Cuba: 17 de Abril
Por José Ignacio Rivero
Diario Las Americas
Por primera vez en su larga historia como nación, Cuba se sintió sola en la trágica madrugada del 17 de Abril de 1961, día de la frustrada invasión. Solos, desasistidos de América y del mundo, los cubanos se enfrentaron al más cruel de los imperialismos. Cuba creyó que tenía el respaldo no solo de la gran democracia de los Estados Unidos sino del mundo libre en su lucha contra el comunismo, y sus hijos se lanzaron, impetuosamente, sin reservas, sin dudas, en el más audaz asalto que se ha realizado jamás contra ninguna fortaleza comunista. Sobre las calcinadas arenas de Playa Girón, y en la ciénaga y en los montes cercanos, estaba agazapada la tremenda verdad: Cuba estaba sola.
Nada la respaldaba. Nadie la seguía en su gigantesca lucha. De pronto, como en un estallido cegador, los cubanos comprendieron que habían llegado a la mayoría de edad. Tenían sobre sus hombros la responsabilidad enorme de libertar a su Patria, mientras los demás países –tan amenazados como Cuba– se cruzaban de brazos…
Allí, en la trampa de la ciénaga, los cubanos libraron la batalla más hermosa, porque lucharon, inútilmente, contra un enemigo cien veces más poderoso. Y más aun: sin esperanzas de vencer. Pero los cubanos lucharon y murieron. Y aquella oscura playa quedará ya, por siempre, como el primer sitio de América donde hombres de América se enfrentaron, por primera vez a los ejércitos rojos.
El 17 de abril es día de duelo. Pasarán muchos años y el 17 de abril será el día de los mártires, porque habrá pocos mártires de esta calidad superior. Son los primeros mártires de la larga lucha que se avecinaba en todo el Continente cegado por el miedo y el odio…
Toda la palabrería panamericanista que endulzó los oídos del hemisferio durante décadas, se hundió en el más absurdo de los ridículos. Playa Girón, con sus mártires era un reto a la vacuidad de un sistema inoperante. Hace falta algo más que las palabras, hace falta algo más que las veladas suntuosas de una diplomacia ineficaz. La lucha contra el comunismo es a muerte. América pone las palabras tan solo, y a Cuba le ha tocado el doloroso honor de poner los muertos.
Nuestro destino histórico nos ha colocado en la posición de ser la avanzada de las dos Américas en esta lucha. Cuba, martirizada, bañada en la sangre de sus hijos, está llamada a servir la causa de América en el altar de los sacrificios.
Los brigadistas fueron cubanos atraídos a la playa trágica por los secretos designios de la Providencia que quiso mezclar allí todas las sangres, todas las culpas, todas las inocencias, como si quisiera señalar con esto cual había de ser nuestro destino de la nueva Cuba que ya se alzaba sobre el horizonte. O Cuba es un crisol donde se funden las conciencias de todos sus hijos o sería por siempre un peñón de odio y resentimiento.
El holocausto del 17 de abril de 1961 nos señalaba un camino. Esa sangre nos imponía deberes supremos porque era sangre nuestra, sangre de nuestros hijos, de nuestros padres, de nuestros hermanos. El camino del destierro ha sido largo, muy largo desde aquella fecha inolvidable hasta los días en que escribimos estas líneas, pero una lección, una sola lección, debíamos de haber aprendido todos: una lección que aun se yergue de entre los escombros humeantes de Playa Girón: teníamos que haber sido mejores, teníamos que habernos unido más, teníamos que haber sido más fuertes que nunca, teníamos que habernos desligado de las menudas ambiciones de poder, teníamos que haber sido más humildes, teníamos que habernos desprendido de odios y de pasiones bastardas… Nuestro destino como nación no estaba ya en las manos de nadie, sino en las nuestras. No dependíamos ya de nadie sino de nosotros mismos. No podíamos andar ya por la historia con andaderas sino con nuestros propios pies.
Y el que traicionara esto, el que pretendiera sobreponer su incapacidad o su soberbia a la voluntad de un pueblo que peregrina en busca de su mejor destino está traicionando la sangre de los mártires del 17 de abril y la de los que murieron antes en el paredón de fusilamiento.
Aquella sangre dice que teníamos que seguir peleando, pero no al servicio de unos pocos, no en burdos trajines de politiquería, sino al servicio de la nación cubana y siempre con pasos firmes y seguros.
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