Obama, el día después
Por Tomás Eloy Martínez
La Nación
HIGHLAND PARK, N.J. – Barack Obama se acerca raudo y sin aparentes obstáculos al objetivo magno que apareció en su horizonte hace apenas cuatro años, cuando desembarcó en Washington como un senador sin experiencia, pero con un carisma arrebatador y una ambición de acero. Las encuestas le dan entre 7 y 15 puntos de ventaja sobre su rival, el senador republicano John McCain. Si no tropieza ante alguna zancadilla electoral, como la que quitó la Casa Blanca a Al Gore en 2000, el 4 de noviembre podría ser elegido el primer presidente negro de los Estados Unidos: tan luego él, que nació en 1961, en plena batalla contra la discriminación racial.
Llegar a la Casa Blanca es la parte menos áspera del camino. Apenas entre en el Salón Oval, el 21 de enero, enfrentará las primeras ráfagas de una estructura política férrea, habituada a imponer sus intereses y renuente a los cambios. Obama lo sabe y no será el primer presidente en afrontar esa batalla en desventaja. Les sucedió a John F. Kennedy -que salió del trance gracias al auxilio de asesores belicosos, el mejor de los cuales era su hermano Bob- y luego a Bill Clinton, que llegó desde la gobernación de Arkansas con un moderado adiestramiento.
Lo acechan, sin embargo, desafíos más arduos. Ha prometido poner de nuevo en pie a una nación debilitada por una política exterior con la que el presidente George W. Bush ha creado una atmósfera de miedo y sospecha. La economía, ya postrada, sigue deteriorándose día tras día. Si el Congreso no aprueba la próxima semana un paquete extraordinario de medidas, la crisis de las hipotecas seguirá dejando literalmente en la calle a las familias de clase media cuyas deudas alcanzan valores superiores a los de sus casas. La recesión es una amenaza cada vez más clara: los precios de los combustibles alcanzan alturas explosivas, el costo de los seguros médicos se lleva el 15 por ciento de los ingresos de quienes pueden pagarlos y la bonanza de la era Clinton se ha evaporado tanto que ni siquiera queda su recuerdo.
Todas las preguntas abren ventanas hacia el día siguiente a la asunción presidencial. Si Obama gana, ¿tiene el equipo, los recursos, la imaginación para lograr revertir los desatinos de un pasado que por al menos seis meses más seguirá siendo presente? No hay dudas de su energía, de su contagiosa certeza en que el nuevo gobierno podrá acabar con las adversidades actuales, pero también está claro que las medusas del poder en Washington, enquistadas desde hace décadas, lo enfrentarán con hábiles estratagemas no bien empiece a rozar sus intereses. Los primeros pasos del candidato demócrata hacia la preparación de un posible gobierno hacen pensar que no lo ignora y que se dispone a negociar. Ya les ha advertido a los votantes ilusionados con cambios rápidos que quizá no les gustará ver más de lo mismo.
La plataforma de McCain, heredero del partido gobernante, sólo se parece a la de Obama en la política para los doce millones de indocumentados que habitan los Estados Unidos: ambos quieren un camino a la legalización que implique el pago previo de una multa y la obligatoriedad de aprender inglés. En los demás puntos fundamentales, las diferencias son hondas y representan, en general, la continuidad de Bush o la búsqueda de otro rumbo. Pero una cosa son las excelentes propuestas de Obama y otra la posibilidad de implementarlas.
Allí donde Obama promete comenzar a retirar las tropas de Irak apenas asuma y traer todas las unidades de combate en dieciséis meses, McCain se niega a hablar de fechas. El candidato demócrata cree que las acciones militares en Irak, lejos de acentuar la seguridad de los Estados Unidos, agravaron los conflictos en la zona y estimularon la adhesión a Al-Qaeda; por eso dejaría soldados para proteger la embajada norteamericana y su personal en Bagdad. Al contrario, McCain sostiene que “sería un grave error salir antes de que Al-Qaeda sea derrotado en Irak y antes de que entre en acción una fuerza de seguridad iraquí competente, entrenada y capaz”.
