El espíritu de las leyes
Por José María Carrascal
ABC
Pido prestado a Montesquieu, padre de la división de poderes, el título de esta “postal” porque permitir que ciertas calles sigan llevando el nombre de etarras puede ser jurídicamente correcto. Pero socialmente, es una mofa de la convivencia civilizada.
Se dedican calles y plazas a personas que no contentas con el simple cumplir de deberes ciudadanos, sacrifican su bienestar y tranquilidad a hacer la sociedad más próspera, más libre, más rica en todos los sentidos. Pero lo que viene ocurriendo en el País Vasco es justo lo contrario: se encumbra con distinciones de todo tipo a individuos que han hecho cuanto estaba en su mano, incluido apretar el gatillo, para quebrar la convivencia, para coartar la libertad de quienes no pensaban como ellos, para hacer retroceder la sociedad a sus estructuras más primitivas, desde luego predemocráticas, en las que la raza, la sangre, la lengua y la mitología prevalecen sobre todas las normas que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos, y solemos conocer bajo el nombre genérico de civilización o cultura.
No soy jurista ni siento el menor deseo de discutir con ellos. Pero llevo muchos años observando las más distintas sociedades dentro y fuera de España, y me atrevo a asegurar que el mundo no va por ahí, por homenajear a quienes tratan de imponer por la violencia esa forma de sociedad compacta y restrictiva, sino hacia sociedades cada vez más abiertas, plurales y mestizas. Todo apunta en ese sentido, desde la explosión de las comunicaciones a la globalización del comercio, pasando por las grandes migraciones y el contagio tanto de la prosperidad como de las crisis.
Es posible que el nacionalismo, sobre todo el más elemental, esté dando su última batalla ante este avance implacable de la globalización; que aquellos individuos incapaces de soportar el clima de tolerancia y apertura que se avecina se agarren desesperadamente al clavo ardiente que les ofrece su clan, como forma de supervivencia individual en este tsunami que terminará haciendo de la Tierra la patria de todos, nos guste o no. Y que haya jueces que, en cumplimiento estricto de la ley, les permitan conservar los jirones del pasado, al modo que aún se conservan las reliquias de los santos. Pero eso no impedirá que la Tierra siga moviéndose.
Sebastián Haffner, él mismo juez, antes de exiliarse en Inglaterra huyendo de la barbarie nazi sostenía que ésta fue propiciada por unos jueces alemanes que se atenían a una interpretación literal de las leyes, en vez de leer el espíritu de las mismas. No voy a decir que esto ocurra en España, pero sí que el nazismo anda suelto por el País Vasco. Lo demuestra que haya todavía calles dedicadas a etarras, tras saber perfectamente todos lo que es ETA. Que el hecho no constituya delito puede sostenerse desde una justicia totalmente aséptica. Pero eso no impide que sea un atentado contra el espíritu de nuestras leyes, y de su diferencia con las de la selva.
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