La mano invisible
Por Andres Reynaldo
El Nuevo Herald
Recuerdo mi primera visita al supermercado cuando llegué a Miami en 1980. Por supuesto, muchas cosas me asombraron. La variedad de tamaños de los huevos, por ejemplo, fue toda una lección sobre la multiplicidad y especialización de la oferta en una economía de mercado. La diferencia entre un huevo regular y un huevo extralargo ilustraba uno de los mayores encantos del capitalismo moderno: la posibilidad casi universal de acceder a un mismo género de bienes, con las gradaciones establecidas por la riqueza y el gusto de cada cual.
Dos años más tarde, cuando la vida comenzó a irme mejor, pasé del transportation a un Ford (modesto pero de paquete) y del huevo regular al extralargo. Sin embargo, en los últimos cinco años, a pesar del continuo aumento del precio, el huevo extralargo ha ido reduciendo su tamaño hasta convertirse en una variante imperceptible del huevo regular. En esta regresión, que le impone a mi desayuno una adusta atmósfera de cátedra de estudios sociales, he acabado por ver una metáfora de la actual crisis de Estados Unidos.
David Brooks, uno de los principales intelectuales conservadores del momento, comentaba recientemente en The New York Times que la nueva amenaza moral de la nación no era sexual, sino financiera.
”La más rampante decadencia de hoy es la decadencia financiera”, dijo. “Se han pisoteado las normas decentes respecto al empleo y la obtención del dinero”.
Lo mismo durante una visita al médico que al contratar el servicio del celular tenemos que estar con los ojos muy abiertos para que no nos estafen. La comprensión de un contrato de seguros o de los términos de una hipoteca requiere asesoría legal, so pena de conducirnos a la bancarrota. En un lenguaje de técnicos eufemismos se oculta una fraudulenta trama, concebida para explotar al máximo nuestros mínimos errores. Los vendedores son adiestrados para omitir cualquier información que pueda hacernos pensar dos veces una compra. Las penalidades por cancelar cualquier servicio son desproporcionadas. Un laberinto de máquinas contestadoras responde (si es que responde) a nuestras quejas y se reduce dramáticamente nuestra capacidad de obtener plazos extraordinarios para pagar nuestras cuentas cuando afrontamos una mala racha. Las dilaciones, cuando no la descarada renuencia, a satisfacer nuestros reclamos, contrasta con la agresiva y personalizada prontitud de las gestiones de cobro.
Además de sus agencias de publicidad, las corporaciones emplean ejércitos de sociólogos, sicólogos y encuestadores que identifican nuestras flaquezas como si fuéramos ratas de laboratorio. Brooks notaba que las compañías de tarjetas de crédito conceden poca importancia al consumidor financieramente astuto, que salda sus deudas a tiempo. En cambio, apuntan su barraje publicitario hacia los más jóvenes y vulnerables. El 56 por ciento de los estudiantes de último año de college tiene no menos de cuatro tarjetas de crédito con abusivas tasas de interés.
El capital corporativo ha barrido a sus competidores pequeños y medianos en los sectores de alimentación, farmacia y alquiler y venta de videos, por citar los más comunes. Ya es prácticamente imposible sostener la operación de una pequeña bodega en las áreas urbanas. Curiosamente, el monopolio de las cadenas de supermercado ha mermado la variedad de la oferta. De un tiempo acá, estas cadenas fabrican una amplia gama de productos. En determinados renglones, hay un ahorro para el consumidor sin demasiado sacrificio de la calidad; pongamos por caso los detergentes, el papel sanitario, la leche. No obstante, en otros muchos artículos quedan por debajo de las marcas tradicionales. Entonces, corrigen la deficiencia sacando de los anaqueles a sus competidores. Nuestro bacon es un bodrio, podría rezar el anuncio de una de estas cadenas, pero es nuestro bacon. Corto de tiempo y, quizás, de energía para buscar su marca preferida fuera de los establecimientos de la cadena, el consumidor queda a merced del atracador.
Sumemos a nuestro panorama el precio de la gasolina, disparado principalmente por la especulación, un sistema impositivo cortado a la medida de las transnacionales petroleras y la servidumbre de la actual administración a los designios de Arabia Saudita. ¿Hablamos de la quiebra del mercado inmobiliario? ¿De la contracción del crédito? ¿Del recorte suicida de los presupuestos de educación y salud? ¿De la caída del dólar frente al euro? ¿De la desconfianza que nuestro mercado infunde a los más avezados inversionistas extranjeros?
Paradójicamente, la revolución neoliberal de las pasadas dos décadas nos ha dejado en las antípodas del liberalismo clásico. La desregulación estatal en favor de los grandes intereses corporativos redujo el marco de las libertades individuales, sofocó los derechos naturales, corrompió la racionalidad mercantil, defraudó a millones de accionistas y obstaculizó la movilidad laboral y social. El estado se ha vuelto impotente frente a los poderosos e insignificante para el resto de los ciudadanos.
Adam Smith hablaba de una ”mano invisible” que obraba por el bien común cuando cada uno era libre de perseguir su propio beneficio. Cuando cada uno podía cumplir el ideal liberal de perseverar en la vida y adquirir bienes. Con torcidas pero eficaces artes, nuestros neoliberales han conseguido que esa mano prodigiosa hoy sólo sirva para rompernos los huevos.
- 28 de septiembre, 2026
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