Lecciones de Solzhenitsin (I)
Por Alvaro Alba
Diario Las Americas
Los trabajos ahora presentados fueron publicados el 14 y 21 de Junio del 2003, en el 25 aniversario de la conferencia que Alexander I. Solchenitsin diera en la Universidad de Harvard. El texto, después de mucha búsqueda, me lo ofreció Don Horacio Aguirre, pues DIARIO LAS AMERICAS había tomado la sabia decision de publicarlo entonces de manera íntegra. La exposicion del laureado escritor es una muestra de su profundo análisis, visión y sabiduría, que pocos entendieron en Occidente. Tuvo el privilegio de regresar a su Patria para allí siempre estar fuera de los moldes correctos de la política rusa. Fue Alexander Isaevich un ruso que nació y vivió en la URSS pero se comportó como un genuino intelectual ruso, de la estirpe de Toltstoi y Dovstoevski.
Hace 25 años, el jueves 8 de junio de 1978, el escritor soviético Alexander Solzhenitsyn ocupó el podio en la Universidad de Harvard para dirigirse a los graduados, y su intervención de entonces es sin lugar a dudas uno de los más reveladores e importantes discursos políticos del siglo XX.
Bajo el título de Un Mundo Dividido, (algunos le llaman Occidente Exhausto) el autor de Archipiélago Gulag hizo un análisis de la sociedad Occidental, de las relaciones entre Este y Oeste, de los peligros del Comunismo, del Legalismo y Humanismo en la cultura universal, y otros temas, con una claridad, profundidad, y honestidad como hasta ese momento nadie había expresado. Más que un rápido vistazo al mundo dividido, como el declaró, el discurso se convirtió en una radiografía del presente y el futuro de la sociedad humana.
Ya venía con el peso de un premio Nobel de Literatura, años de cárcel en el Gulag, heroísmo en la Segunda Guerra Mundial, denunciando las atrocidades del régimen soviético, expulsado de Rusia. Más que un día en la vida de Ivan Denisovich llevaba Alexander marcados sus años en la URSS y los tres que ya tenía en Estados Unidos.
Desde un inicio expresó su preferencia por la Verdad, con mayúsculas y en latín, VERITAS, como expresa el lema del alto centro docente. El autor del Pabellón de Cáncer, recordó que no siempre la verdad es agradable y siempre estaremos en constante búsqueda de ella, y no siempre era bien recibida, y recordó otro discursos al llegar a esta nación que no fue aceptado por muchos, al no ser políticamente correctos.
Entonces la llamada Coexistencia Pacífica era un término común. Occidente aceptaba la existencia de la URSS, de sus satélites y colonias. Y Solzhenitsyn se negaba a aceptar esa pasividad de la cultura mundial, de los líderes del planeta, pues estaba convencido que las negociaciones diplomáticas no eran el mecanismo para mantener ni la paz, ni la seguridad mundial. La Convergencia, otra teoría de moda, fue criticada por el escritor al considerar que la misma juzga a todas las naciones con la vara de los estándares occidentales. La misma llevaría a la aceptación de los errores de la otra parte, y al parecer de este, eso era erróneo.
Con todo el respeto que se merece Occidente, declaró Solzhenitsyn que se detenía en la crítica de lo que llamó desaciertos de esta civilización que podría llevarlo a una autodestrucción. Y comenzó señalando la disminución del Valor a lo que llamó el punto más sobresaliente que salta a la vista de un observador.
Recordemos que venía el autor del Primer Círculo de una sociedad hermética, autoritaria, donde la crítica era penable, pero la capacidad de análisis permanece inalterable. Esa falta de valor la observó en la élite política, en los intelectuales, en la burocracia para quienes era razonable, correcto y realista basar en esa cobardía la política del Estado. Capaces esos estados de imponer su voluntad a los débiles y quedar de brazos cruzados ante los déspotas, agresores y terroristas. Y termina con una lúgubre pregunta – ¿Debemos, pues señalar que desde tiempos ancestrales la disminución del valor se ha considerado como el principio del fin?
De una manera profética el ex prisionero del Gulag echó campanas al aire alertando sobre el detalle psicológico de una sociedad en avance técnico, de un progreso material, donde la cantidad es sinónimo de felicidad, de esplendor físico y se pregunta Solzhenitsyn hasta donde se está dispuesto a renunciar a esa vida preciosa, garantizada, por la seguridad de su propio país o de un país lejano. Y llamó vida legalista al concepto occidental de poner mediante preceptos legales los límites de los Derechos Humanos, donde todo lo correcto está determinado por legislaciones, sin verse la restricción voluntaria, el respeto propio, no por la fuerza de la ley, sino por la convicción moral.
Señaló que venía de una sociedad donde la legalidad no existe, pero que es negativo que la sociedad occidental tenga sólo como referencia o escala la ley y no los valores humanos, haciendo énfasis en la parálisis de los impulsos nobles del hombre, cuando la vida es regida así, pues las amenazas a la humanidad no se resuelven con una estructura legalista.
La prensa no quedó aparte del análisis señalando la falta de responsabilidad por la deformación o desproporción. Las falta de honestidad en aceptar el haber errado en alguna información, columnas o análisis, llenos de inexactitudes, de errores, que nunca son corregidos. Donde a terroristas los convierten en héroes y asuntos secretos o privados, en tema de conversación o debate popular. La superficialidad periodística, la falta de análisis serio y profundo en la prensa los considera el escritor como enfermedades del siglo XX, que han pasado ahora al XXI.
Y esa superficialidad se convierte en moda, en marcar la pauta en el pensar de la sociedad, y que en estos momentos es más peligrosa con la idea de monopolizar los medios de comunicación.
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