Barack Obama y Evo Morales, dos versiones de la modernidad
Por Elizabeth Burgos
Webarticulista
Descartando simpatías políticas que se puedan profesar a uno u otro candidato a las elecciones presidenciales de EE UU, descartando sus posturas inspiradas de ese radicalismo ingenuo e ignorante que arbora la izquierda norteamericana acerca de América Latina, en particular hacia el gobierno de Álvaro Uribe, se debe reconocer que el discurso del 18 de marzo pasado de Barack Obama quedará como una de las piezas señeras de la oratoria política de esa gran democracia que rige ese país desde hace doscientos veintiún años.
Discurso suscitado por la crisis que estalló en el entorno de Obama a raíz de las declaraciones del reverendo Jeremiah Wright, el pastor que rige la iglesia a la cual pertenece el candidato demócrata. “Opiniones vertidas en un lenguaje incendiario con las que se corría el riesgo de aumentar las divisiones, pero también atentaban contra lo que hay de bueno en nuestro país”, señala Obama en su célebre discurso en el que analiza la cuestión de la población negra y los problemas de exclusión social y la oposición étnica que aún persiste en EEUU. No obstante, Obama, en lugar de optar por una actitud de resentimiento, y de reivindicación agresiva, expresa de manera contundente que los negros no eran los únicos marginados, si no que también había sectores marginados entre las otras categorías étnicas, incluso entre los blancos.
Cuan distante el talante equilibrado, la serenidad democrática, de Obama del discurso agresivo, etnicista, frisando en el racismo de un Evo Morales, de un García Linera, – contra la población no indígena -, desde la presidencia y vicepresidencia de Bolivia respectivamente. Venezuela también ha entrado a practicar, ya de manera institucional, frisando en la parodia, un racismo invertido, cuando en ese país, nunca existió una racismo institucionalizado, al igual que en Bolivia, como sí lo hubo en Estados Unidos, de allí que sean comprensible – pese a sus dislates – las medidas radicales, políticamente correctas tomadas al respecto en los últimos veinte años en relación a las minorías étnicas.
La cuestión étnica, problema real en Bolivia, hubiera podido significar un motivo de acercamiento entre el continente Norte y el Sur que hubiera salvado las distancias que persisten entre las maneras de abordar la modernidad .Todo lo contrario, el discurso de Obama, revela la distancia que media entre una modernidad que se proyecta de manera inédita, creativa e inventiva en el futuro y ello desde hace más de dos siglos, revolucionando todos los campos –institucionales, económicos, tecnológicos, culturales – y la modernidad en retroceso que hoy propone, la alianza política de Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, y abanderando, hasta ahora, esa “modernidad” en retroceso, está Cuba.
Cuando en Bolivia, Evo Morales conduce al país en retroceso, propiciando enfrentamientos étnicos, queriendo borrar su existencia simbólica, económica, de la mitad de la población y su vice-presidente invita a los indígenas “con los que aprendió a matar” según sus propias palabras, a defender con las armas esa revolución conservadora, que pretende un regreso a la cultura pre-hispánica, y el propósito de borrar la historia transcurrida desde 1492. Obama en cambio alude a la “aventura inaudita de la democracia americana”, que pese a que no dio satisfacción inmediata a la población negra, gracias a su ideal de libertad y de justicia y de igualdad de los ciudadanos ante la ley, abría la posibilidad de que algún día se llegara a ello. Y es precisamente la tarea que él se ha fijado de llegar a la presidencia. Para ello aboga por la existencia de un “nosotros”, negros y blancos, porque se pueden “tener historias distintas, pero se comparten las mismas esperanzas, todos queremos ir hacia un porvenir mejor”. Convicción que proviene de su fe inconmovible “en la generosidad y la dignidad del pueblo americano”; de una nación que es “más que la suma de sus partes, que de varios nosotros no hacemos mas que uno”. Su deseo es complacer el “deseo de unidad de los americanos”. Se siente satisfecho porque se podría incurrir en la tentación de juzgar su campaña en términos raciales, sin embargo su mayor victoria la logró en los estados más blancos del país. Obama se opone al discurso radical que ve racismo blanco por todos lados, que pone el acento en lo que va mal en EE UU, pero que no reconoce lo bueno que también lo hay, al punto de deformar la realidad. De igual manera que ve la raíz de los problemas del Medio Oriente en Israel, pero no los busca en las ideologías perversas y de la incitación al odio del Islam radical.
