El discursito
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“Hombre hábil para hablar, pero arrogante y de tendencias demagógicas“. Polibio
Los venezolanos poseemos una chispa especial de ingenio y humorismo que permite aún en situaciones difíciles expresar ideas, sentimientos y opiniones que cobran un sabroso aire de irreverencia. En estos años de incesantes cadenas radiotelevisivas, esfumado el encanto mágico que aureolaba al líder que prometía cambiar el estado de cosas para mejorar nuestro país, cada vez que la engolada voz del locutor oficial del Minpopoci anuncia una cadena presidencial, a mucha gente le hemos oído decir con suspicacia, en unos, con fuerte actitud de rechazo, en otros: “Otra vez el discursito”.
Y es que desde hace nueve años los ciudadanos hemos sido expuestos a una suerte de retórica que ya a estas alturas se hace machacona, fastidiosa, monotemática y redundante, anclada en lugares comunes. Por tal razón, el discurso ha devenido en un discursito que no aporta nada sustancial como ejercicio de pedagogía política sino más bien se ha convertido en un claro exponente de una práctica demagógica hábilmente respaldada y soportada por una estructura mediática que ya hubiesen querido tener en sus manos otros caudillos de la República.
Difícil es, entonces, separar el discursito de la demagogia y el demagogo. En una oportunidad, tocando con un tema conexo al presente, hablamos del arquetipo del demagogo y no está demás volver a reseñar el enfoque que asumimos en esa oportunidad. Tomando como referencia al escritor Emilio Temprano el fenómeno fue analizado con estas palabras: “El demagogo representa un arquetipo que se repite con múltiples variantes, lo que lo hace fácilmente reconocible. El demagogo es como un centauro de la vida política: se le distingue incluso a mucha distancia. Apenas pronuncia sus primeras palabras, ya se sabe cuál es su intención: el mandato, la dominación, a veces el lucimiento, pero, fundamentalmente, la permanencia en el torbellino del éxito. Todo ello lo consiguen gracias a su tesón”.
El discursito se ha convertido en un amplio muestrario de falacias informales, a la sazón es fácil identificar en sus contenidos la falacia o argumento ad baculum o argumento de la fuerza: amenazas abiertas o veladas o también la falacia o argumento ad hominen o argumento contra la persona mediante el uso del cual el discurseador se ceba en ataques y descalificaciones contra su adversario al cual asume como enemigo u objetivo de guerra. Asimismo, en el discursito se hace presente la falacia o argumento ad populum o argumento al pueblo mediante el cual se manipulan las pasiones de la masa para ser instrumentalizada inmoralmente por el demagogo; también en este género entra en juego la falacia ad verecundiam o argumento de apelación a la autoridad que se fundamenta en arroparse con figuras históricas, ideas o iconos políticos y religiosos a fin de justificar lo que es injustificable y no se descarta la exhibición retórica del argumento ad misericordiam o argumento de apelación a la piedad para persuadir y convencer al receptor no con razones ni con lógica sino haciendo valer los sentimientos y las emociones.
En ese orden de ideas, el autor consultado, respecto al demagogo, manifiesta que no debe dejarse de lado “su fluida oratoria provocativa contra sus oponentes y su habilidad para halagar al pueblo. ‘No hay que fiarse de tales lisonjas, pues la antigua sentencia latina ya advierte que No des fe a los hombres de palabras demasiado halagadoras. El cazador atrae a los pájaros con el dulce sonido del caramillo’. De ahí que la facilidad de los demagogos para la adulación da mucho que pensar”. De esta manera la advertencia ante los efectos del discursito se extiende a las siguientes consideraciones: “Ante tales métodos hay que tomar las debidas precauciones si no se quiere terminar preso en la telaraña urdida con la incansable elocuencia de esos demiurgos”.
Los rasgos de la personalidad del discurseador y su relación con la elaboración y la comunicación del discursito tampoco pueden obviarse, así, Temprano formula estas observaciones que vienen al pelo con los tiempos que corren: “Los demagogos poseen un narcisismo tan desarrollado que creen que cuanto afirman es correcto”. Y lo peor de esto es que sus aplaudidores se lo hacen creer… Pero sigamos: “La pedantería insolente va enroscada a su innata egolatría. De ahí que los demagogos acostumbren a ser irascibles, por tanto peligrosos. Ante ellos es conveniente seguir la antigua recomendación de que “hay que temer siempre a todo ser irascible” porque antes o después nos darán sorpresas desagradables”. Y vaya que las hemos tenido en estos años…
En el discursito es fácil apreciar la dimensionalidad de un ego recrecido que se asume con rasgos de providencialidad, por ello el escritor que nos ocupa señala: “Los demagogos están persuadidos de que siempre tienen la razón y se arrogan el derecho de interpretar los intereses de una comunidad, cuando, en realidad, solamente son representantes de sí mismos o de un grupo político que los aupa y utiliza para sus propios beneficios”. Es lo que en venezolano llamamos la “cúpula” o el “cogollo” que medra bajo la sombra del líder con el fin de obtener negocios, privilegios y prebendas. Así, “a través de la oratoria estos histriones embriagarán a su público con adjetivos retumbantes o expresiones apocalípticas de pájaros del mal agüero. No obstante, su discurso se alimenta de lugares comunes y con frecuencia de difamaciones que espolvorea convenientemente a través de su palabrería”.
Ante los efectos del discursito que, por supuesto, tiene sus adoradores y creyentes, así como sus detractores, vale el siguiente alcance de Temprano: “No hay que perder de vista que los demagogos son excelentes comunicadores, aunque intelectualmente sean personas insignificantes o acreditadamente romas. Tal vez por ello tienen un público adicto que les apoya de forma entusiasta porque saben transmitir su mensaje y manejan astutamente sus sentimientos y prejuicios”. La acción política de los demagogos deviene en la mayoría de casos en la instauración de la autocracia que conduce en su mayor expresión al totalitarismo, por ello “algunos consideran que tal clase de demagogos políticos bordan sus argumentos sobre el vacío, pero esto es lo de menos, lo realmente importante es que sus inspiraciones tienden a crear un clima de descontento o desorden”.
Aristóteles en su tratado sobre la Política enciende una luz de alarma: “Las democracias se alteran sobre todo por la insolencia de los demagogos”. Y Tito Livio, no solamente hace referencia a las alteraciones sociales que producen un demagogo y su discursito sino que nos pone en guardia ante otros efectos nocivos: “Una vez nombrado el dictador un gran miedo se apodera de la multitud y la sumisión más absoluta a su palabra”. Y Aristófanes en un diálogo de su comedia ‘Los caballeros’ igualmente alerta sobre el demagogo y su verborrea: “Eso es tarea facilísima. Haz lo mismo que ahora: embrolla y revuelve y conquista el cariño del pueblo. Tus cualidades son únicas para ser un demagogo a pedir de boca: voz terrible; natural perverso; eres discutidor. Tienes todo lo necesario para la política”. Obviamente estaríamos hablando de un ejercicio de la política en la que el fin justifica los medios, que ciertamente existe; lo idealmente correcto es lo contrario, de acuerdo a Camus: “En política, son los medios los que deben justificar el fin” y en esa dimensión no cabe hablar del discursito sino del discurso serio, ideológicamente fundamentado, con proyección y trascendencia.
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