El “populismo” en marcha
Por Manuel Márquez-Sterling
Diario Las Americas
El populismo, una vez mas, está en marcha hacia la Casa Blanca. El populismo es un virus que vive en y de la democracia. El populismo una vez desatado termina devorando a la democracia. El populismo es la democracia enferma. El populismo es estatista y por definición colectivista y totalitarista.
Como fenómeno que vive en y de la democracia el populismo siempre ha estado presente en este país. El populismo aspira a la “democracia más directa posible, sin trabas ni contenes que sirvan de valladar a las aspiraciones de la masa”. El populismo desconfía de parlamentos y asambleas pues estas en su juicio entorpecen la política y las acciones del mesías que instalado en el poder dice venir a resolver con soluciones simplistas los problemas más complejos de la nación.
El populismo detesta la división de poderes, la que juzga un tinglado, un andamiaje de los ricos y los poderosos para su propia protección
El populismo no es ni más ni menos que aquella “voluntad general” de que nos hablaba Rousseau, el primer totalitarista y colectivista moderno. La “voluntad general” que Mussolini decía interpretrar para beneficio de todas las clases populares.
El populismo aspira a destruir o limitar todos los derechos del individuo que queda subordinado al mandato de la colectividad.
El populismo considera que la Constitución es un complejo legal que ya no está en sintonía con las necesidades del presente. Que fue hecha para unas condiciones pasadas, y que es excesiva en su protección de los derechos individuales.
El populismo ansía abolir el “colegio electoral” para que el presidente sea electo por el voto popular directo.
Los populistas trabajan sin descanso para por medio del propio tinglado del individualismo erigir un estado supremo donde la colectividad, sin clases sociales y como un dócil rebaño reciba del estado la satisfacción de sus necesidades. Este estado gigantesco, que ellos conciben, benevolente y maternal, será laico y su única religión será la veneración de la razón cuyas raíces estarán hundidas en la “voluntad general.”
El populista, no ve nada malo en el estatismo, totalitarismo, y el colectivismo, y he aquí lo más peligroso, su pensar, esta lleno de buenas intenciones. Las páginas de su catecismo político, sin embargo, fueron escritas por las ideas fracasadas de Rousseau, Robespierre, Hegel, Nietzche, Marx, ideas que cuando han sido puestas en la práctica han provocado desastres de inmensas magnitudes.
El populista, por lo tanto, es un ingeniero social, que aspira desde el poder a dictarle a la masa lo que “es bueno para ella.” El populista considera a los seres humanos como masilla para construir el estado que su mente ha concebido.
Hoy lo estamos viendo todo esto con lo del petróleo, y el ambientalismo. Los populistas se oponen, usando toda clase de subterfugios teóricos y legales a que se busque el petróleo y otras formas de energía dentro del país. Y esto es porque los populistas han decidido que, a través de precios altos obligar a la masa a que cambie sus hábitos energéticos, no importa quién se arruine, no importa quién pase hambre o frío. El populista es, indefectiblemente, un practicante del fin justifica los medios, y como el fin es para el bienestar de todos, según ellos, no importa si hay que triturar y desechar al que se oponga.
El populista aspira a la distribución de la riqueza. Es por eso que el populista habla de ponerle impuestos confiscatorios “a los llamados ricos,” no importa si esto provoca una fuerte contracción de la economía ya que en el colapso económico se arruina a los capitalistas y se destruye al capitalismo como sistema económico.
El populismo estatista y colectivista está hoy en marcha para conquistar el poder ejecutivo y mantener el del Congreso. Y esto sé está llevando a cabo por medio de una coalición de populistas, ambientalistas y gente joven a las que el eslogan de “cambio” les seduce. La juventud por su falta de madurez siempre está lista para los cantos de sirena, para enrolarse en un movimiento radical. La política de la juventud, como bien se ha dicho, “es la política de la perreta y el abucheo.”
El populismo lleva sus formas domésticas al campo de las relaciones exteriores. Es por eso que predica como norma que los líderes de las naciones se reúnan y sin previas condiciones, patrones y agendas se pongan de acuerdo para resolver conflictos, diferencias y fricciones.
En noviembre, en las urnas se decidirá si el populismo conquista el poder. Su único obstáculo es el votante, el votante que abra los ojos y no quiera renunciar a su individualidad y dejar que su nación ya sea, por cantos de sirena y con las mejores y las más nobles intenciones posibles y por medios pacíficos la lleven por el camino de la colmena y el hormiguero.
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