La maldición del pragmatismo (I)
Por Eduardo Mayora Álvarado
Siglo XXI
La situación actual de nuestra sociedad y de la mayor parte de sus instituciones públicas es consecuencia de múltiples factores. Dudo mucho que pudieran reducirse a diez, tan solo los más importantes. Algunos se relacionan con el papel que han jugado las ideologías, por naturaleza simplistas: propiedad privada versus reforma agraria; dirigismo económico versus liberalismo; moralismo legislado versus relativismo total; igualdad ciudadana versus multiculturalismo; centralismo versus autonomismo, y muchos otros “blanco o negro”.
Otros factores surgen de circunstancias históricas imposibles de cambiar desde el presente: la condición decadente de las sociedades precolombinas al momento de la Conquista; la formación y deformación de los regímenes coloniales; los fracasos de la anexión a México y de la federación centroamericana; la revancha del liberalismo de la Reforma; las dictaduras y las intervenciones extranjeras del siglo XX; el asunto de Belice; el ’44, el ’54 y sus secuelas… También las influencias externas, las destructivas y las constructivas, nos han llevado por sendas tan inesperadas como paradójicas: la Alianza para el Progreso; la Guerra Fría; la Integración Centroamericana; y más recientemente la Comunidad Internacional “en Guatemala” (la Minugua, el PNUD, la OACI, la OIM, la Cicig). ¿Y qué decir de las doctrinas económicas que dominaron el panorama a cierto nivel de las políticas y decisiones públicas en el mundo entero: desde el keynesianismo hasta Consenso de Washington?
Muchos han escrito, además, sobre lo que se percibe como una pérdida acelerada de los valores morales, o por lo menos de algunas de sus manifestaciones objetivas: la desintegración de muchas familias; el incremento de las madres solteras, muchas veces adolescentes; como contrapartida, la paternidad irresponsable; la corrupción generalizada; la delincuencia mezclada con el comercio de drogas o la prostitución; el abuso de lo público; el individualismo cínico: “sálvese quien pueda”.
Pero muy pocos reconocen otro tipo de factores que, en mi opinión, ha tenido una incidencia muy importante en la generación de las circunstancias actuales. No es, quizás, un factor que pudiera considerarse, en sí mismo o en su totalidad… “malo”. Pero sus consecuencias han sido nefastas. Se compone —me parece— de tres ingredientes básicos: la impaciencia por actuar en contra de las principales lacras sociales, buenas intenciones y sentido práctico. Conformarían éstos el fenómeno del “pragmatismo”.
Es un fenómeno, además, que se inserta de manera muy peligrosa en el proceso político y lo mina, muchas veces sin que así se quisiera, desde dentro.
No estoy seguro de por qué, o cómo explicar que el pragmatismo haya crecido casi incesantemente a lo largo de un par de décadas, durante las cuales en el discurso público más bien se ha insistido en los principios y los valores republicanos y democráticos: la libertad, el imperio del derecho, la separación de los poderes y sus frenos y contrapesos, la participación ciudadana o la transparencia en la gestión pública.
Es indiscutiblemente paradójico, como intentaré demostrar en una siguiente entrega.
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