Sarkozy y el donjuanismo
Por Ignacio Camacho
ABC
Entró como un ciclón derribando a patadas las puertas del hieratismo y la endogamia de la política. Traía ideas, proyectos, reflejos y un formidable, avasallador impulso de pujanza envuelto en un discurso inflamado de esperanza. Justo un año después su popularidad se ha desplomado y sus compatriotas le acusan de engreído, autocomplaciente y ególatra, le reprochan haberse olvidado de ellos y, sobre todo, de haberse convertido en un tipo igual que los que criticaba.
Su aura de dinamismo visionario se ha disipado entre gestos de una soberbia cesárea y su frescura se ha derretido en brazos de Carla Bruni. Ha utilizado su vida privada como cortina de humo para esconder el estancamiento prematuro de su agenda reformista; ha revelado una insufrible fijación por el espejo de su imagen mediática; ha maltratado de palabra a ciudadanos decepcionados y ha malversado la confianza de la gente con una cargante suficiencia. Pero el peor Sarkozy sigue teniendo un plus de magnetismo que le destaca, más que las célebres alzas de sus zapatos, un palmo por encima de la mediocre dirigencia europea.
Quizá Sarko se haya vuelto víctima de un síndrome clásico de donjuanismo político; le interesaba tanto la conquista del poder que le aburre poseerlo. Consumada la seducción, alcanzado el objeto de deseo, no sabe ya qué hacer con él y busca nuevas metas para proyectar su autoestima. Lo que le estimulaba era el galanteo, la fascinación, el asalto, un proceso de motivación que le arrancaba lo mejor de sí mismo. En la larga campaña, en el camino exultante hacia la cúspide y la gloria, se mostró exuberante, carismático, flamígero como un cometa rutilante que cruzaba el anquilosado firmamento de la política. Después, alcanzada la meta, culminada la posesión casi erótica, lujuriosa de su objetivo, ha deflactado en su entusiasmo, desinteresado de la prosaica obligación de cumplir unas promesas que ya no parecen reportarle emociones. Puesto a seducir, ha preferido dedicarse a las mujeres que al pueblo. Se trata de un francés, al fin y al cabo.
Pero los ciudadanos no le eligieron para que se casara con una modelo. Lo votaron porque traía un prometedor mensaje de regeneracionismo, porque predicaba un evangelio nuevo de progreso, esfuerzo, pragmatismo y coraje. Porque parecía un tipo de fiar. Y están perplejos ante su altivez napoleónica, desencantados ante su desdeñoso absentismo. La luna de miel que les fue prometida la acabó disfrutando Carla Bruni para ella sola.
Con todo, es presumible que Sarko volverá. La política le apasiona demasiado para desdeñarla tan pronto. La crisis económica le ha trastocado las propuestas triunfales -¿les suena?- y ha rebajado sus expectativas luminosas. Pero aun en esta circunstancia decepcionante, estamos ante un tipo diferente. Tiene algo más que los demás, un lenguaje distinto, un don resolutivo, una pulsión demiúrgica, una intuición de encantador de serpientes. Fuerza, empuje, determinación, osadía. En sus momentos más bajos lo cambiaba yo, sin mirar, por cualquiera de nuestros mediocres funcionarios de la política en el más lúcido de sus estados mentales.
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