Los leones no eran tan bravos
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. En una revista humorística, de las que abundan aquí, aparece un hombre totalmente vendado, tirado en la cama de un hospital. El médico le dice a su esposa: “Señora, su marido tiene dañado por el momento el 85 por ciento de su cerebro”. Y la mujer, muy tranquila, le responde: “No es nada grave doctor. Podrá seguir entonces con su trabajo, porque es el encargado de la programación de un canal de televisión”.
Con los chistes sucede que con frecuencia nos enfrentan a ciertos aspectos de nuestra realidad porque los humoristas también con frecuencia observan la realidad para poder elaborar su obra. Es, en el mejor de los casos, una reflexión sobre nuestras taras, nuestras manías, nuestras obsesiones. Me vino todo esto a la cabeza porque a mediados de esta semana se transmitió por un canal de la televisión española el último capítulo de un programa llamado “El juego de tu vida” en el que el concursante, según cómo vayan las cosas, pues puede levantarse con un premio de cien mil euros (unos seiscientos cuarenta millones de guaraníes si es que la calculadora no me falla). El problema está en todo aquello que el concursante debe arriesgar para obtener el tan ansiado premio.
El juego no por ser cruel deja de ser muy sencillo. El candidato a participar mantiene una entrevista con los productores, en privado, quienes les hacen unas doscientas preguntas sobre diferentes aspectos de su vida. Ni qué decir de los aspectos más íntimos. El interrogado está conectado a un aparato llamado “polígrafo” que según aseguran en estas regiones, es una “máquina de la verdad”. De este modo quedan grabadas las preguntas con sus respuestas, cuáles son falsas y cuáles son verdaderas.
El día que el concursante es lanzado a los leones del circo, en el auditorio deben estar por lo menos tres personas muy cercanas de su entorno: su marido o su mujer, según los casos, sus hijos, sus padres. El conductor del programa comienza a realizar las preguntas. ¡Y qué preguntas! ¿Le ha engañado alguna vez a su marido con uno de sus amigos? ¿Le ha inducido a su mujer a que le meta los cuernos con algún amigo de su entorno? ¿Piensa en alguna otra persona mientras está haciendo el amor con su esposa? Esto es nada más que un ejemplo de cuál es el tono del interrogatorio. La persona participante debe responder “sí” o “no”. Pero como el conductor del programa tiene en sus manos las respuestas que el participante dio por anticipado en la intimidad y controlado por una máquina para saber si está mintiendo o no, simplemente dice Falso o Cierto. Es decir, de cualquier manera la verdad se pone en evidencia.
Ante cada pregunta y luego ante cada respuesta, la cámara enfoca las caras que ponen el marido, la esposa o los hijos de la persona interrogada.
Dicen los directivos del canal de televisión que el programa ha logrado un éxito rotundo y que varios participantes lograron conquistar el premio de los cien mil euros, después de haber respondido, correctamente más de una veintena de preguntas.
Del mismo modo que me preguntaba ante aquellos programas de Marcelo Tinelli en el que hacía bromas destrozando coches, motos, casas ante los ojos espantados de la víctima, del mismo modo, digo, me pregunto qué placer puede sentir el público al presenciar este tipo de espectáculo que consiste en destrozar a la víctima del mismo modo que los leones destrozaban a las suyas en el circo romano. Por lo menos estas víctimas morían en la arena y después pasaban a la historia como mártires, beatos o santos. Mientras que estas víctimas, al terminar el programa, incluso con el dinero en el bolsillo, deben enfrentarse a la persona que ha agraviado de manera tan profunda. Y la ha agraviado dos veces: la primera haciéndolo. La segunda reconociéndolo en público, delante de todos los que ocupan la platea y los más de un millón y medio de espectadores que dicen que tiene el programa.
Aparte de estas víctimas también están los espectadores que disfrutan, con una irreprimible morbosidad, la forma en que se destrozan a dentelladas marido y mujer, padres e hijos, familia y amigos. ¿Puede haber algo de saludable en todo esto? Yo me inclino a creer que es fruto de un estado enfermizo, de frustraciones continuadas que de este modo reciben un ligero alivio. Como si le pusieran una compresa fría sobre el sitio donde se recibió un golpe. Sólo que no es un golpe físico sino peor, un golpe moral, siempre y cuando la palabra moral siga teniendo un valor para cierto tipo de personas. Viendo así las cosas, no hay lugar a dudas que los leones del circo romano no eran tan bravos ni tan fieras como quienes disfrutaban con el espectáculo.
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