Inflaciones provocadas, tormentas vinculadas
Por Alejandro Alle
El Salvador
La economía mundial presenta algunos fenómenos que, además de ameritar un detallado análisis, hubieran resultado por cierto impensables apenas unos años atrás.
Uno de ellos es el vínculo, no siempre destacado con suficiente claridad, entre el espectacular incremento experimentado por los precios de las materias primas en todo el planeta y la crisis financiera desatada en los Estados Unidos el 9 de agosto del 2007, al estallar la burbuja hipotecaria.
En efecto, tenemos por un lado la “tormenta inflacionaria”, originada por los imparables precios internacionales de las materias primas, y por el otro la “tormenta financiera” originada por la “crisis subprime”. Veremos que ambas tormentas, la inflacionaria y la financiera, están relacionadas.
Antes de entrar en detalles debe mencionarse que la capacidad mundial para producir materias primas (granos, metales, petróleo, etc.) pareciera estar al límite, al menos en el corto plazo, por lo cual sería entendible que los precios de esas mercaderías se ajustaran al alza. De manera puntual y rápida.
Pero la naturaleza contínua y sin techo de tales incrementos de precios reflejan claramente que existe un proceso inflacionario. Que por definición es monetario.
A la inflación, al igual que a la fiebre, solemos definirla por sus consecuencias y no por sus causas: de la fiebre decimos que es un “aumento de la temperatura corporal”, y de la inflación que es un “aumento general de precios”.
Sin embargo, y afortunadamente, los médicos suelen determinar bien las causas de la fiebre y nos recetan el medicamento adecuado para eliminarla.
Por el contrario, en el mundo económico resulta extrañamente frecuente observar cómo se olvida que la inflación es un fenómeno monetario, y que su verdadera causa es la emisión de dinero.
O la emisión de títulos de deuda pública, cuyo resultado es completamente análogo, como ha estado haciendo el Gobierno de los Estados Unidos para “comprarle” dinero (billetes verdes con la cara de Washington) al Gobierno de China, y reinyectarlos en el mercado. Debilitando la cotización internacional del dólar y generando inflación.
Las reservas de China se calculan en 1,500 millardos de dólares (un millardo son mil millones, y en inglés se lo conoce como “billion”. Que no es un billón…). Para tener una idea de su magnitud, 1,500 millardos de dólares es 75 veces el PIB anual de El Salvador.
Todos esos billetes que se reinyectan al sistema en Estados Unidos no son por cierto “ingresos de capital”, aunque en la terminología de las cuentas nacionales así se los impute. Son en verdad deuda pública, y el fenómeno resultante es el de los “déficits gemelos”: un déficit fiscal irresponsable que fogonea la generación de un déficit comercial artificial.
Pero, ¿no era que los déficits comerciales son inofensivos? Ciertamente lo son cuando ocurren como resultado de transacciones libres, en cuyo caso el desbalance busca su equilibrio impulsando las exportaciones. No se puede importar todo sin exportar nada.
Pero las cosas son muy distintas cuando el déficit comercial es resultado de manipulaciones gubernamentales, como la citada emisión de deuda pública, en cuyo caso el déficit comercial es síntoma del verdadero problema. Que es el déficit fiscal.
En tales circunstancias las importaciones no impulsan a las exportaciones, y por lo tanto tampoco a la actividad económica doméstica. Por ello, y ante el temor de un enfriamiento de su economía, la Reserva Federal de los Estados Unidos bajó sistemáticamente las tasas de interés desde un nivel de 6.50% anual en diciembre de 2000 hasta el 1.00% anual en junio de 2003.
Pretendió de tal forma compensar la caída en la actividad económica que la manipulación fiscal estaba produciendo, mediante otra manipulación, la del crédito. La semilla para las dos tormentas estaba sembrada.
El objetivo fue que en algunos sectores de la economía el gasto superase a los ingresos por un fácil acceso al crédito: el sector de hipotecas inmobiliarias era el candidato a ser elegido. Lo fue. Y así le fue.
Hasta la próxima.
El autor es ingeniero, Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires) y columnista de El Diario de Hoy.
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