El rostro del mal
Por Richard Holbrooke
Diario Las Americas
NUEVA YORK – De pie junto a Slobodan Milosevic en la baranda de una quinta de caza del gobierno en las afueras de Belgrado hace 13 años, vi a dos hombres a la distancia. Salieron de su Mercedes doble y, ya en la penumbra de la tarde, nos miraron. Sentí escalofríos; eran inconfundibles. Ratko Mladic, en traje de combate, macizo, caminando como si el campo estuviera lleno de lodo, y Radovan Karadzic, más alto, de traje, con su pelo blanco caótico, pero cuidadosamente preparado.
La captura de Karadzic, y su llegada al tribunal penal en La Haya, me hizo retroceder a una larga noche de confrontación, drama y negociaciones, la única vez que estuve con él. Eran las 5 p.m. del 13 de septiembre de 1995, durante el punto cúlmine de la guerra en Bosnia. Tras años de débiles respuestas de Occidente y las Naciones Unidas a la agresión serbia y a la limpieza étnica de musulmanes y croatas en Bosnia, el bombardeo de la OTAN, encabezado por los Estados Unidos, había puesto a los serbios a la defensiva. Nuestro pequeño equipo negociador diplomático estaba intentando poner fin a una guerra que se había cobrado las vidas de cerca de 300.000 personas.
Milosevic, Mladic y Karadzic fueron la principal razón de esa guerra. Mladic y Karadzic ya habían sido acusados como criminales de guerra por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (Milosevic no sería acusado sino hasta 1999.)
En un cambio de estrategia, el equipo negociador decidió marginar a Karadzic y Mladic y obligar a Milosevic, como el serbio de mayor rango en la región, a hacerse responsable de la guerra y de las negociaciones que, esperábamos, le pondrían fin. Ahora Milosevic quería traer a los dos hombres a las negociaciones, probablemente para quitar de sus hombros parte de la presión.
Habíamos esperado que llegara este momento y habíamos acordado que, si bien nunca pediríamos reunirnos con Karadzic y Mladic, si Milosevic lo ofrecía, lo aceptaríamos… pero sólo una vez, y sólo bajo estrictas pautas que exigirían que Milosevic se hiciera responsable de su comportamiento.
Le dije a cada miembro de nuestro equipo que decidiera por si mismo si deseaba estrechar la mano de los genocidas. Odiaba a esos hombres por lo que habían hecho. Entre sus crímenes se incluía, indirectamente, la muerte de tres de nuestros colegas: Bob Frasure, Joe Kruzel y Nelson Drew, que murieron cuando un transporte blindado cayó a un barranco cuando intentábamos llegar a Sarajevo por la única ruta disponible, un camino peligroso y lleno de lodo que pasaba por territorio controlado por los serbios y estaba plagado de francotiradores.
No estreché las manos de ninguno de ellos, aunque Karadzic y Mladic lo intentaron. Algunos de nuestro equipo lo hicieron; otros, no. Mladic, no Karadzic, fue la figura dominante de esa tarde. Miraba fijamente a algunos de nuestro equipo mientras estábamos en la mesa. Karadzic estaba en silencio. Tenía un rostro grande, con fuerte mandíbulas, mejillas suaves y ojos sorprendentemente afables. Cuando escuchó nuestra exigencia de que se levantara de inmediato el sitio a Sarajevo, explotó. Levantándose de la mesa, Karadzic -que se había educado en Estados Unidos- rabió en un pasable inglés acerca de las “humillaciones” que sufría su pueblo.
Recordé a Milosevic que había prometido que no tendríamos esos tipos de arengas. Karadzic respondió, agitadamente, que llamaría al ex Presidente Jimmy Carter, con quien decía que estaba en contacto, y comenzó a abandonar el lugar. Por única vez esa larga noche, le hablé directamente, diciéndole que trabajábamos sólo para el Presidente Bill Clinton y que podía llamar a Carter si lo deseaba, pero que nos iríamos y el bombardeo se intensificaría. Milosevic dijo algo a Karadzic en serbio; volvió a sentarse y el encuentro empezó a centrarse en lo que importaba.
Tras diez horas, llegamos a un acuerdo que pondría fin al sitio, después de más de tres años de guerra. Al día siguiente pudimos volar al aeropuerto reabierto de Sarajevo. Esa indomable ciudad ya estaba comenzando a volver a la vida. Dos meses después, la guerra terminaría en Dayton, para nunca más reanudarse.
Sin embargo, si bien el acuerdo de Dayton dio a la OTAN la autoridad de capturar a Karadzic y Mladic, tuvieron que pasar casi 13 años para que se llegara a un arresto. Durante ese periodo, Karadzic propagó un rumor completamente falso de que la Secretaria de Estado Madeleine Albright y yo habíamos llegado a un acuerdo de que, una vez que Karadzic desapareciese de la vista pública, la OTAN no intentaría arrestarlo. Por supuesto, se trata de otra ridícula mentira del mismo hombre que se hizo conocido por decir que los musulmanes bosnios habían blindado sus propios pueblos para engañar a la OTAN y hacer que entrara en guerra. Finalmente, uno de estos terribles asesinos está en La Haya. Es imperativo que Mladic siga a Karadzic en este viaje sin regreso.
La captura de Karadzic adquiere aún más importancia porque las autoridades serbias la realizaron. El Presidente serbio Boriz Tadic merece gran crédito por su acción, especialmente porque su buen amigo Zoran Djindjic, entonces primer ministro de Serbia, fue asesinado en 2003 como resultado de su valentía al arrestar a Milosevic y enviarlo a La Haya en 2001. El arresto de Karadzic no fue una nota al pie de página de la historia; saca del escenario a un hombre que socavaba la paz y el progreso en los Balcanes y cuya entusiasta apología de la limpieza étnica merece el repudio más enfático. También hace que Serbia se acerque más a ser miembro de la Unión Europea.
Más aún, el arresto de Karadzic es otro recordatorio del valor de los tribunales de crímenes de guerra. Incluso si casi 13 años parecen un tiempo inexcusablemente largo, las acusaciones de crímenes de guerra mantuvieron a raya a Karadzic y evitaron que volviera a la superficie. En la lejana Jartum, el Presidente sudanés Omar Hassan al-Bashir, acusado ahora por el Tribunal Penal Internacional, debería prestar gran atención.
Richard Holbrooke, ex embajador en la ONU y Secretario de Estado asistente para Asuntos Europeos, fue el principal arquitecto del Acuerdo de Paz de Dayton. Escribe una columna mensual para el Washington Post.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.
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