El republicano supone también que las tropas norteamericanas impedirían una invasión de Irán, cuyo régimen, junto con el de Siria, ha contribuido -dice- a la violencia en Irak. Obama, en cambio, se propone “lanzar el esfuerzo diplomático más agresivo de la historia norteamericana reciente para alcanzar un nuevo pacto de estabilidad en Irak y Medio Oriente”. Para evitar el peligro nuclear en Irán y defender los lazos entre Israel y Estados Unidos, trataría de entablar un diálogo directo.
Su política de apertura sumó puntos la semana pasada. Un asesor de la campaña de McCain -que debió renunciar- declaró a la revista Fortune que un nuevo ataque terrorista en suelo norteamericano “sería, ciertamente, una gran ventaja para el candidato republicano”, ya que el fuerte de McCain es la seguridad nacional. Richard Ben-Veniste, consejero de Obama y miembro de la Comisión sobre el 11 de Septiembre, respondió desde la campaña demócrata: “Es desalentador que piense así uno de los consejeros más cercanos a McCain”.
En la economía, que enfrenta una recesión más profunda y larga que la de comienzos de la década del 90 y la de 2001, Obama quiere ir más allá de la simple devolución de impuestos con la que este año se trató de estimular el gasto de los contribuyentes. Se propone eliminar las reducciones tributarias -una iniciativa de Bush que el Congreso aprobó hasta el año 2010- a los que ganen más de 250.000 dólares por año y trataría de imponer un alivio impositivo a los que reciben menos de 50.000; subiría, además, el impuesto al capital, algo que eriza a los republicanos.
Un dato crucial para asegurar el futuro de la administración de Obama es quién será finalmente su compañero de fórmula. Hasta ahora, los asesores que manejan el tema con seriedad y reserva parecen inclinarse por dos, John Edwards (aunque es improbable que acepte alguien que intentó ocupar ese lugar y perdió) y Sam Nunn, quien fue senador durante veinticuatro años y actualmente dirige una ONG contra la amenaza nuclear en el mundo.
A Obama le gustan las sorpresas y no sería raro que a última hora se inclinara por alguien que casi nadie menciona: un senador nuevo, no contaminado por la atmósfera de Washington y que, como él, encarna el cambio prometido: Jim Webb. Aunque le falta el carisma del jefe, a Webb le sobra historia. Combatió en Vietnam, donde obtuvo cinco condecoraciones; fue secretario de Marina durante el gobierno de Ronald Reagan; ganó un premio Emmy como productor de un documental; escribió guiones, uno de los cuales, Whiskey River , sobre la guerra de Irak, será dirigido por Rob Reiner; fue corresponsal de guerra en el Líbano; escribió novelas y en este momento recibe reseñas positivas por su libro Tiempo de pelea: por unos Estados Unidos equitativos y justos , en el que expone su credo político. Orgulloso de sus tres tatuajes y de su origen -hijo de una familia trabajadora, descendiente de inmigrantes paupérrimos-, aporta a Obama todo lo que los académicos no podrán darle jamás: un diálogo con la clase baja.
Si los jóvenes, los afroamericanos y los liberales de clase alta lo han sostenido hasta ahora, para ganarle a McCain Obama necesita el favor de aquellos que preferían a Hillary, ciudadanos que quieren oír cosas concretas, que viven de salario en salario, que se preocupan por la seguridad nacional y que no son republicanos ni demócratas. Esa es la gente a la que sabe hablarle Webb sobre “los ejecutivos despiadados cuyos ingresos excesivos se deben a que han regalado los puestos de trabajo”.
A Obama le costará salir adelante en una crisis múltiple cuyos actores están lejos de haber sido vencidos. Pero la presión de la opinión pública, anestesiada e indiferente desde hace tanto tiempo, se hará sentir como pocas veces. Su mensaje ha devuelto la esperanza en una vida mejor a una nación que desde hace ocho años sólo espera un futuro menos sombrío. Hasta ahora, la buena suerte y su verba arrolladora le han permitido alcanzar un pedestal histórico, en el que nadie estuvo antes. Necesitará mucho más para no caer desde esa altura de vértigo y cumplir con las embriagadoras promesas de su campaña.
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