A los trompicones
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. Consultar la edición digital del ABC, aquí, desde la distancia, en estos días me ha resultado muy complicado a raíz de las actualizaciones y las informaciones de último momento que se van agregando de continuo. Es así que de pronto leo que Nicanor Duarte Frutos ha prestado juramento como senador electo de la Nación. Después que no, que es como senador vitalicio, como lo dispone la Constitución. Cinco minutos más tarde que no juró nada, sigue siendo un ciudadano cualquiera y sin empleo. Pero antes de quince minutos es de nuevo senador. Por lo tanto hay que ir con mucho cuidado, tomando nota de la hora en que fue actualizada la página para saber cuál de todas las versiones es la auténtica, por lo menos en ese momento.
No es ninguna exageración, ya que la última que vi, ya no me acuerdo si era senador o no, vitalicio o electo.
¿Por qué se debe discutir con tanto apasionamiento algo que está fuera de toda duda? Solo hay que estirar el hilo para llegar a la madeja. Duarte Frutos se incluyó a sí mismo en la lista de senadores del Partido Colorado mientras era presidente de la República. De acuerdo a la Constitución no podía candidatarse ya que para ello debía renunciar a su cargo, cosa que no logró materializar. Pero al fin, recurrió a la justicia, la justicia del nicanorismo, claro está, y el juez le dijo que sí podía hacerlo. Lo único que faltó fue que además de darle la bendición de Astrea, también le implorara que se presentara. Porque esta era la venalidad con que se actuaba entonces.
Sigamos estirando el hilo que ya viene la madeja: poco importa si a Nicanor le votaron quinientos mil colorados, si le votaron miles de oviedistas, si le votaron muchos miles de nicanoristas. Ninguna de estas cifras puede legitimar un hecho que viola la Constitución. Primero está la Carta Magna, luego están los votos. Hay que revisar la legalidad de la sentencia que le autorizó a Duarte Frutos poner su nombre a la cabeza de los candidatos colorados al Senado.
Si realmente es legal, pues no hay discusión que valga. Se cumple con la ley y punto. Si no es legal, tampoco hay discusión que valga. Se lo manda al juez al Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados y regresamos al punto de partida: Duarte Frutos es senador vitalicio y se acabó el dilema. Esto es lo que sucede cuando la Justicia (ahora sí va con mayúsculas) no funciona en un país. Como el juez que le autorizó a Duarte Frutos dejar de ser presidente los minutos necesarios para aceptar la presidencia del Partido Colorado y entregársela luego a un suplente. ¿No parece un chiste? ¿Qué opinión les merece un juez autorizando que se viole la Constitución nada más que por unos minutos? Con ese criterio se podría fusilar a cualquiera aunque la Constitución prohíba la pena de muerte. Se la suspende los minutos necesarios para realizar los disparos y luego todo regresa a la normalidad. ¿Cuál normalidad?
Al margen de todas estas especulaciones a las que nadie le da importancia porque la legalidad y la justicia siempre fueron actividades marginales, lo que me llamó la atención y me impresionó profundamente es el tono amenazante de Duarte Frutos y la promesa que hará conocer grabaciones “terroríficas”. Nadie se inmuta. Como sucedió con el gobernador de Paraguarí que pidió a los colorados de la zona que se levanten en armas como en el 47 para que el Partido Colorado recupere el poder. Como lo hizo también ña Deló. El delito de llamar a las armas contra el Estado está perfectamente tipificado.
En este momento ambos tendrían que estar encausados. Si en realidad el nuevo gobierno desea poner la casa en orden, si en realidad tiene como objetivo sanear las instituciones, pues tiene que comenzar a sanear a las personas, a las que hicieron de su discurso el discurso de la violencia, justificativo de todos los atropellos y las sinrazones, de quienes instituyeron la irracionalidad como método de vida, de conducta y de gobierno. Yendo a la raíz se evita perderse entre las ramas. Y a nosotros ahorrarnos el trabajo de saber si ahora sí, si ahora no, si ahora ninguna de las dos cosas, etcétera.
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