¿Cuál es el rumbo?
Por Julio María Sanguinetti
El País, Montevideo
Raymond Aron decía que el progreso es rumbo, no velocidad. Y si el concepto ha sido discutido por el segundo término, nadie duda del primero: ninguna sociedad puede prosperar si no sabe a dónde va, si no tiene claramente definidos sus valores, sus paradigmas, el ideal que se propone alcanzar. El viento puede soplar para un lado o para otro, pero el puerto de arribada y el rumbo a seguir lo tiene que definir el navegante.
En el fondo de la mayoría de nuestros problemas está, precisamente, una formidable confusión, que no se advierte todavía en su dimensión profunda porque la inédita bonanza del mercado internacional produce ingresos y recaudaciones fiscales que tapan heridas, maquillan rajaduras y van calmando reclamos al compás de la gritería. Gritería de afuera y a veces hasta gritería de adentro, como está pasando con la política tributaria.
Nos quejamos de que la emigración continúa, especialmente de profesionales, y al mismo tiempo hacemos todo lo necesario para que se vayan. La sangría no se va a cortar sancionando a los universitarios que se marchan, como ha propuesto nada menos que el Director de Planeamiento. Está claro que la respuesta está en una economía más moderna y dinámica, que ofrezca mejores posibilidades, pero por ahora, y para empezar, el gobierno no los debería perseguir implacablemente con impuestos como el irritante IRPF, que golpea en el corazón mismo de esa clase media constructora en su tiempo de los paradigmas de nuestra sociedad democrática. Estos días en que hay que presentar declaraciones juradas y hacer reliquidaciones, vemos subir como una oleada el deseo de buscar otros horizontes, en Estados en que los impuestos también son altos pero las oportunidades mucho mayores.
Seguimos hablando de “más y mejor Mercosur” como la gran opción y, mientras los puentes continúan cortados con Argentina, irrumpe un feroz gravamen al gas que tenemos que importar, al cual nos volcamos en su hora pensando, justamente, en un proceso de integración equilibrado y armónico. Quienes seguimos creyendo que el Mercosur algún día será, porque no nos resignamos a creer que nuestra inmadurez cívica lo des-haga, pensamos que ese derrotero debe acompañarse de una línea paralela que en su tiempo definimos y que es buscar acuerdos de liberalización en el mundo. Así lo hicimos con México desde 1999 y así debió haber sido con EE.UU. cuando lo ofreció. Pero como el rumbo no está claro -volvemos a la misma contradicción- relegamos a la primer potencia del mundo y languidecemos sufriendo en la región.
En la educación, el mayor desafío de cualquier sociedad contemporánea, estamos peor aún. El gobierno abrió el llamado Debate Educativo, fracasó en su convocatoria y finalmente redactó un proyecto que es la expresión mayor de esa confusión. Por supuesto, nadie discutió sobre la calidad de la educación, sobre cómo mejorar de verdad los niveles de rendimiento de nuestros alumnos, tan bajos según las evaluaciones internacionales. Todo el tema fue el poder, o sea quién estaría al mando, quién nombraría, quién ascendería. Y la respuesta fue lamentable, porque el proyecto mantiene el Codicen pero a la vez instala 19 organismos, una verdadera nube de instancias de debates que harán ingobernable el sistema.
El Presidente y el Ministro de Economía viajan invitando a inversores internacionales, mientras que el ex Canciller afirma que “no hay que apuntar a que la inversión venga del extranjero porque allí estamos apuntando a que haya una nueva forma de colonialismo”. Es una figura relevante del gobierno, ha sido Ministro casi tres años, y su voz no está aislada, ya que representa una ortodoxia partidaria que claramente no se ha enterrado.
A su vez, esos inversores, y los esforzados empresarios nacionales, la inmensa mayoría pequeños empresarios, observan absortos cómo el gobierno aún no sabe si debe preservar el derecho de propiedad de las abusivas ocupaciones que se hacen en nombre del derecho de huelga. Primero, derogó el decreto que regulaba la situación y que se había aplicado, desde 1966, con gran equilibrio. Al producirse una ola de ocupaciones, se dictó otro decreto y después se proyectó una ley y, enseguida, se paralizó el proyecto y ahora vuelve a la carga con otra iniciativa, en que la enmienda parece ser peor que el soneto. Cuando se duda sobre valores fundamentales de la seguridad jurídica, se abre una gigantesca interrogante.
Se hizo formidable alharaca cuando se pagó la repudiada deuda con el FMI. Ahora resulta que esa deuda se sustituyó por otra más grande y más cara, y que, con el reciente canje, seguimos aumentándola muy por encima de cuando empezó este gobierno. Brasil le ha pagado todo a sus acreedores externos, usando los buenos ingresos del mercado exportador. Aquí seguimos ampliando la hipoteca, mientras nos gastamos alegremente los frutos de la bonanza.
Ni en los temas de salud, tan caros al Presidente, tenemos claridad. Se hace una bienvenida campaña contra el tabaquismo, pero se estimula indirectamente la incursión en las drogas. En la propaganda que incluyen los paquetes de cigarrillos se llegó a estampar la insólita frase de que “la adicción a la nicotina es tan o más fuerte que la provocada por la cocaína o la heroína”.
Así no se camina hacia el progreso, como decía el maestro Aron. Porque podríamos ir más rápido o más despacio, pero con dirección clara. Hoy vamos lento y zigzagueando. El Frente Amplio todavía no sabe si su ideal es algo así como España, Francia o Italia, o por el contrario Venezuela y la admirada Cuba. “A la uruguaya”, entonces, marchamos sin rumbo. Y, en consecuencia, sin destino.
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