Olimpiadas en dictadura
Por Mario Antonio Sandoval
Prensa Libre
CON TODA LA POMPA y circunstancia del caso, hoy serán inauguradas las tan publicitadas olimpiadas de Pekín, China Continental. Para alguien como yo, nacido y crecido dentro de la Guerra Fría, en un mundo claramente bipolar, donde el gigante chino era como un dragón dormido, no deja de ser sorprendente. Cuando empecé a tener conciencia de la política internacional, los comunistas eran los chicos malos. Soviéticos y chinos estaban unidos, y eran los malos de la película, pero, en especial, quienes estaban a las órdenes del camarada Mao. La primera sorpresa la tuve cuando ocurrió la separación entre Moscú y la urbe donde está la Ciudad Prohibida, y la segunda, cuando el presidente Nixon empezó las relaciones con ese personaje.
MUCHO TIEMPO Y MUCHAS cosas han pasado desde entonces. Los chinos, con la astucia propia de una cultura milenaria, comenzaron a preparar cuidadosamente una transformación y la integración al mundo occidental, triunfante luego de la desintegración de la Unión Soviética. Pronto se dieron cuenta de la forma más segura de hacerlo: a través de la conquista económica, por medio de colocar frente a las grandes corporaciones internacionales occidentales la atractivísima zanahoria de los bajísimos salarios de los trabajadores chinos. De esa manera, cada vez el rótulo “hecho en China” en los productos vendidos en el primer mercado occidental, Estados Unidos, empezó a tener una frecuencia inusitada. Fue astucia política con táctica económica.
LOS CHINOS ABRIERON la puerta a la economía, pero nunca a la política. La plaza de Tian An Men, con el hombre parado frente a los tanques militares y a las cámaras internacionales de televisión, demostró la verdadera nueva realidad de ese enorme país. En occidente se pensó, en términos generales, en una China democrática políticamente, porque lo empezaba a ser económicamente. Pero no fue así. Continuó sin cambio alguno la represión ante medidas como las manifestaciones callejeras o personales en contra del sistema y, por supuesto, la disidencia política y la libertad de prensa, como la conocemos en occidente, donde funciona, para bien o para mal. En esas circunstancias, se celebran las olimpiadas.
EL ESFUERZO POR PRESENTAR a una China positiva ha sido enorme. Me llaman la atención tantos programas sobre la cultura, el arte, la historia, etcétera, de ese país, presentados por las grandes cadenas estadounidenses de televisión por cable. Hay un esfuerzo por presentar el indudable lado bueno de la democratización económica china, causante del surgimiento de una sólida clase media de unos 400 millones de personas. Y eso está bien. Pero hay otra verdad: censura a los periodistas extranjeros y locales, al uso de Internet y blogs, amenaza de censura, verdad oficial, leyes para regular el “daño al interés nacional”. Es, en suma, el viejo autoritarismo y férreo control comunistas, como si estuviéramos en la plena Guerra Fría.
A MI CRITERIO, EL COMITÉ Olímpico Internacional y todas las entidades y empresas internacionales beneficiadas económicamente o de cualquier otra manera por las olimpiadas tienen mucha responsabilidad en el mantenimiento de las condiciones antidemocráticas de muchos aspectos de la sociedad china de estos momentos, en plena recuperación de la innombrable “revolución cultural” maoista, cuyos efectos pudieron acabar con una de las culturas más sólidas y actuales de la raza humana. Las olimpiadas, nuevamente, no son un espectáculo deportivo, sino un esfuerzo de los países o las ciudades por obtener beneficios políticos y económicos. Muy lejos, en otras palabras, de los pensamientos inspiradores del movimiento olímpico inicial.
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