Si bien en el país no se puede permitir ignorar “los aspectos complejos del problema racial, los problemas que atañen a millones de americanos en materia de salud, de ecuación no son “ni negros ni blancos, ni hispánicos ni asiáticos, son problemas que nos conciernen a todos”. Considera que la cólera no es siempre un arma eficaz, al contrario puede distraernos de los verdaderos problemas, “e impedirnos enfrentar nuestra parte de responsabilidad de nuestra condición e impide a la comunidad negra americana establecer alianzas indispensables para la realización de un cambio verdadero”. Sin embargo, cierta cólera es “real y no se la pude condenar sin comprenderla sus raíces, pues no serviría sino a ahondar la distancia que existe entre ambas razas”. Obama reconoce que también existe una cólera entre ciertas categorías de las comunidades blancas; la clase obrera y la clase media blanca no han sido tampoco favorecidas por el hecho de su pertenencia racial. Conmina a la población negra a asumir el peso de historia pasada sin convertirse en su victima. Exigir justicia, pero asociando las exigencias a la de todos lo americanos. Hacerse “dueños de su propio destino mediante el esfuerzo personal”. Rechaza que expresarse como si nada hubiese cambiado, como si no se hubiesen logrados progresos innegables en un país en donde un negro puede ser candidato a la máxima magistratura en coalición con blancos, asiáticos, hispanos, ricos , pobres, no se pude afirmar que siga siendo prisionero de su pasado trágico. Lo que él percibe es que América puede cambiar y ese es “el verdadero genio de esta nación”. Cuanta distancia con ciertos presidentes latinoamericanos que pasan su tiempo denigrando de los logros del pasado, y los destruyen.
El discurso de Barack Obama actúa como un revelador del anacronismo latinoamericano, en particular, en las corrientes populistas que hoy llevan la batuta de un conservadurismo que pretenden llamar revolución que no es más que el eterno resentimiento. El “nosotros” al que alude constantemente Obama, en América Latina es un nosotros excluyente, fóbico.
En ese sentido Evo Morales, que hubiese podido encarnar el vector de esa modernidad que Bolivia exigía, que hubiera podido solventar de manera creativa el problema étnico en Bolivia – problema complejo, sutil, muy alejado del simplismo de quienes profesan el indigenismo ingenuo – aparece como una imagen a contrario: una contra imagen que ha convertido al país en un teatro de la exclusión. El gobierno elude resolver los problemas urgentes que atañen a todos los bolivianos, y en su lugar, se dedica a fundar una República abstracta, basada en presupuesto obsoletos. Por otro lado, pese a su antiimperialismo, se invita a distinguidos teóricos franceses para que lleven al gobierno de La Paz las teorías de Bourdieu, de Foucault etc. Gracias al mecanismo del mimetismo, pretenden aplicar teorías creadas fuera de contexto.
El resentimiento hacia Estados Unidos tendrá una larga vida mientras América Latina no encuentre el camino de la modernidad. Al mismo tiempo, sería deseable que el señor Obama aplique sus sensatos análisis a la realidad latinoamericana.
Está en manos de los demócratas latinoamericanos, tomar la iniciativa de informar a los candidatos estadounidenses acerca de la realidad del continente vecino. No es necesario insistir en la importancia que tiene para el mundo la política de la gran potencia norteamericana.
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