Argentina: Más allá de la “125”
Por Emilio J. Cárdenas
Fundación Futuro Argentino
La protesta ejemplar del agro -espontáneamente acompañada por buena parte de la sociedad argentina- ha tenido finalmente éxito. La valentía manifiesta del Vice-presidente Julio Cobos destrozó la soberbia estrategia oficial. De nada valieron las amenazas de conocidos personajes que, desde sus mismas bancas parlamentarias, trataron de silenciarlo, a la vista de todos.
Julio Cobos sabe bien como “opera” el oficialismo. Porque ha vivido en sus entrañas. Y eligió la decencia, esto es seguir el dictado de su conciencia. Dejando de lado el miedo y olvidándose de la obsecuencia.
En un ambiente que estaba -hasta entonces- acostumbrado a ceder siempre, sumiso, ante la primera intimidación mafiosa de la “patria patotera”, lo del agro argentino adquiere ribetes de triunfo heroico.
La dirigencia del sector rural -compacta y apoyada por la razón, la honestidad y lo sustancial del pueblo argentino- lideró la resistencia y, desde la dignidad, venció -tesonera y pacíficamente- a la arrogancia del poder.
El gobierno nacional, derrotado sin atenuantes, dejó finalmente sin efecto la Resolución 125, que disponía la imposición de exorbitantes retenciones móviles a la exportación de los principales productos de la agricultura argentina y sepultaba las posibilidades de producir del agro argentino. Lo hizo como todo lo que hace, mañosamente. Hasta aquí la discusión tributaria específica. El agro venció en su pulseada por sobrevivir.
Detrás de lo tributario.
Pero, en el escenario nacional que se abrió como consecuencia directa del conflicto hay mucho más detrás que la mera cuestión tributaria en sí misma. La protesta social dejó al descubierto un “estilo” de gobierno tan antidemocrático en su esencia como grosero y ordinario en su ejecución, que generó el rechazo masivo de la gente.
El estilo con el que tuvo éxito en los últimos cuatro años y medio. El de la intimidación, la soberbia, el autoritarismo, la concentración de poder, y la sumisa obsecuencia. El que confunde permanentemente lealtad con incondicionalidad. El que se cierra al pensamiento porque lo sabe todo y no advierte que la ignorancia que conforma su andar es supina. El del pensamiento “cerrado”, que cree tener todas las respuestas. El que engaña, no sabe, y se niega a escuchar. El que, en su arrogancia, se cierra al diálogo. El del discurso único. El que demoniza e insulta a quien piensa distinto. Horrible, pero de pronto, todo quedó a la vista, de propios y ajenos. Por eso la huída de tantos.
Todo esto ha generado, como síntesis, una fenomenal repulsa y puede bien haber sepultado definitivamente el futuro político de un patológico matrimonio que lucía invencible, pero que ha dilapidado soberbiamente su capital político, aún cuando sea cierto que, en política, la resurrección existe.
A ello contribuyeron ciertamente las largas horas del debate parlamentario del tema fiscal en ambas cámaras, que cautivó a todos los argentinos, acostumbrados a un Parlamento que se resignaba -en apariencia- a operar cual dócil instrumento del servilismo.
Por una parte se escucharon discursos medulosos, que deshilacharon al máximo la indefendible postura oficial, mostrando la arrogante inconstitucionalidad de su proceder.
Por la otra sonaron las gastadas campanas de la obsecuencia, con personajes lamentables repitiendo -hasta el hartazgo- muletillas sin contenido y refugiándose en lugares comunes, gambeteando el debate de fondo y disfrazando el “viento a favor” de los mercados internacionales -que modificara la relación adversa de los términos del intercambio y nos brindara una oportunidad histórica que, pese al ejemplo contundente de dos de nuestros vecinos, Brasil y Uruguay, nos empeñamos en desaprovechar- como “mérito” de la “gestión” de Néstor Kirchner. Cuando lo cierto es que estamos inmersos en un país anormal, que casi siete años después de la crisis del 2001 aún no puede siquiera recurrir a los mercados internacionales de capitales y debe por ello, para poder financiarse, comer de la mano de un cada vez más repulsivo Hugo Chávez.
El futuro inmediato.
¿Entendió el “kirchnerismo” lo sucedido? Hasta ahora, ciertamente no. Pero las cosas pueden cambiar, porque de otra manera la gobernabilidad quedará afectada y el año que viene tendrá que enfrentar un inevitable desastre parlamentario.
