Obama o Hillary
Por José Tomás Angola Heredia
2001
Los venezolanos somos por naturaleza entrépitos, sino que lo diga nuestro presidente mismo, líder máximo, pitcher malazo, mariachi frustrado y parlanchín contumaz. Por eso no es de extrañar que de vez en cuando, en las conversaciones de salón, a la vera de una cerveza o de un whisky escocés detestado por la revolución pero muy consumido, siempre salga el tema del candidato demócrata para las futuras elecciones presidenciales de Estados Unidos. Tengo un amigo, estupendo actor pero neófito pensador político con simpatías socialistas, quien sostiene que éste es el tiempo para que en el país del norte gobierne un “negro”.
No sé por qué, pero son las personas de izquierda las que actualmente exhiben un lenguaje y unas maneras de expresarse mucho más prejuiciados que el resto de los mortales. Eso de la necesidad de que gobierne “un negro” en Norteamérica suena a que de alguna manera, Estados Unidos le debe algo a las personas de esa etnia. Como si la política en el mundo operara sobre postulados de venganza, retaliación, deudas o pagarés. Mi amigo lo que está infiriendo es que como la historia de ese país ha sido tan cruel y segregacionista con los afro americanos, pues ellos deben ahora, asumiendo el poder, desquitarse de todo lo malo que les hicieron en el pasado.
Nadie niega que la sociedad americana a lo largo de estos dos siglos de existencia ha sido muy injusta y discriminatoria con las minorías. Pero desde un tiempo para acá se puede comprobar un cambio en la actitud general. La poderosa influencia social y política de hombres como Martin Luther King le devolvió la dignidad y el respeto al colectivo de personas “negras”. Debo aclarar que las comillas son mías en aras de hacer notar que un color jamás podrá ser motivo de humillación o desprecio. Los colores no tienen connotaciones morales. El verde no es mejor que el naranja, ni el fucsia es superior al carmesí. Son colores cada uno con su belleza y su valor. Así que hoy en el planeta nadie puede sostener que los blancos son superiores a los negros o a los amarillos por el simple color. Todos somos seres humanos, personas y punto. Cada uno con su dignidad y sus derechos a la libertad, la justicia y la felicidad. Los Estados Unidos, nación empeñada por décadas en la democracia, tardó bastante en comprender esta situación. Pero ya hoy así lo entiende. Sino sería imposible ver a una Condoleezza Rice en el segundo puesto de poder de la estructura política de ese país, o a un Colin Powell comandando todo el aparato militar norteamericano, por cierto el más poderoso de la tierra. Si nos enfrascáramos en una carrera por cobrar las faltas cometidas en el pasado, nos remontaríamos hasta el momento en que la serpiente tentó a Eva. Es decir, tendríamos que exterminar a esos pobres reptiles para castigarlos por la tremenda lavativa que nos echaron en el paraíso. Lo que estoy diciendo en broma tiene un fondo muy serio. Mientras los pueblos y las sociedades no aprendamos a perdonar, nunca podremos elevarnos hacia el siguiente estadio del desarrollo humano. Esa actitud del perdón se conecta con lo espiritual. Fue Cristo el primero que nos propone el perdón y la colocación de la otra mejilla como forma de vivir. Y sus enseñanzas no han perdido nada de vigencia hoy en día.
Si razonáramos como mi amigo actor, tendríamos que concluir que Estados Unidos más bien merece en la presidencia a una mujer para desquitarse de las enormes y terribles injusticias que los varones han cometido contra ellas. Y allí las damas sí que tienen un historial de dolor y sufrimiento aún más grande que el que exhibe la etnia “negra”, nuevamente en comillas para los prejuiciados amigos de la izquierda que se horrorizarán por el uso deslenguado del vocablo.
Norteamérica lo que necesita es un presidente que comprenda la realidad de su pueblo. Que entienda que el mundo es mucho más que su estado y que ahora, con todo el poder que atesoran, están en una posición envidiable para ayudar a los países más desvalidos, condición lastimera en la que se encuentran muchos estados fundamentalmente por sus propias culpas. Pues allí también hay otra trampa en el discurso de la izquierda global. Por un lado detestan y odian a los norteamericanos porque intervienen en la política mundial, pero por otra les critican que justamente no intervengan por los pobres pueblos oprimidos y en miseria. Una dicotomía en la que ningún pensador socialista logra evitar el tartamudeo cuando se le pregunta.
Estados Unidos no necesita una mujer o un “negro” (otra vez las comillas) en la Presidencia. Necesita de un presidente que aplique una política de buen vecino. Necesita de alguien que lleve hasta sus últimas consecuencias aquello que los fundadores de esa nación instituyeron en el encabezado de su constitución y que reza: “Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta, establecer justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la libertad, estatuimos y sancionamos esta constitución”.
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