La muerte de Raúl Reyes y la larga agonía del Che Guevara
Por Ramón Guerra B.
Correo del Caroní
Definitivamente el Che Guevara, el guerrillero heroico, no termina de morir. Tal vez son cosas del realismo mágico latinoamericano. Ha sido una larga agonía de más de 40 años y quién sabe cuánto tiempo perdurará.
La reciente muerte de Raúl Reyes, uno de los jefes de las FARC, así lo demuestra. Pero en esta oportunidad, los dolientes del héroe caído no se limitaron a colocar niples propagandísticos en universidades y manifestaciones de calle, como cuando el Che fue ejecutado en una escuelita de La Higuera (Bolivia), en 1967.
No, esta vez movilizaron tropas regulares y casi desatan una guerra contra Colombia. Envidia sentirá Guevara, desde su limbo, por el polvo levantado por un seguidor como Raúl Reyes y atizado por el resto de la cohorte.
En la aislada Cuba (por lo geográfico y lo político-económico), de donde partió el Che hacia Bolivia, el dolor fue generalizado. Impensable movilizar tropas a tierra firme buscando lavar la afrenta. Persiste la duda junto al mito, para decirlo en criollo: “a Fidel no le alegró, pero le entró un fresquito”.
Existen sectores que hablan de una América que va desde el río Grande (frontera de México y EE UU), hasta la Patagonia. Lo dicen con orgullo. Son los mismos que nunca miraron el presente, menos el futuro. Viven con el cuello volteado al pasado. Los eternos cultores de una época ida y heroica de cuyas rentas pretenden vivir eternamente, la epopeya de los libertadores. Aquí en Venezuela tiene una primera etapa en la autocracia guzmancita y realzada en la larga dictadura gomecista. Porque, quién más bolivariano que Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez.
En ese navío de brújula dañada y con rumbo retrógrado, se embarcó cierta izquierda del continente. A los viejos próceres añadió sus iconos heroicos contemporáneos. Crearon un colage, que ni ellos entienden, con Miranda, Bolívar, Zamora, el Che y pienso que abrirán un espacio a Raúl Reyes y su nombre servirá para inaugurar -en cadena nacional y minutos de silencio- otra de esas misiones del gobierno.
Esta es la América de la veneración de mitos con efectos secundarios y de enfermedades que se creían extinguidas. Aquí las palabras PATRIOTA (grandota como les encanta), antiimperialismo y revolución, inflaman el pecho, erizan la piel, desatan la lengua pero dejan una secuela devastadora, reducen los sesos. Y el recrudecer de enfermedades superadas, por las desatenciones sanitarias, permitió que se colara el sarpullido ultraizquierdista, enfermedad letal al sentido común y al de la vista.
Por desdicha, nada de esa fraseología mitológica sirve para gobernar. Allí está Cuba, languideciendo, lo único que puede mostrar son unas medallas olímpicas, con la economía destruida y sin libertades democráticas. Y en Venezuela, los magnates revolucionarios, indigestados de petrodólares, no saben ni cambiar un bombillo.
No celebro la muerte de nadie. Ni esperen de mí volver a gritar “¡Honor y gloria!” a los caídos por una causa, que si en el pasado tuvo algo de nobleza, hoy la anima el asesinato, el secuestro y el tráfico de drogas.
Mientras escribo esta nota, desde un televisor cercano, puedo ver a unos autobuses verdes, cargados de muchachos rapados coreando: “¡Patria socialismo o muerte!” Se dirigen a la frontera con Colombia, son actores obligados de la trama grotesca de la guerra que ocurre en el cerebro del Presidente y la agonía interminable del Che Guevara.
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