Sexo y política
Por Carlos Peña
El Mercurio
Después de haber luchado contra el crimen y lanzado discursos inflamados contra comerciantes y prostitutas, Eliot Spitzer, el gobernador de Nueva York, quedó al descubierto: era consumidor habitual de lo mismo que execraba. Los últimos años había gastado cerca de 80 mil dólares como cliente de una red de prostitución.
Desde el punto de vista psicológico el caso no es muy interesante. En él se reflejan los extraños vericuetos del deseo.
Cuando Eliot Spitzer fustigaba y perseguía a las redes de prostitución quizás quería protegerse de sí mismo, pero al hacerlo constituía su objeto de deseo y aguijoneaba su propio apetito. Es algo que suele ocurrirles a los moralistas y a los inquisidores: por eso sienten una rara delectación al escudriñar pecados ajenos y recordar a los demás cuán mal viven.
Pero si desde ese punto de vista el caso no es muy interesante, no ocurre lo mismo con su dimensión política.
Porque desde el punto de vista político cabe preguntarse qué justifica la reacción de la cultura pública americana que obligó a Spitzer, junto a su deslavada y triste esposa, a salir compungido ante las cámaras confesando sus caros pecados y más tarde a renunciar. ¿Acaso los clientes de prostitutas no abundan por aquí y por allá? ¿Por qué se reprocha al pobre Eliot lo que muchos ciudadanos americanos también practican (aunque probablemente a precios más módicos)? ¿No habrá un exceso en reprochar a un gobernador lo que, mediando consentimiento, hace en la cama?
Desde luego en esto hay algo del antiguo puritanismo americano tan distinto de la cultura católica.
Mientras el puritanismo, en todas sus versiones, exige una santidad en el obrar elevada a sistema, el catolicismo se conforma con un saldo global de vida que es compatible con los pecados.
Ese rasgo puritano -que llevaron los antiguos inmigrantes con raíces en Inglaterra y Holanda- se expresó en la ley de muchos estados que promovieron determinados modelos de comportamiento sexual. Muchas de esas leyes -que abundaron hasta los setenta y que castigaban desde la fellatio a la sodomía- reflejaron ese rasgo cultural que hasta hoy asoma en la cultura pública americana para desgracia de tipos como Spitzer. El puritanismo -que no reclama obras, sino una vida metódicamente correcta y sin mancha- no distingue entre lo privado y lo público. Si, como piensan los puritanos -los de allá y los de acá- hay una línea continua entre la calidad de la vida pública y el comportamiento íntimo, entonces ¿qué tiene de malo exigir que vivamos con las ventanas abiertas?
Pero más allá del puritanismo hay sin duda otras razones -distintas a ese afán de regular la conducta sexual de los semejantes- que justifican la severidad con que se ha procedido con el gobernador.
La más obvia de todas es la condena de una actitud fraudulenta.
Al gobernador, desde este punto de vista, no se le reprocha tener relaciones con prostitutas, sino el haber pretendido que no las tenía al extremo de perseguirlas a ellas y a quienes buscaban su compañía. Lo que molesta, con razón, al público es la impostura de Spitzer, esa pretensión moralista con que engañó y defraudó a sus electores. La moraleja de todo esto es bastante obvia: si usted es candidato no debe engañar a los ciudadanos a la hora de solicitar su adhesión y demandar su confianza. Si lo hace, será castigado.
¿Significa lo anterior que sólo pueden dedicarse a la vida pública los ascetas y los puritanos a ultranza, esos que, salvo en los inevitables sueños y fantasías, no tropiezan nunca?
Por supuesto que no. Si así fuera, la vida cívica quedaría casi despoblada.
Se trata en cambio que quienes se dedican a la vida pública -si no quieren terminar como el pobre Spitzer- no deben perorar acerca de cómo sus conciudadanos debieran conducir sus vidas íntimas ni hacer alardes excesivos de moralidad o buen comportamiento. No, al menos, si suponen que llegado el caso no podrán estar a la altura. No es mucho pedir: se trata simplemente que a la hora de actuar en la vida pública no se comporten como vendedores de autos usados. Simplemente eso.
En Chile -gracias a Dios- no hay demasiado que temer.
Nuestros políticos -todos lo sabemos- son gente irreprochable y sana que no incurriría, ni por acaso, en demasías como las de Spitzer. Y hasta ahora suelen tener el cuidado de no alardear de la moralidad propia y de los otros. Mientras se mantengan así no hay peligro y la patética escena de Mr. Clean -como le gustaba a Spitzer lo llamaran en sus contiendas- tomado de la mano de una esposa deslavada y triste, estará lejos de nuestros televisores y de las próximas campañas.
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