Hegemonía plural
Por Julio María Sanguinetti
La Nación
Mientras va transcurriendo la campaña electoral norteamericana, con sus debates, sus primarias y sus multimillonarias colectas de fondos, la historia sigue. Y la pregunta es si, más allá de las anécdotas, nuestro nuevo siglo verá la caída de la hegemonía norteamericana, como el anterior vivió la del Imperio Británico, que en 1897 celebraba, con “pompa y circunstancia”, el 60° aniversario de la reina Victoria, y dos años después se hundía en una guerra, la de los bóeres, en Sudáfrica, que mostraría los límites de su hasta entonces invencible fuerza militar.
El siglo XX nos ha hecho humildes en pronósticos, muy especialmente luego de que vimos caer, en 1989, el Muro de Berlín. De modo que más vale observar las realidades tal cual son y ponerlas en una doble perspectiva: la de las expectativas creadas y la de una comparación con quienes hoy aparecen en escena.
Si miramos a los EE.UU. desde el ángulo de las expectativas de los últimos años, está claro que han defraudado tanto a sus panegiristas como a sus detractores. Estos últimos, que desde la utopía marxista anticipaban la caída de los EE.UU., han visto derrumbarse su sueño y no la democracia burguesa y hollywoodense, escenario de un capitalismo rampante y de una capacidad de renovación tal que puede ofrecer electoralmente un candidato negro y otro mujer.
Desde la acera de enfrente, los panegiristas del american way of life enfrentan, una vez más, un fracaso militar, un notorio desprestigio internacional y una sobrecogedora caída del dólar, que se parece mucho a la de la libra en los años 20, por lo que nos acercamos a la visión que el historiador anglo-norteamericano Paul Kennedy ofreció en 1988, en su clásica obra Auge y caída de las grandes potencias .
En ese libro se estudian los imperios de los tiempos modernos, a partir del Renacimiento, desde el ángulo que Mackinder proyectó al afirmar que “las grandes guerras de la historia [ ] son el resultado, directo o indirecto, del crecimiento desigual de las naciones”. Así es como observa que, para imponer una hegemonía, es imprescindible un gran ejército, y para sostenerlo en el tiempo debe haber detrás una economía poderosa.
Del mismo modo, la mirada histórica de esos siglos nos muestra que, cuando la potencia hegemónica se “sobreexpone” y el gasto militar se hace excesivo, se daña su moneda y a la corta o a la larga su propia dinámica económica. Esa hipertrofia estratégica fue la que quebró a la España del siglo XVII, con guerras religiosas que le llevaron al despilfarro de la riqueza de América, y luego a la propia Gran Bretaña, que vio declinar su imperio cuando ya no tenía condiciones para sustentar el enorme costo de una fuerza universal.
Más cerca en el tiempo, la implosión de la URSS fue una clara expresión de su imposibilidad para sostener la carrera armamentista con los EE.UU. de Reagan.
La tesis de Kennedy prenunciaba una declinación de la hegemonía norteamericana y provocó, por lo mismo, un fuerte debate académico y político, que el colapso moscovita dejó algo relegado. Los últimos episodios militares y monetarios reflotan, sin embargo, esa perspectiva gris.
Y aparecen, a la vez, voces escépticas y afirmativas, como la de Fared Zakaria, un agudo ensayista y periodista, que ha sido severo crítico de la democracia norteamericana, a la que admira pero ve deslizarse hacia una peligrosa “plutocracia”, cuando las elecciones aparecen dominadas por los financiadores de campaña. En su libro La guerra posamericana , cuestiona la comparación entre la declinación del Imperio Británico y la actual situación norteamericana, sosteniendo que Gran Bretaña, cuando festejaba a su reina, estaba mucho más frágil que lo que mostraba aquel “momento romano”. Era un país rico, sin duda, pero no una superpotencia: en su cumbre victoriana, la economía norteamericana ya lo superaba de lejos y la de Alemania lo estaba alcanzando.
Cuando la Primera Guerra Mundial, la economía norteamericana era el doble y la alemana, muy superior. Su población, por otra parte, no era comparativamente grande; su territorio, menos y su imposibilidad de mantener una presencia naval mundial era tan notoria que su endeudamiento se había hecho insoportable.
Zakaria señala que EE.UU., por el contrario, es la economía más poderosa desde hace 120 años, que su gasto militar hoy es mucho menor que en los tiempos de la Guerra Fría y -sobre todo- que su empresariado mantiene el brío sobre la base de su vanguardia científica y tecnológica. Reconoce que adolece de serios problemas de desigualdad social y una situación bastante deficitaria en su enseñanza primaria, compensada -en la formación de excelencia- con la mejor educación universitaria del mundo.
Su conclusión es que, en términos competitivos, EE.UU. se mantiene como el primer mercado del mundo y posee la vanguardia universal en los sectores más modernos de la investigación, la biotecnología, la ciencia nuclear y la alta tecnología en general, sólo compitiendo de verdad con la aún persistente economía europea.
Todo indica, entonces, que en el horizonte cercano los presuntos “decadentes” se mantienen. La pregunta es si China, la vedette de estos últimos años, alcanzará el producto global de la economía norteamericana, en virtud de su vigoroso crecimiento y su enorme población de 1200 millones de personas. Todo indica que es probable, pero de ahí a pensar que el nivel tecnológico de la potencia asiática pueda alcanzar el nivel norteamericano o aun el europeo, y que -como consecuencia- pueda sostener los actuales guarismos de crecimiento, dista mucho.
O sea que el mundo multipolar ha llegado y que él no excluye, ni mucho menos, la presencia norteamericana y europea. No ignoramos que la India, Brasil y Rusia están creciendo también, pero cuesta creer que, en tan poco tiempo, puedan lograr el desarrollo cultural necesario para estar en el nivel de los actores principales, a los que siempre hay que agregar a Japón. La excepcionalidad de Rusia es que es el único país que posee un real potencial atómico militar, con un poder de arbitraje político superior a su potencia económica.
Todo lo cual nos lleva a rogar que la elección norteamericana nos depare un gobierno con una visión internacional más madura, principista pero no fundamentalista y, sobre todo, más acorde con la real conclusión que nos brinda el sereno análisis del panorama: que ya no hay margen para un hegemonismo unilateral ni aún para quien posee superior capacidad militar, un poderío económico todavía capaz de sustentarla y una población que resiste sin rebelarse hasta disparates como el de Irak.
Su error político ha sido, justamente, no advertir los límites de su poder, así como el de muchos -en el resto del mundo- es el de imaginarse que los EE.UU. están acabados porque se cae un dólar que reduce sus deudas y estimula sus exportaciones.
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