Será un mal recuerdo
Por Gustavo Penadés
El País, Montevideo
La renuncia del dictador cubano Fidel Castro a continuar ocupando los cargos de Presidente del Consejo de Estado y de Comandante en Jefe, es un hito histórico que parece estar marcando el comienzo del fin de un proceso que lleva casi cincuenta años.
Poco queda del militante de aquella Universidad de La Habana en que los cargos gremiales se disputaban a los tiros, de su pasado burgués y de la encarnación del guerrillero latinoamericano de exportación.
Anciano y enfermo sigue aferrándose al poder, que no otro fue el objeto de su vida. Conservarlo por medio siglo no es poca cosa.
Eso le bastará, sin duda, para obtener un lugar destacado en el Panteón de los dictadores en compañía a Stalin y Mao.
Al igual que la del Che, la vida de Castro se convirtió en leyenda.
Fue consecuencia de la conjunción de su indudable capacidad, del apoyo irrestricto de la URSS y del trabajo de las elites intelectuales y políticas que los adoptaron como los íconos de una nueva era.
Así, se incorporaron al folklore latinoamericano y mundial la “epopeya de la Sierra Maestra” o el desembarco del Granma. Ya no importa que la historia demuestre que no fueran ni tan homéricos ni tan gloriosos los episodios tantas veces repetidos.
Hoy están grabados en el alma de generaciones que se formaron en la admiración de la revolución cubana.
Tampoco importa el hecho de que los Estados Unidos de alguna manera permitieron que la revolución se impusiera; ni que el bloqueo le fuera inmensamente funcional a Cuba; ni que, caído el dictador Batista, Castro se hiciera del poder al mejor estilo de Lenin, aboliendo en uno de sus primeros decretos los partidos políticos y postergando “sine die” la realización de elecciones libres.
Aunque, no está demás decirlo, los cubanos se las arreglaron para votar con los pies huyendo en masa del hambre y la opresión.
Aliada y dependiente de la URSS, Cuba convirtió la revolución en su principal rubro de exportación. No alcanzándole intervenir en América Central y del Sur, llegó a desembarcar en África tres fuerzas expedicionarias.
¿Qué quedará de ese experimento una vez que Fidel Castro y su recuerdo desa- parezcan? Lamentablemente será poco.
En lo material los éxitos que se exhiben son la tasa de alfabetización y el acceso a la salud. Parece mentira, pero después de cincuenta años, en el mejor de los casos ese será el saldo.
Quedarán también miles de muertos, torturados, encarcelados, y deportados, que esperan su turno para que la historia y la consideración mundial les hagan justicia.
A pesar de todo, para muchos uruguayos, y sobre todo, para muchos dirigentes políticos y sociales, Fidel Castro sigue siendo un foco de atracción.
El relativismo moral ayuda a justificar todo; tranquilizando la conciencia hace posible continuar añorando la isla mítica gobernada por el anciano patriarca que sólo busca el bien de su pueblo.
Nunca importan dictaduras, muertos o exilados cuando de Cuba se trata.
Más, todo pasa. Estamos seguros que al fin llegará el día en que el castrismo será un mal recuerdo, una pesadilla que se irá olvidando, y que los cubanos serán, finalmente, en paz y libertad, los protagonistas de su propio destino.
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