La crisis podría hacer caer los precios de la soja
Por Carlos Melconian
La Nación
Hay algunas cosas que se saben y otras que no. El sistema financiero de EE.UU. está en crisis. Hasta la fecha, es imposible determinar la magnitud y la duración. En junio del año pasado, los problemas financieros en dos fondos de inversión en hipotecas dispararon una crisis crediticia que aún subsiste y que no se ve dónde termina. Estas pérdidas por la incobrabilidad de hipotecas de alto riesgo derivaron en el corte de la cadena de crédito y debieron ser reflejadas en los balances de las entidades financieras, lo que a su vez derivó en pérdidas accionarias, en un círculo vicioso.
Para ese entonces, el contexto económico mundial no era malo. Había cierta preocupación por el riesgo inflacionario latente, derivado del incesante aumento de los precios de las materias primas en el mundo y no tanto por el contagio de la recesión inmobiliaria. Se buscaba un “aterrizaje suave”, que hoy ya es cosa del pasado. Independientemente de los factores que atañen al sector real, una vez más se cumple la premisa de que cuando hay conflicto financiero la contaminación de toda la economía es inexorable.
Con el correr de los meses, las miradas se fueron corriendo de la inflación hacia el nivel de actividad, y ya no se discutía si el proceso derivaría o no en recesión, sino más bien su duración y su profundidad.
Los acontecimientos de los últimos dos días muestran un deterioro adicional de las condiciones financieras de EE.UU.. Es una mala noticia para una economía que ya está en un sendero recesivo, con consumidores desconfiados y sin crédito, una moneda superdébil y la inflación dando vueltas.
Sin embargo, más allá del intento mediático de pegarlo a la tradicional historia argentina de corridas, no se trata de una corrida convencional de depósitos como las que nos han tocado vivir a nosotros. Sí es una agravante de la crisis financiera actual, que por ahora tapa con liquidez algunos temas de solvencia, con enormes redistribuciones de riqueza entre nuevos y viejos accionistas.
Para la economía de todos los días, resta saber cuánta tierra hay escondida debajo de la alfombra del sistema financiero norteamericano.
El “pedal” está trabado. El crédito es lo que esta crisis está poniendo en juego. Los canales de transmisión sobre el consumo son automáticos, instantáneos y difíciles de domar para la política económica.
De todo esto se deriva la posición activa de la Reserva Federal; baja abruptamente las tasas de interés e inyecta fuertes dosis de liquidez para evitar un colapso, pero que no alcanza para eludir la recesión.
La Fed va a seguir hidratando el sistema financiero, pero hay un conjunto de circunstancias que deben acompañar para evitar un costo aun mayor de la crisis. Una de las instancias fundamentales es que la búsqueda de refugio de los capitales frente a esta incertidumbre (el “vuelo a la calidad”) siga yendo a los bonos del Tesoro de EE.UU., lo que implica que las tasas de interés testigo de la economía bajan en sintonía con la tasa de los fondos federales.
Peligro de contagio
En este sentido, el elemento determinante para poder seguir inyectando liquidez a baja tasa de interés, pero al mismo tiempo no minar la credibilidad y capacidad de pago, es que la tasa de inflación se mantenga lo más cercana a sus valores actuales, evitando perder grados de libertad en la política monetaria. O sea, más allá de la defensa planteada hace unos meses respecto de mantener el nivel de actividad, le ha llegado la hora al Banco Central norteamericano de poner esa defensa en el mantenimiento de la tasa de inflación. En caso contrario, impedirá bajar las tasas de interés para alivianar la recesión y recomponer la cadena de crédito.
En 2007, EE.UU. perdió casi un punto de crecimiento económico y el resto del mundo no lo sintió. Pero si en 2008 la recesión se instala en serio, la situación puede cambiar y haber contagio. El Banco Central de Europa debería estar tomando nota de los últimos acontecimientos para ubicarse en una línea consistente de tasas de interés y monedas que ayudaría al alivio general.
Para la Argentina, el canal de transmisión más directo es el precio de las materias primas, más especialmente lo que ocurra con el precio internacional de la soja. Visto con miopía coyuntural, el país está fuera de los mercados de capitales y de la inversión extranjera. Es una visión de cada día que cuesta caro. Pero hoy, en esta circunstancia, lo único que importa es la soja.
Adictos
Ante una recesión más generalizada, los precios de las commodities (la soja, entre ellas) podrían reacomodarse a la baja. La responsabilidad de la política económica debería contemplarlo, de llegar a ocurrir. Por lo tanto, en el actual contexto de alta incertidumbre, volatilidad e ignorancia sobre las dinámicas futuras, no puede descartarse que el precio de nuestra principal materia prima baje.
Una baja de los precios internacionales, aunque no sea más que para estabilizar las cotizaciones en valores históricamente altísimos, sería un problema para el programa económico.
Después de las elecciones de octubre, el programa económico, que iba inevitablemente a un ajuste macro porque se había cebado demasiado, recibió el milagro de la soja (que subió de precio US$ 200 en menos de seis meses) lo que permite ir por el intento de elongar el boom de consumo, retardar correcciones y seguir viviendo en un mundo feliz fuera del mundo.
Pero el programa se ha hecho “sojaadicto”. No le alcanza con precios internacionales altos; los necesita altísimos para seguir elongando la rueda del consumo y postergando las correcciones macro.
El autor es economista y socio de M&S Consultores
- 28 de septiembre, 2026
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