El imperio en los Estados Unidos
Por Armando Miguélez
Diario de América
Con este título de “El imperio en los Estados Unidos”, el diario El Clamor Público (Los Ángeles, California, 26-III-1859) escribió un comentario a las veleidades imperialistas y despóticas del Presidente norteamericano James Buchanan (1857-1861) –del Partido Demócrata- al pedir poderes extraordinarios al Congreso para invadir territorios hispanoamericanos con la excusa de proteger los pasos transoceánicos de Centroamérica (Tehuantepec, Nicaragua, Panamá) e imponer sus reglas comerciales en dichos pasos y no las que él percibía como reglas e impuestos establecidos arbitrariamente por los países propietarios de dichos pasos: México, Nicaragua y Nueva Granada.
La reacción del periódico y de su autor es la típica respuesta de un liberal republicano que ve en esta estratagema del Presidente demócrata, la manera de “colar” en las Américas un sistema despótico, parecido al de las monarquías e imperios de Europa contra los que estas recientes repúblicas americanas habían luchado. Al articulista (el joven californio Francisco P. Ramírez, editor del periódico) las causas que esgrime el Presidente para conseguir esos poderes unipersonales de los representantes del pueblo, le suenan a simples tácticas del que quiere la libertad de los déspotas y tiranos para actuar libremente en poner en práctica el “Manifest Destiny” de los presidentes norteamericanos desde J. Monroe (1823). El articulista deduce estas mañas del Presidente porque, si verdaderamente no fuera así, éste agilizaría la construcción del Ferrocarril al Pacífico y de esta manera evitaría las incertidumbres de estos pasos transoceánicos en suelo extranjero como sugiere la cita traída a colación del New York Tribune.
El joven articulista muestra una madurez de análisis e interpretación de la política de su tiempo digna de encomio y su formación liberal y republicana que, como californio, le viene de la experiencia de la guerra de Independencia de México, de la Guerra México-EEUU, de una lectura literal de la Constitución de los Estados Unidos y de los ensayos republicanos y liberales de la tradición hispana desde la Constitución de Cádiz de 1812. También se observa en el artículo una destreza literaria al usar la ironía, los ejemplos, las referencias clásicas y las interrogativas retóricas de respuestas obvias. Todo un ejemplo para nuestros días en una historia pocas veces contada, como revela el texto que reproducimos íntegramente:
“El Presidente de los Estados Unidos ha trasmitido al Congreso un Mensaje Extraordinario pidiendo amplias facultades para emplear las fuerzas navales y terrestres de los Estados Unidos, para proteger el Istmo de Tehuantepec o penetrar a los territorios de México, Nicaragua o Nueva Granada con el pretexto de obtener satisfacción por los ultrajes cometidos contra los ciudadanos americanos. Pues ese mensaje es, en efecto, una proclamación de que las instituciones republicanas no sirven para nada, y que sólo nos queda que escoger entre la Impotencia nacional o un dominio Imperial. Como tal será recibida con gusto por los monárquicos –del Antiguo Mundo.
Nos dice, que a lo menos que se le concedan estas facultades extraordinarias, las grandes monarquías europeas tendrán una ventaja sobre nosotros para sostener los derechos y castigar las agresiones que se cometan contra sus súbditos respectivos. Por consiguiente, hay ciertas verdades en estas proposiciones. El despotismo es una forma de gobierno más fácil y flexible que la Democracia, y tiene muchos privilegios “para desfacer agravios”. Ni Augusto ni Julio César hubieran disputado en Roma mientras Aníbal sitiaba Sagunto. Las ventajas del poder Imperial son muy obvias; también lo son las de descendencia hereditaria. ¿Qué aguardamos? ¿Estamos preparados para pagar el precio de tantas ventajas? “Todo está restaurado”, dijo Napoleón I cuando había llegado al poder soberano.”No”, le respondió un Republicano; “el medio millón de hombres que dieron sus vidas para subvertir todo esto no está restaurado”.
El New York Tribune dice: Damos las gracias al Presidente por el ímpetu que impensadamente ha dado al Ferrocarril del Pacífico. ¿Quién es el que no sabe que todas nuestras dificultades que puedan sobrevenir en los Istmos podían evitarse no haciendo uso de ellos? Hágase el ferrocarril del Pacífico y no tendremos necesidad de violar la Constitución para poder proteger el tránsito; porque entonces, el correo, los pasajeros y el comercio pasarán enteramente por el centro de nuestro país”.
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