La primera señal ha sido su reacción -que fuera expresada en los propios “considerandos” de la incomprensible norma con la que, en lugar de “derogar”, “limitó la vigencia” de la cuestionada Resolución 125 del Ministerio de Economía (que seguramente hará entrar en la inmortalidad de la historia económica al inexperto ex Ministro Lousteau) demuestra que esa fuerza política sigue con una visión -profundamente equivocada- de lo que le sucedió. Autista, quizás.
Luego vino la segunda señal. La del acto de inauguración de un pequeño aeropuerto, en Resistencia, Chaco, al que concurriera (sonriente, pero visiblemente nerviosa) la Presidente de los argentinos sin admitir -ni mencionar siquiera- la apabullante derrota que había sufrido en un conflicto profundo, que tuvo en vilo a los argentinos por espacio de casi cuatro meses. Ese acto, transmitido hasta el hartazgo por la prensa adicta, tuvo los mismos componentes de sumisión; obsecuencia; demagogia barata; multitudes alquiladas a las que, con los dineros de todos, se recurre para fraguar una imagen falsa, por un rato; y los vítores y aplausos poco sinceros, que han caracterizado -cual fea marca líquida- a los actos públicos del oficialismo.
El Gobernador del Chaco Jorge Capitanich, cuyas tendencias a la genuflexión se han acentuado notoriamente, batió allí todos los records. Dejando de lado, sin titubear siquiera, hasta a la dignidad personal. La retórica sin contenido llenó el aire. La exageración zalamera se transformó en evangelio. Y nada cambió.
El “culto a la personalidad” mantuvo, inmutable, toda su vigencia. Y desde el poder, la sonrisa -y la suficiencia narcisista de siempre- respondieron a la verdadera catarata de obsecuencia, agradeciendo y estimulándola.
El sistema de aplaudir a todo, de calificar a todo inmediatamente de éxito, más allá de la verdad, de la racionalidad y de la vergüenza, mantuvo entonces su vigencia. Como si nada hubiera pasado. Inconmovible.
Quizás esto es, en parte, inercia. Lo cierto es que este “estilo”, de no cambiar, augura dificultades políticas irreversibles para el “kirchnerismo”. Su ruido ya no engaña a nadie. Sus amenazas no llegan. Sus resentimientos agotan. Es más, todo ello provoca, en cambio, rechazo.
Pero hasta ahora quienes detentan el poder político, debilitados en extremo, no lo han advertido. Quizás porque no puedan, desde que la obsecuencia sin límites es y ha sido uno de los componentes esenciales del justicialismo. Como bien lo señala Hugo Gambini, en su “Historia del Peronismo”, refiriéndose al período que, perteneciendo a la segunda presidencia de Juan Domingo Perón, comenzara en 1952.
La obsecuencia, es obvio, sigue vigente en el entorno del oficialismo. Pero también en las actitudes de nuestra dirigencia empresaria. Quizás porque es todavía parte central de la absurda liturgia oficial.
Pocos parecen haber advertido que la gente está alerta; tiene ahora los ojos abiertos; ha perdido el miedo y no se asusta ante el patoterismo; y ciertamente se disgusta ante la ola de obsecuencia que genera repulsión.
La tercera señal es el empapelamiento (con los dineros de la gente) de la ciudad de Buenos Aires, atacando a un Julio Cobos cada vez más popular y apoyando a la Presidente, presuntamente defensora de los “humildes”. Como si los demás los atacaran.
Mientras tanto, el mundo se asoma a la temida recesión. Los exuberantes norteamericanos, de pronto, quedan obligados a la frugalidad. Hasta las ventas de Coca-cola disminuyen un 4%. La empresa previsiona pérdidas por unos 1.100 millones de dólares. Y los precios de las “commodities” exhiben fragilidad. El oro negro cayó de 145 dólares el barril a 129 dólares el barril, en sólo una semana. La fragilidad se apodera de todo. Y la sensación de que Argentina ha dilapidado – tozuda y estúpidamente- una gran oportunidad aparece cada vez más evidente. La responsabilidad por ello será ciertamente histórica.
Todavía hay tiempo para reflexionar. Sin lo cual el desvencijado “Kirchnerismo” no podrá cambiar, mostrando que quienes tienen un discurso “cerrado” o “circular” (que -creen- contiene todas las respuestas) no son capaces de dialogar. Sería otra pena. Ojalá que las cosas sean distintas y la sociedad -unida-pueda definir una visión común de su futuro, sin que nadie -desde el autoritarismo- pretenda imponer un “discurso único”, el que todos “deben” aceptar.
El autor es ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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