Tiempo de creer
Por Antonio Ledezma.
2001
¡VIVA la paz!
La violencia no deja nada bueno en ninguna parte donde se practique. En la familia, cuando vemos en el seno de un hogar enfrentamientos absurdos entre hermanos, incluso líos teniendo de por medio al padre o a la madre; en una escuela o en una universidad.
Asimismo, cuando se desbordan las pasiones en pleno escenario estudiantil y la razón es superada por la sinrazón; en una fábrica, cuando se desatan confrontaciones entre trabajadores y empresarios; en una finca entre productores y campesinos azuzados por los promotores de las invasiones.
De igual manera, la violencia entre políticos cuando la vía que sólo conduce a las descalificaciones mutuas es tomada por quienes no tienen ideas que defender, ni criterio para entender que es un suicidio triturarnos entre sí, cuando lo pertinente es demostrar que se puede superar al adversario, no al enemigo, ganándonos la confianza y el respeto de los demás con una buena conducta ciudadana.
También la violencia entre vecinos, cuando no se respetan las reglas del juego que son indispensables honrar para garantizar la convivencia en la comunidad y la violencia entre pueblos de diferentes naciones, siempre han dejado saldos terriblemente negativos.
La guerra interna en Colombia ha sembrado de muerte en toda la geografía de ese hermano país. Más de 60 años padeciendo y viviendo el terror de una confrontación que se basó originalmente en tesis y corrientes ideológicas, lleva estoicamente ese pueblo que observa cómo, posteriormente y de manera sucesiva, esa lucha inspirada originalmente en ideales y principios, devino en una degradación de los fundamentos que le dieron sustento en la génesis.
La droga, el narcotráfico, los secuestros y las alianzas con grupos irregulares que operan en naciones vecinas, como Venezuela, Ecuador y Panamá, condujeron a la internacionalización de un combate que lucía idílico en sus años inaugurales, pero que fue mostrando el agotamiento de sus valores en la medida en que los grandes negocios, a costa de la salud y la paz de los colombianos, fueron imponiendo el neomodelaje que seguían sus comandantes.
Es hora de ayudar, pero no echándole gasolina al fuego de la guerra como suelen hacer algunos asomados, ya que con incursiones impertinentes en asuntos que deben estar al margen de apreciaciones divorciadas del auténtico interés de lograr enmiendas pacifistas, lo que se desencadena es el agravamiento de esta guerra que se complicaría si en vez de sugerir soluciones adecuadas, lo que se hace es justificar que se empeñen los grupos terroristas en mantener izadas esas banderas desteñidas que se baten en nombre de una revolución.
Lo que corresponde en estos casos es desear que cada nación ejerza su plena autonomía y busque resolver sus dificultades para bien de la Humanidad.
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