Bolivia: ¡En la burbuja…!
Por Cayetano Llobet T.
Los Tiempos
A Evo Morales le han contado que Bolivia es una potencia y que él es “la luz que ilumina el continente”. Lamentablemente –para Evo y para Bolivia–, las dos cosas son falsas… ¡pero él no sabe que son falsas! Y entonces actúa convencido de que cada palabra que pronuncia hace temblar al mundo. Como le encanta la adulación y la lisonja, puede admitir como normal que se declare “monumento nacional” a su solar de nacimiento o considerar su vestimenta como “patrimonio cultural”. Puede llevar como acompañante por todo el mundo a un buen periodista argentino para que le escriba su biografía que comienza y termina en esa abominable denominación de “¡Jefazo!”, disfruta una película hecha para él; puede odiar a muerte a una ciudad porque lo rechifló en la plaza, o pueden convencerlo de que le van a dar el Premio Nobel.
Pero cuando esa visión de sí mismo se proyecta a la política exterior, el tema se vuelve dramático… ¡o circense! Cuando soltó aquella notificación formal a Estados Unidos –“¡se nos está acabando la paciencia!”–, y con el tono en que la dijo, cualquiera hubiera pensado que su colega Bush ya estaba convocando al Departamento de Estado y al Pentágono para adoptar las medidas de urgencia planteadas… ¡por la pérdida de la paciencia boliviana!
Y es obvio que está absolutamente convencido de que puede bloquear el proyecto del TLC peruano, llamando “gordo” a su Presidente. Y cree, sinceramente, en el acto de machismo político que supone el desafío a debatir, aquí en Bolivia, con Alan García. Resultado: le piden que se deje de “chiquilladas” y le recuerdan que nadie lo ha nombrado Presidente de Sudamérica.
Supone que castiga a Europa con la imposición de visa. Independientemente de la vergüenza que supone para algunos países europeos hablar de inmigrantes en relación a América Latina –ellos acuñaron la expresión “hacer la América ”– ¿alguien pensará sensatamente que la comunicación de Evo Morales les va a mover un pelo a Sarkozy o a Berlusconi?
Al Presidente Morales no le han avisado que Bolivia no cuenta en el concierto internacional. Nadie le ha informado que Hugo Chávez lo usa porque es una ficha más de su proyecto geopolítico. Que Lula se ríe de él cuando le muestra en el mapa la frontera con Brasil y la inexistente con Venezuela. Que Los Kirchner (en todas sus versiones conyugales), sólo lo miran con ojos de gas. Y que la Bachelet está encantada porque Bolivia ya no es problema en los foros internacionales ni anda jeringando machaconamente con la salida al mar: ¡ahora son amiguitos y, para risa de los militares chilenos, le hacen creer que hasta intercambian información estratégica!
Lo último que se le puede atribuir a Evo Morales, es ingenuidad. Es obvio que su desprecio por la realidad internacional no es consecuencia de la inocencia, sino de la ignorancia. Y todos los que se benefician de ello tratan de mantenerlo en esa suerte de burbuja en la que sólo se escuchan sus palabras y se sienten sus movimientos. Que no vea nada, que no sepa lo que pasa afuera, que disfrute los ecos del halago y de la adulación. Que siga convencido de que el mundo lo contempla y está pendiente de él. Que tenga la certeza de que puede desatar un conflicto al chasquido de sus dedos. Que le tengan miedo. Que se sienta todopoderoso y rodeado de humildes servidores que sólo se ocupan de demostrarle cotidiana lealtad y docilidad perruna. Que nadie le discuta, y menos lo critique. Que se mantenga en la burbuja. Y el que quiera romperla… ¡es enemigo!
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