Para llorar
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Comenzaron las Olimpiadas y Pekín se ha disfrazado de amable parque temático. El gobierno de Hu Jintao ha contratado al cineasta Zhang Yimou para la tarea de montar el entramado de cartón piedra hasta que se marchen los deportistas, los turistas y los medios de comunicación. Algo que, según ha publicado el New York Times, ha sorprendido a más de uno.
Durante años Yimou fue uno de los niños terribles que señalaba con el dedo las atrocidades que se han cometido en China bajo el comunismo. Con un talento enorme y una extraordinaria capacidad para combinar el horror y la belleza, nos regaló películas maravillosas como Judou, La linterna roja y, sobre todo, Para vivir, una saga épica que recorría los sinsabores de una familia bajo la cruel arbitrariedad de la ”revolución cultural” que impulsó Mao. A cambio, el régimen lo censuró, le prohibió viajar y lo convirtió en un apestado, marginándolo del mundo cultural oficial y oficioso. Sus seguidores no sólo admiraban la calidad visual y narrativa de su cine, pero también su coraje en medio de la podredumbre moral de un sistema que exige servidumbres a la intelligentsia.
Ahora sabemos que en los últimos dos años Zhang Yimou ha trabajado a brazo partido –para ser más precisos, con el puño en alto– junto a los funcionarios de una vieja y vetusta dictadura pintarrajeada con los colores de un falso capitalismo controlado por el Estado. Yimou, que en el pasado su mirada crítica le valía ovaciones en los festivales de cine europeos, ahora se dedica a lavar la imagen de un gobierno que se burla de los derechos humanos, que apoya genocidios como el de Darfur, que fomenta la mano de obra esclava, que se salta todas las normas para preservar el medio ambiente, que aplasta a los disidentes del Tíbet y que fusila sin que le tiemble el pulso.
Yimou, que es un consumado esteta y un virtuoso del encuadre, se ha esforzado por ofrecer al mundo un teatrillo perfectamente sincronizado y grandioso que ensalza el nacionalismo chino y recupera los aromas opiáceos de una potencia expansionista. Y para poder montar esta farsa apta para el público occidental se ha prestado a ser cómplice de todo tipo de tropelías: los hombres de Hu Jintao han ”limpiado” las calles de Pekín de pordioseros, vagabundos, desempleados, jornaleros, minorías, opositores y cualquier individuo sospechoso de pretender organizar un acto de protesta contra los atropellos que todos los días se perpetran en un país con el que las democracias se dan de bofetadas para hacer negocios millonarios.
La Villa Olímpica es un reino de Jauja artificial, un show de Truman en mandarín, cuyas idílicas vallas acotan el paisaje de la represión y el miedo. O sea, La vida de los otros en versión china, y en esta ocasión el divino y admirado Zhang Yimou es la trágica actriz que se vende por un papel en una mala representación. Sólo que él todavía no ha alcanzado el hastío que te impulsa a arrojarte bajo las ruedas de un coche, borracho de fuegos artificiales y medallitas de hojalata.
No pude contener la emoción cuando hace años vi Para vivir porque pocas veces un director de cine había sido capaz de sintetizar tan magistralmente la naturaleza perversa y debilitadota del totalitarismo. Qué pena sorprender a Zhang Yimou en el papel de meretriz cultural al servicio de un régimen continuista que tanto lo hizo padecer. Lo suyo es para llorar.
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