El otro candidato de Manchuria
Por Alejandro Armengol
El Nuevo Herald
Cuando Denzel Washington protagonizó el remake de ”The Manchurian Candidate” (El Candidato de Manchuria) no hizo más que anticipar, si bien de forma indirecta, que un día no muy lejano alguien de la raza negra llegaría a ser un fuerte competidor en las aspiraciones por la candidatura presidencial.
El paso de Frank Sinatra –en el papel del oficial de la inteligencia militar que descubre la conspiración en la cinta original de 1962– a Washington para la versión del 2004, fue no sólo la sustitución del melting pot por el multiculturalismo. También algo más esencial: una demostración de que el color de la piel del actor no tenía ya que definir la trama, o a la inversa, como sucedió durante decenios. Lo mejor de todo era que la segunda película –por cierto, muy inferior a la primera– no inauguraba esta tendencia, sino que se sumaba a ella como algo natural.
En la larga contienda por la presidencia de Estados Unidos, hasta el momento la raza de uno de los principales protagonistas se ha mantenido como un sustrato, que no se menciona pero está presente. Alertando esperanzas y odios.
Pero al igual que ocurre con la película, en este caso lo más importante no guarda relación con el rol del protagonista sino con la trama de traición y engaño.
Catalogado como un clásico ejemplo de cine de la guerra fría, prohibido en el mundo comunista, al ser considerado un producto clásico de la propaganda enemiga, y retirado de exhibición al resultar un fracaso económico, The Manchurian Candidate de John Frankenheimer, basado en la novela de igual título de Richard Condon, es sobre todo recordado por presentar una forma de manipulación política que ha resultado casi perfecta en más de una ocasión: utilizar a un demagogo para lograr objetivos completamente opuestos a lo que se plantea.
Lo demás, que sean agentes chinos los manipuladores, el asesino programado un héroe de guerra, y que el personaje del senador John Iselin aparezca como un calco del senador Joseph McCarthy, resultan aspectos secundarios, la segunda versión se adapta a su época y quizá una tercera en el futuro vuelva a cambiar. Temporal en detalles, motivos de realización y fecha de exhibición (en Nueva York se presentó en medio de la Crisis de los Misiles de octubre de 1962) la trama de la película vuelve una y otra vez a recordarnos el peligro de ser víctimas de un abuso.
Un abuso han sido los ocho años de la presidencia de George W. Bush. A diferencia del cine, hemos asistido no a otra versión de la película, sino a lo que vendría a ser su segunda parte o una alternativa en el libreto. El gobierno del demagogo senador Iselin, quien mientras se presentaba como un fiel defensor de los valores norteamericanos, estaba dispuesto a hacer lo imposible para socavarlos. Por supuesto, que la realidad no tiene que copiar al pie de la letra la ficción, y no estoy diciendo que el inquilino de la Casa Blanca sea el resultado de una conspiración internacional o represente intereses foráneos. Pero la estrategia de lucha contra el terrorismo llevada a cabo por la actual administración, su campaña por restringir las libertades individuales, la admisión del empleo de la tortura en los interrogatorios y de misiones clandestinas en otros países, así como la incapacidad para capturar a Osama bin Laden mientras se desvían y despilfarrran los recursos para la lucha contra el terrorismo en acciones como la invasión de Irak, le han hecho el juego a las mismas fuerzas que se pretende exterminar.
Así que en la realidad, de resultar presidente el aspirante demócrata Barack Obama, no tendría que enfrentarse al peligro de una conspiración post-comunista, islámica, árabe o de otra índole. Más bien tendría por delante la difícil tarea de volver a colocar en el rumbo correcto a una nación que ha sufrido los desmanes de una conspiración ultraderechista, con un ”presidente de Manchuria” rechazado por la mayoría de la ciudadanía, pero todavía en el poder.
Lo peor es que aún no estamos libres de los candidatos de Manchuria, una especie que tiende a reproducirse con mayor facilidad que los conejos. El senador John McCain parece dispuesto a asumir ese rol a falta de un mejor actor disponible y como una única forma de ganarse el voto –y los fondos– de los electores de ultraderecha. Mientras Obama continúa atrayendo multitudes gigantescas en cada escala de campaña, McCain tiene que conformarse con unos cuantos seguidores.
Mientras algunos candidatos republicanos pasaban apuros para atraer a 800 personas justo antes de las primarias del 5 de febrero, Obama habló ante 54,000 el sábado, día en que visitó tres lugares. Esa cifra es cercana al total de habitantes de Wilmington, Delaware, donde al día siguiente acudieron a verlo 20,000 personas, el domingo del Super Bowl, de acuerdo a un cable de la agencia AP. La misma información especificaba que McCain normalmente atrae entre 1,000 y 1,200 personas.
Las cifras de participantes en campaña no necesariamente significan que éstos se convertirán en votos seguros, pero indican una tendencia hasta el momento constante de la ciudadanía en favor de un cambio sustancial en el gobierno norteamericano. Hay razones para esperar que, en esta ocasión, el electorado no se deje intimidar por la campaña de miedo que posibilitó la reelección pasada, y opten por algo mejor que una especie de Bush light en la Casa Blanca.
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