La caída
Por Román José Sandia
Analítica
Watergate es una palabra que se volvió sinónimo de escándalo político. Una puerta que abrió las cochinas aguas de la corrupción, pero que también mostró la fuerza de la prensa independiente.
El año en que ocurrió tal escándalo, 1972, gobernaba Estados Unidos un político de raza, inteligente e informado, anticomunista y sin escrúpulos: Richard Milhous Nixon. De origen humilde y cuáquero, había comenzado su carrera representando a los granjeros de su pequeña comarca californiana, después de haber estudiado abogacía. Fue representante en la Cámara donde se destacó como discípulo del célebre senador –generador de la paranoia anticomunista- McCarthy. Luego, Nixon fue escogido por el general Eisenhower como vicepresidente en su fórmula presidencial, a pesar de las dudas sobre su honestidad.
Al haber sido acusado de desviar fondos de la campaña electoral para su beneficio personal, Nixon acudió a la televisión. Y ante los millones de televidentes pronunció el famoso discurso de “Checkers”. Famoso porque, desde entonces, el truco que usó Nixon es repetido por muchos personajes que tratan de desviar la atención al ser acusados. “Checkers” era un pequeño perro que le había sido regalado por un seguidor y Nixon, tras defenderse atacando sin afrontar el grueso de los señalamientos, dijo que no iba a devolver el perrito con el que jugaban sus hijas.
Desde la muerte de Franklin Rooselvet –quien había sido elegido cuatro veces- el presidente de EE UU sólo puede ejercer el cargo por dos períodos (8 años), por lo tanto, en 1960 Eisenhower no podía ser reelecto y entonces Nixon obtiene la candidatura del Partido Republicano y es derrotado por John F. Kennedy.
Nixon intentó regresar al poder en 1962 como gobernador de California y es famosa la rueda de prensa que dio tras su derrota. Allí vociferó y prometió que no habría más Nixon para la diversión de los periodistas y el público norteamericano.
Después de atravesar el desierto por seis años, Nixon regresó en 1968 haciéndose nuevamente de la candidatura a la Presidencia y dándole la victoria al Partido Republicano. En su triunfo tuvo mucha incidencia la división de los demócratas cuya Convención en Chicago ese año recordada como uno de los mayores desastres políticos.
En 1972, Nixon quiso reelegirse y para ello usó todos los medios a su alcance. No le bastó la ventaja que da estar a cargo de la oficina oval, sino que avaló actividades ilegales como el espionaje al partido rival. Watergate era el nombre de un conjunto de edificios en Washington donde tenía su sede el Partido Demócrata y que fue vulnerada por un grupo de mercenarios a las órdenes de la campaña reeleccionista.
Al descubrirse el allanamiento ilegal, comenzó el calvario para Nixon. El sistema judicial por intermedio de un Fiscal especial hizo las investigaciones y en el Poder Legislativo comenzó el proceso de “impeachment” porque se evidenció la participación directa del Presidente en el hecho y en la destrucción de pruebas del delito.
Nixon se vio obligado a renunciar para evitar ser destituido por el Congreso. En agosto de 1974 decidió presentar su dimisión para evitar esta vergüenza.
Luego Gerald Ford, que había llegado al cargo de Vicepresidente sin ser electo popularmente porque su antecesor Spiro Agnew había renunciado por haber incurrido en actos de corrupción, asumió la Presidencia y posteriormente indultó a quien lo había nombrado.
Después de Watergate se tomaron medidas legislativas y administrativas que buscaron disminuir la corrupción política. La primera consecuencia fue la elección de James Carter como una reacción contra la clase política capitalina.
La caída de Nixon demostró las debilidades del sistema presidencialista y, en específico, del sistema político estadounidense, pero, igualmente, dejó patente su fortaleza para recuperarse y no perder la estabilidad. Al fin y al cabo, EE UU nunca ha sufrido los caprichos de un dictador.
Un sistema presidencialista sin autonomía de los poderes legislativo y judicial no puede ser considerado democrático. La democracia es algo más que el apoyo electoral mayoritario al Presidente. Sin respeto a la Ley y sin poderes públicos independientes no hay democracia.
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