La virtual nacionalización de J.P. Morgan
Por Mark W. Hendrickson
Diario de América
Marzo de 2008 puede pasar a la historia como un momento crucial en la historia financiera de los Estados Unidos. La Reserva Federal cruzó deliberadamente un punto sin retorno, prestando decenas de miles de millones de dólares no a un banco comercial, como ha sido su costumbre histórica, sino a un banco de inversiones por primera vez en la historia.
A titulo indicativo, los bancos comerciales pagan a la Corporación Federal de Protección de Depósitos – FDIC – a cambio de cobertura de los depósitos, mientras que los bancos de inversiones no lo hacen, y aún así la Reserva encontró de pronto liquidez disponible para los últimos. Los bancos comerciales tienen permitido por ley utilizar sus recursos financieros hasta un cociente máximo de 13 dólares de deuda por cada dólar de valor, mientras que los bancos de inversiones — sujetos irónicamente a una supervisión regulatoria menor que los bancos comerciales – pueden utilizar sus recursos hasta un factor de 34.
Invocando una oscura provisión legislativa hasta la fecha desconocida, la Reserva facilitaba miles de millones de dólares a JPMorgan Chase para adquirir otro banco de inversiones, el esencialmente insolvente Bear Stearns.
La toma de control de Bear por parte de JP Morgan, ingeniada por la Reserva, plantea preguntas alarmantes: ¿cuál es o fue el grado de cooperación entre la Reserva y JPMorgan? ¿Fue JPMorgan obligado en contra de su voluntad a absorber Bear Stearns, o concedió a JPMorgan el banco central un caramelo que ya deseaba? Lo que es más importante para el país, ¿cuál será la relación entre JPMorgan y la Reserva en adelante?
Claramente, si Bear era “demasiado grande para quebrar”, entonces indudablemente el mucho mayor JPMorgan es demasiado grande para quebrar. JPMorgan era ya un comprador importante de deuda pública norteamericana antes de absorber a Bear, y ahora tiene el porcentaje antiguo de Bear en esas operaciones también. De mayor calado aún, incluso antes de la adquisición, JPMorgan tenía ya varias veces el tipo de productos financieros sin respaldo que Bear Stearns – en la práctica, más productos financieros que ninguna otra compañía del mundo – y ahora es propietario de los valores basura de Bear. Esto implica que la Reserva tendrá que dar cuenta de esos productos — incluso si eventualmente significa entregar dinero real a JPMorgan a cambio de “activos” sin valor — si eso es lo que se necesita para mantener a JPMorgan a flote. Aparentemente, los inversores captaron inmediatamente esa implicación. La percepción de que JPMorgan tiene un socio nuevo — el proverbial tío millonario definitivo, la Reserva — ayudó a que las acciones de JPM se disparasen un 30% en la semana posterior a anunciarse la adquisición de Bear.
La sociedad entre la Reserva y JPMorgan seguirá siendo implícita. No habrá ninguna fusión o unión formal oficial de los dos; por otra parte, puede no ser ninguna exageración decir que la Reserva Federal ha efectuado una nacionalización parcial de hecho de JPMorgan. Será interesante ver el grado de autonomía que va a conservar JPMorgan. Hay un viejo refrán que dice que si alguien debe al banco un millón de dólares, el banco es su propietario, pero si alguien debe al banco mil millones de dólares, entonces él es propietario del banco. En el caso que nos ocupa, JPMorgan parece estar a la sombra de la Reserva. Sin embargo, dado que la Reserva precisa ahora de la supervivencia de JPMorgan, hará todo lo que esté en su mano para lograr eso. El riesgo moral potencial generado por esta dinámica es enorme. JPMorgan puede tener también a la Reserva en la palma de su mano.
El 31 de marzo, el Secretario de Hacienda Paulson proponía reformas regulatorias arrolladoras que extenderían el tipo de control que la Reserva tiene hoy sobre JPMorgan a todos los bancos de inversión. Teóricamente, tal fuerza es necesaria para evitar que los bancos de inversiones sitúen alguna vez a nuestro país en una situación tan precaria de nuevo. En la práctica, no obstante, esto sería un enorme paso hacia un monopolio bancario nacional. Considerando los diversos ciclos de expansión y contracción provocados por la Reserva, por no mencionar la pérdida del 98% del poder adquisitivo del dólar bajo la atenta mirada de la Reserva, ¿de verdad queremos poner nuestra fe en una reserva de tamaño máximo y con superpoderes, pero claramente falible?
En realidad, lo siento por Paulson. Se encuentra en el mismo dilema al que Estados Unidos se enfrenta repetidamente en asuntos exteriores. Si el Tío Sam interviene, los críticos nos denuncian por no limitarnos a nuestros propios asuntos; si no intervenimos, nos despellejan por no ayudar. De igual manera, Paulson se encuentra en una situación imposible, condenado si hace algo y condenado si no hace nada.
Por el momento, Paulson y Bernanke han pospuesto el apocalipsis financiero. Los precios del oro y de las materias primas están cayendo, como sugerí que harían en mi comentario del 17 de marzo. Los mercados inmobiliarios están realizando los ajustes necesarios. Sería prematuro, no obstante, declarar finalizada la crisis financiera. Mientras trillones de dólares en productos financieros — bombas de tiempo financieras agotando el tiempo — continúen estando al acecho en los balances de nuestras instituciones financieras de peso, no estaremos fuera del peligro.
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