Partidocracia
Por Edwin Brítez
ABC Digital
Me llamó la atención el último discurso de la presidenta argentina Cristina de Kirchner refiriéndose a empresarios y trabajadores del campo que realizaron el paro más largo conocido, para frenar el aumento de impuesto a la exportación de granos. ¿Por qué no forman su partido político y se hacen elegir si quieren gobernar?, se preguntó la mandataria.
Inmediatamente me vino a la memoria uno de los argumentos favoritos de la dictadura stronista de Paraguay para referirse a las críticas provenientes de la oposición, que no encontraba otra forma de expresarse más que a través de la prensa. Stroessner clasificaba a los opositores entre “regulares” e “irregulares”. Los primeros tenían permiso, los segundos, no.
“Quién los eligió, a quiénes representan”, decían los órganos de propaganda de la dictadura para descalificar a los críticos que no formaban parte del Congreso ni accedían a someterse a las reglas oficiales para actuar a conciencia. No fue en rigor un argumento exclusivo de la dictadura. Hasta hace poco escuchamos lo mismo de nuestros actuales parlamentarios de la democracia.
Es la base del pensamiento partidocrático. Dentro del partido todo; fuera del partido nada. El partido decide lo que se permite a la sociedad y lo que se decide en el Estado. Sobre la base de esta doctrina, los líderes políticos temen más al castigo del tribunal partidario que a las consecuencias de una transgresión constitucional.
Algunos políticos tienen esas cualidades. Una vez que se instalan en el poder, tienden a subestimar –si no a olvidar– a las organizaciones de la sociedad civil, a la cuales se pasaron halagando en proselitismo.
Ahora se preguntan “a quiénes representan”, y casi siempre atribuyen intenciones conspiraticias a los grupos de presión, cuando éstos se plantan para defender sus intereses legítimos. Más aún cuando los enfrentan para ello.
El hecho de que la democracia formal se fundamente en el fuero de los representantes elegidos en comicios como un contrato con la sociedad para que aquellos se hagan cargo de sus demandas y propuestas, no debe impedir que la ciudadanía se organice para el debate público a fin de incidir políticamente.
Plantear lo contrario; una democracia donde la sociedad civil participe solamente con el voto y luego haga vida casera sin inmiscuirse y dejando en manos de los partidos políticos y de los representantes elegidos el manejo de la cosa pública, es fomentar la inamovilidad social, el conformismo. En la práctica es preparar el terreno para que cualquier estilo o modelo autoritario pueda tener éxito en el futuro.
Se sabe que los grupos de presión, como los que están movilizados en la Argentina en contra de un impuesto aparentemente desmedido, responden primero a intereses particulares. Pero con sus acciones lograron revelar identidades autoritarias de la hasta ahora exitosa democracia matrimonial del vecino país.
Una democracia ha de aspirar al fortalecimiento de sus instituciones para que persigan el fin ultimo de contribuir a una ciudadanía activa, celosa del cumplimiento de las promesas realizadas por quienes aspiran a gobernarla, y guardiana de los principios inmutables. No se espera de ella que pueda ayudar a cercenar su potencial participativo, dejando todo en manos del partido y de los representantes oficiales.
Tomemos nota aquí de la lección argentina, de cómo los líderes pretenden apoyarse en su legitimidad de origen y en las posteriores forzadas movilizaciones populares para justificar “medidas desmedidas”, y cómo son capaces de echar a perder sus propias conquistas. El Estado tiene el monopolio de la violencia para imponer, pero el pueblo siempre encuentra armas para defenderse de los abusos y atropellos.
Tal vez por ello, los mandatarios casi siempre tienen aversión a la sociedad civil organizada y a los grupos de presión.
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