristas se irritan cuando se habla del marxismo-leninismo de Fidel Castro. Insisten en que es sólo un gángster, un oportunista sin verdaderas convicciones políticas y que calificarlo de marxista-leninista es glorificarlo, es darle una talla intelectual que no tiene. Siempre he creído que es un error. Fidel Castro es un marxista-leninista no porque tenga una gran talla intelectual, sino precisamente porque no la tiene. Es marxista justamente porque el marxismo es una ideología capaz de justificar la barbarie, el fundamento cultural de las dictaduras más represivas, sanguinarias y estériles de la historia.
El autor es analista político y columnista de El Nuevo Herald.
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