SIDOR
Por Roger Vilain
Correo del Caroní
Como la vida es un saco de gatos, uno tiende cada vez a sorprenderse menos. La decisión de nacionalizar Sidor, llena del pintoresco barniz que culpa a los otros de los problemas domésticos, es el centro neurálgico sobre el que llueven ahora justificaciones.
Uno ve alrededor y el estado de las empresas básicas espanta. Si te tomas la molestia de echarle un vistazo al parque industrial venezolano, entonces ese espanto se da la mano con la indignación, la tristeza, y la lástima. Frente al chorro de dólares con el que fue bendecida la administración del coronel Chávez, su conducta ha resultado la esperada tomando en cuenta al personaje: a lo largo de su década perdida, puso suficiente empeño como para dejarnos fuertes dolores de cabeza cuando la gente lo ponga de patitas en la calle. El Estado paquidérmico, magnífico para engullir burocráticamente a la nación, anuncia de madrugada un bocado de lo más apetecido, lo que cae de bruces sobre el punto de fuga de la lógica chavista: engordar más, controlar más y, por supuesto, asfixiar más. Ponerle el pie sobre el pescuezo a medio mundo es la presea dorada de todo régimen ranqueado en la escala de las autocracias. La lista de Tascón, dulce parto del período revolucionario, se va a almorzar un lomito. Y a propósito, mucha gente frunce el ceño, salvo los sidoristas, que brincan -mientras puedan- en una pata por la decisión oficialista.
Cada cinco segundos, cuando un funcionario del gobierno mastica el término revolución, pienso en la respuesta de Blair ante una pregunta ineludible: ¿Por qué el laborismo se ha alejado del poder durante una generación? “Es simple. El mundo ha cambiado y el Partido Laborista no”, respondió. Basta escucharle dos frases a Chávez o a alguno de sus segundones para darse cuenta de que comparten, con pelos y señales, el tufo que desprende esa verdad. El mundo da vueltas, como es obvio, pero las mentalidades reaccionarias hacen de la ideología una montaña inamovible de concreto armado, esa especie de testarudez enfermiza, esa fiebre no sudada que las enceguece a la hora de lidiar con el mundo y con sus circunstancias.
Que el gobierno haga lo que hace es comprensible, pero que los trabajadores, teniendo frente a sus narices el desastre de Alcasa, Venalum y demás filiales de la CVG, celebren la nacionalización como si algo muy bueno les estuviera ocurriendo a ellos y al país, da qué pensar. Tanta insensatez la aprovechan los vivos del poder. Esta gente no se percata de cómo es la soga al cuello que a mandíbula batiente se colocan a sí mismos, y tranquilamente a sus familias. Llegarán momentos de resaca.
¿Cuál es el papel de un gobierno? A mi juicio, velar porque la economía marche con buen pie, promover mayor igualdad entre los ciudadanos, mayor inclusión. Para obtener avances en esta materia debería actuar con visión a largo plazo, lo cual implica invertir en educación, en capital humano, en tecnología, en investigación, en generación de empleo, en salud, en vialidad, y mantener las cuentas de la casa en niveles relativamente sanos. Para esto se requiere entre otras cosas del concurso externo, de las inversiones extranjeras. Sin excepción, en cada uno de los puntos mencionados el gobierno lo ha hecho mal, al extremo de que muchos, empezando por el Presidente, seguramente enfrentarán a la justicia cuando se adecenten las instituciones.
Nacionalizar Sidor puede brindar rédito político con las gríngolas puestas, a muy corto plazo. Un demagogo del tamaño de Hugo Chávez tiene mil razones para llevar a cabo semejante disparate. La tarea de una izquierda moderna, inteligente, en verdad revolucionaria, sería en primer lugar hacer de la economía venezolana una economía abierta, competitiva, y por supuesto fructífera, hermanada con la búsqueda de una sociedad más justa, decente y humana. Ya sabemos que el señor Chávez no es de izquierda. Su gobierno tampoco. Es un bodrio militarista.
En cuanto a lo anterior, Chávez y su combo también resultaron un bolsón de aire. Quien piense que Sidor mejorará, que crecerá como una empresa saludable, que su gerencia se deslastrará de máculas políticas, imposiciones partidistas, chanchullos ideológicos y acomodos a la sombra de los poderosos, se va a caer de un coco. A la vuelta de muy poco tendremos la nueva quincalla del PSUV, otra caja chica del Ejecutivo, el Paraíso clientelar, una sucursal del partido de gobierno y el producto acabado del desastre consuetudinario: la ruina como empresa del Estado. Mientras, se escuchan los aplausos, ronda la felicidad. Hay formas alegres de marchar al paredón. Estamos presenciando una de ellas.
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